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Justicia y escándalos · Inglaterra

La confesión que rehusaba

Arrastrado por unos marineros a enrolarse tras una noche de embriaguez, John Hamp pasa cerca de cinco años en alta mar. De regreso en Inglaterra, es detenido junto a James Bird y acusado de haber agredido a una mujer cerca de Rag Fair. Ambos hombres mantuvieron su inocencia hasta su ejecución en 1725.

Una noche, en una taberna próxima a la Iron Gate, cuatro jóvenes bebieron en compañía de marineros de un navío de guerra. Una escuadra debía partir hacia el Báltico y andaba escasa de tripulación. Alentados por el alcohol, los marineros propusieron marchar juntos rumbo al Norte; John Hamp y dos de sus compañeros no tardaron en aceptar, y un cuarto acabó por ceder tras otra ronda de ponche. Un teniente, avisado de semejante leva, prometió pagar la cuenta y entregar una guinea a cada uno. Los hombres estaban demasiado ebrios para caminar por su propio pie; unos marineros los llevaron en brazos hasta el bote, los acostaron y los cubrieron con capotes. A la mañana siguiente, Hamp despertó a bordo. Se asombró de su situación, mas no formuló protesta alguna y emprendió la travesía con buen semblante, según refiere la crónica.

Hamp había nacido en la parroquia de St. Giles-without-Cripplegate, de padres a los que el relato describe como honrados y respetables. Habían velado por su crianza; siendo un muchacho vivaz, pidió ser colocado como aprendiz de un techador de ripia y listón. No permaneció allí hasta el término de su compromiso. El episodio de la taberna, al pie de la Torre de Londres, lo apartó del oficio antes siquiera de haber podido ejercerlo durante mucho tiempo. La crónica lo conduce entonces hacia el mar, en un principio sin un plan deliberado de carrera: una coyuntura nacida de una noche de taberna se convirtió en una partida hacia Copenhague y los mares boreales.

La travesía fue rigurosa. No hubo combate alguno en la expedición del Báltico, afirma el cronista; las adversidades fueron las de la mar y los rigores de un frío que los hombres acostumbrados al temple inglés soportaban con quebranto. La flota fondeó cerca de Copenhague. Entre los conocidos de Hamp se contaba Scrimgeour, marinero jovial, grato a la marinería y en ocasiones a los oficiales, que compartía de buen grado sus caudales. Un día, mientras buscaba provisiones frescas con que regalar a sus compañeros, un hombre reparó en el dólar que llevaba en la mano. Careciendo de moneda menuda, Scrimgeour aceptó que se lo cambiaran. Entregó la pieza y se disponía a regresar a bordo cuando un oficial danés y varios soldados acudieron a prenderlo por falsificación de moneda.

El individuo que le había cambiado el dólar figuraba entre ellos. Scrimgeour lo reconoció y huyó hacia el bote, que lo devolvió al navío. Creyó hallarse fuera de peligro, mas a la mañana siguiente tres comisarios daneses comparecieron ante el almirante. Expusieron que un marinero de la flota había puesto en circulación monedas falsas y escapado del oficial que pretendía prenderlo. El almirante rehusó entregar al reo a los daneses, pero prometió un castigo severo si las pruebas confirmaban la acusación. Envió a un teniente y a veinte soldados a bordo del buque de Scrimgeour, acompañados por el danés que lo había visto cambiar la pieza. Scrimgeour fue detenido en el acto; en su cofre se hallaron cerca de un centenar de dólares falsos, tan diestramente imitados que los propios marineros no habrían podido distinguirlos de los legítimos.

El consejo de guerra lo condenó a sufrir azotes de navío en navío. La pena se ejecutó en presencia de los comisarios daneses con tal rigor que estos, lejos de recelar que los ingleses favorecieran a su compatriota, rogaron al almirante que le ahorrase el paso por los tres últimos buques. Su solicitud fue denegada. Hamp formaba parte de los hombres encargados de remar para trasladar a Scrimgeour de una nave a otra. La crónica refiere que la visión del marinero tras la última tanda de azotes lo sobrecogió de espanto, tal como conmocionó a cuantos la presenciaron. El autor añade que, pese a la sospecha de que otros miembros de la tripulación estuvieran implicados, no volvió a circular moneda falsa alguna. La suerte de Scrimgeour quedó para Hamp como una lección terrible sobre la severidad de los castigos, en un tiempo en que él mismo ignoraba que caminaba hacia el patíbulo.

Transcurrieron cerca de cinco años antes de que Hamp pensara en regresar y reanudar su oficio. Su barco fue llamado de vuelta y luego desarmado. Le quedaba ya muy poco peculio: el gusto que sentía por la bebida había devorado casi todo antes de su retorno. La crónica juzga que habría podido prosperar trabajando con regularidad y renunciando a sus excesos. El propio Hamp, en vísperas de su muerte, habría atribuido su fin a su afición por el alcohol, sin mediar otro crimen. Esta última apreciación nos llega del propio reo y del autor, quien estima dignas de crédito las palabras pronunciadas en el umbral de la muerte.

