«He matado a un hombre». Poco después de medianoche, el hacendado Thomas Patteson acude a buscar a un agente de policía en Tring e insiste en guiarlo hasta el cuerpo. El guardia comienza por creer que habla dominado por la embriaguez. En la noche del 20 al 21 de octubre de 1839, Patteson había abandonado The Boot, una posada de Buckland, en compañía de su amigo John Charles. Al despuntar el día, Charles yace sin vida en una vereda yerma tendida entre el camino y una senda que cruza un cercado; Patteson, entretanto, está entre rejas. En su juicio, el dilema no consistirá meramente en determinar quién asestó los golpes, sino qué creyó distinguir Patteson entre las tinieblas.
Charles había franqueado el umbral de The Boot hacia las diez de la mañana y allí había estado bebiendo cerveza. Patteson se le unió alrededor del mediodía para almorzar. Ambos hombres permanecieron juntos, bebiendo y conversando, hasta la llegada del dueño del local, John Edwards, cerca de las cinco de la tarde; prosiguieron entonces la libación en su compañía. La crónica no reseña desavenencia alguna entre los dos agricultores. Pelham subraya, por el contrario, su dilatada amistad y su cercanía social, circunstancias que confieren a la muerte de Charles un tinte desconcertante.
Hacia las diez y media de la noche, se disponen a emprender el regreso. Sus rutas coinciden en una parte sustancial del trayecto. Antes de salir, Charles sostiene que se encuentra más entero y propone «andar sobre la tiza». En la comarca, según aclara la crónica, se medía la embriaguez pidiendo al individuo que siguiera en línea recta un trazo trazado con tiza, o bien una hilada entre ladrillos. La prueba resulta favorable a Charles: aparenta estar menos afectado por el alcohol. Según la costumbre descrita por Pelham, se aviene a acompañar a Patteson hasta su casa.
Ninguno de los dos alcanza su destino. Cerca de la una menos cuarto de la madrugada, Patteson irrumpe en el término de Tring, aún ebrio y visiblemente turbado. Da con Johnson, un policía, y le repite que ha quitado la vida a un hombre. El agente piensa en un primer momento en una baladronada o en las incoherencias del vino. Patteson insiste y se ofrece a mostrarle el paraje. En un camino que conduce a las viviendas de ambos hacendados, hallan el cuerpo de Charles sobre la hierba, a corta distancia de una brecha que enlaza el camino con un sendero que atraviesa los campos.
Antes de producirse el hallazgo, Patteson había facilitado a Johnson otra identidad para su víctima: aseguraba haber golpeado a Joe Kibble, un deshollinador de Tring, a quien un inspector de beneficencia pública, Humphrey Bull, habría enviado para asesinarlo. Patteson y Charles administraban de forma conjunta la entidad parroquial encargada de socorrer a los menesterosos. Bull, el agente del socorro, militaba en una facción política opuesta a la de Patteson, de filiación liberal; Pelham puntualiza, no obstante, que mantenían un trato cordial. Al mostrarse los billetes hallados en los bolsillos del difunto, Patteson los señala como el dinero con que Bull habría remunerado a Kibble para consumar el crimen. Los policías allí presentes ignoran todavía que el cadáver es el de Charles; envían incluso a un emisario a casa de este último para rogarle que acuda a reconocerlo.
Las heridas imposibilitan atribuir el deceso a un mero tropiezo fortuito. El rostro y la cabeza presentan severas contusiones, la nariz se halla fracturada y el cirujano dictamina una conmoción cerebral provocada por violencia física. Los billetes de diez y cinco libras y varias piezas de oro permanecen intactos en los bolsillos. El garrote nudoso que Charles empuñaba al salir aparece bajo su cuerpo, pero no muestra restos de sangre ni indicios de haber servido de arma agresiva. El facultativo estima que los traumatismos fueron infligidos a puñetazos.
El fallecido es identificado formalmente como Charles, el camarada que había salido de la taberna al lado de Patteson. Pelham describe a renglón seguido al hacendado como un hombre deshecho por el remordimiento y el dolor, estado en el que permanecerá hasta la celebración de las vistas.
A fin de dilucidar cómo dos compadres pudieron separarse de suerte que uno matara a golpes al otro, Pelham plantea una reconstrucción. Charles, a quien los testigos califican de bromista cuando mediaba la bebida, habría pretendido asustar a su amigo. Conocía el pavor que Patteson experimentaba al internarse por aquel camino solitario. El sendero corría parejo a la calzada al abrigo de un seto y de un talud; cerca de la brecha, un promontorio permitía apostarse a cubierto antes de saltar al paso de un viandante. Charles habría abandonado el camino, aguardado agazapado y acometido de improvisto a Patteson.
Nadie presenció semejante lance. Pelham la formula a guisa de explicación verosímil, deducida de la posición del cadáver y de la topografía del lugar. Deja expresamente en suspenso si Charles llegó a sujetar a su compañero antes de que este pudiera reconocerlo. El miedo de Patteson, acrecentado por los vapores del alcohol, habría transfigurado una burla en un ataque a sus ojos; acometió entonces con tal vehemencia que el primer puñetazo dejó a Charles sin aliento ni capacidad de réplica. En la versión del propio encausado, el hombre tendido en el suelo no dejaba de musitar el nombre de Bull. La crónica despacha estas palabras como fruto del delirio y no como testimonio de conjura alguna.
La causa recorre diversas instancias de la judicatura. El jurado del coronel forense había emitido un veredicto de homicidio imprudente; posteriormente, la fiscalía formuló ante el gran jurado un cargo de asesinato, que este desechó. La vista contra Patteson se inaugura en Aylesbury el martes 10 de marzo de 1840, bajo la presidencia del barón Parke. La imputación atañe a la muerte de Charles, sobrevenida en Buckland el 21 de octubre con arreglo al auto; la relación sitúa el comienzo de la velada en la jornada del 20, lo que se aviene con la noche del 20 al 21.
La defensa aporta testimonios que ensalzan a Patteson como un varón respetable y de temperamento afable. Al resumir los debates, el magistrado instruye al jurado sobre la sutil frontera que media entre el homicidio casual eximente y el *manslaughter*: es menester determinar si el pánico a un peligro inminente, derivado del error de apreciación del acusado, habría perturbado de igual modo a un individuo juicioso y sobrio. Si tal alteración no hubiera hecho mella en un hombre templado, procedía declarar culpable a Patteson; en caso contrario, el acto admitía disculpa. El jurado lo declara convicto de homicidio imprudente, mediando una recomendación de clemencia.
El juez le impone una pena privativa de libertad de dos meses, tomando en consideración los cinco meses que Patteson ya ha extinguido en prisión preventiva desde la noche luctuosa. Declara estar persuadido de que el desenlace fatal provino de un error de los sentidos gestado en una mente privada de razón por la embriaguez, subrayando la ausencia absoluta de designio homicida contra un amigo con quien no constaba disputa alguna. No obstante, se niega a absolverlo sin castigo: las horas en The Boot y el posterior trayecto en sombras ponen de relieve el peligro que entraña la bebida cuando a ella se suman el miedo y la errónea interpretación de los ademanes ajenos. En este litigio, el fallo judicial no eleva la supuesta chanza de Charles a la categoría de hecho incontrovertible; juzga estrictamente los golpes que Patteson reconoció haber asestado y la cuota de responsabilidad que el jurado consideró inexcusable.