Tras su regreso, Hamp volvió a beber en mayor medida aún que en alta mar. Una noche, embriagado, caminaba por la calle cuando una mujer lo asió de la manga y le propuso entrar en casa de su madre a trasegar un jarro. Él aceptó. No tardó en quedarse dormido en la vivienda, en presencia de James Bird —quien habría de ser ahorcado junto a él—, de la mujer que lo había conducido hasta allí y de una anciana a quien esta llamaba madre. Varias personas entraron entonces para detenerlos, a Hamp y a Bird, por hallarse en una casa tenida por desordenada. Una vez trasladados al retén de guardia, ambos fueron acusados de haber robado y golpeado brutalmente a una anciana en las inmediaciones de Rag Fair.

En el juicio ante el Old Bailey, durante la siguiente sesión, la deposición de la mujer fue terminante contra ellos y se les declaró culpables. Hamp, no obstante, conservó la calma al escuchar la sentencia. Sostenía no haber conocido jamás a Bird antes de la noche de su arresto y no haber ganado de manera deshonesta ni un solo medio penique: siempre había trabajado para costear sus gastos. En cuanto a la agresión, afirmaba no saber de ella más que una criatura por nacer. Creía que la mujer decía la verdad acerca del crimen, añadía, salvo en el error de identificar a los autores; en cuanto a Bird, rehusaba asegurar si había participado en él. El relato no consigna el nombre de la mujer ni el detalle de los objetos robados o de las heridas.

Un eclesiástico de renombre lo visitó y lo exhortó públicamente a confesar su culpa. Le recordó que un jurado lo había condenado por unanimidad, que la ley había fijado su muerte y que no quedaba esperanza alguna de rehuirla. Persistir en la negativa, le dijo, no podría servirle de auxilio en este mundo y corría el riesgo de hacerlo comparecer ante Dios con una mentira en los labios. Hamp lo escuchó con atención y respondió que agradecía su visita, pero que el hombre que le hablaba no le pediría confesar si el hecho no fuese cierto. Reconoció haber llevado una vida disoluta, entregada al vicio, pero aseveró que la acusación era enteramente falsa. No deseaba, explicó, añadir a sus culpas la mentira de una confesión arrancada por la presión.

El capellán de Newgate acudió después al pabellón de los condenados para interrogar a Bird. Este hallábase enfermo y en un estado deplorable. Confirmó, según la crónica, que jamás había visto a Hamp antes de la noche del arresto. Se acusó de ser un gran pecador y un ladrón inveterado, detenido a menudo por otros hurtos, mas negó de igual modo toda participación en el asunto presente. La concordancia de sus negativas no los libró de la condena. Tampoco disipó el enigma de cómo dos hombres apresados juntos en una casa habían acabado sentenciados por un crimen perpetrado en otro lugar, sobre la base del testimonio tajante recogido en el texto.

En Tyburn, Hamp se mostró sereno y con una jovialidad que la crónica juzgaba insólita en un hombre al borde del cadalso. Confesó ante la multitud sus pecados, en particular su debilidad por las mujeres y, más aún, por la bebida. Decía comprender que la justicia divina lo condujera a una muerte ignominiosa por aquellas faltas. Sin embargo, negó una vez más haber agredido a la mujer de Rag Fair y declaró que jamás había cometido robo alguno. Pidió a los presentes que orasen por él y se recogió unos instantes en silencio. Murió el miércoles 22 de diciembre de 1725, a los veinticuatro años de edad, junto a Bird. Este último, añade la crónica, confirmó en la medida en que se lo permitía la turbación de su espíritu la versión de Hamp. La página se cierra con dos reos ejecutados en la misma jornada, sin que el relato permita dirimir el conflicto entre sus desmentidos y el testimonio que los condujo al veredicto.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Noticia inglesa leída en su totalidad. La partida naval se describe como un alistamiento propiciado por la embriaguez y ejecutado transportando en brazos al bote a los hombres incapaces de caminar; Hamp, al despertar a bordo, no protestó luego. La expedición del Báltico no trabó combate. Scrimgeour, compañero de Hamp, fue condenado en consejo de guerra por falsificación de moneda, y el suplicio de barco en barco se refiere como presenciado por Hamp. Respecto al caso de Rag Fair, la crónica señala que la deposición de una mujer fue terminante y que Hamp y Bird resultaron condenados; los acusados negaron su participación. No se consignan la identidad de dicha mujer, la víctima, los objetos robados, las heridas ni los pormenores del juicio. Bird confirma que no conocía a Hamp antes del arresto y niega el delito, si bien reconoce detenciones previas por hurto. El autor juzga verosímiles las últimas palabras de Hamp, parecer que no demuestra su inocencia. Ejecución de ambos reos en Tyburn el 22 de diciembre de 1725.

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