El mayor Hampton Lewis despertó justo cuando un hombre se llevaba su reloj. Era noche cerrada en el New Hummums, bajo las arcadas de Covent Garden; el intruso, en mangas de camisa y pantalón, ganaba la puerta portando la cadena, los sellos y la bolsa de su involuntario anfitrión. Lewis saltó del lecho. En el pasillo, sujetó al fugitivo por la camisa y los tirantes. El hombre forcejeó, la tela cedió y se desvaneció escaleras abajo. Había escapado de las manos del mayor, pero sus ropas, menos afortunadas, dejaron jirones bastantes para atestiguar el encuentro.
Pocas horas antes, el sábado 28 de abril de 1832, Henry Macnamara había solicitado una alcoba en aquel hotel frecuentado por caballeros solos y forasteros de paso. Su prestancia inspiraba confianza. Le asignaron una cama, subieron su única maleta de viaje y le sirvieron una cena opípara. Nada, en las primeras horas de su estancia según refiere la crónica de Camden Pelham, permitía distinguirlo de los demás huéspedes. El establecimiento acogía aquella noche a varios viajeros; justo debajo de su habitación, la del mayor daba a un corredor que distribuía otras cuatro estancias, igualmente ocupadas.
El altercado despertó a toda la casa. Se llamó a los agentes de policía y se buscó al ladrón cuarto por cuarto. Macnamara yacía en la cama cuando llegaron a su puerta. Semejante sosiego apenas resistió la orden de levantarse: conservaba puestos los pantalones, y tanto la camisa como los tirantes estaban desgarrados. Cerca de la estancia del mayor se hallaron los retazos arrancados durante el forcejeo. En la escalera que conducía al piso del sospechoso yacían el reloj y la bolsa de Lewis. No fue preciso aguardar a que despuntara el día ni recorrer Londres entero para recuperar tales pertenencias. Macnamara fue conducido a dependencias policiales.
Apenas renacía la calma cuando los vecinos del mayor descubrieron sus propias pérdidas. A uno le faltaba un alfiler de corbata; otro echaba de menos moneda inglesa y francesa por valor de unas tres libras y quince chelines. En una tercera habitación, el ladrón se había llevado una pistola cargada, dispuesta para proteger a su dueño, junto a una bolsa de oro y billetes. Un cuarto viajero buscaba en vano los anillos y el dinero dejados sobre el tocador. El mayor había sorprendido a un hombre en plena faena; los demás habían dormido mientras él operaba.
Las pesquisas se extendieron a una estancia situada frente a la de Macnamara, desocupada desde hacía varias noches. Bajo la cama, los efectos sustraídos yacían desparramados, revueltos sin orden alguno. Junto a ellos apareció una llave. Se probó en la cerradura de la maleta del prisionero: encajaba a la perfección. Aquel equipaje que un mozo había subido la víspera tal vez no encerrase nada notable a ojos del hostelero; sin embargo, su cerradura acababa de tender un vínculo irrefutable entre las prendas rasgadas y los despojos abandonados en la escalera.
Detenido el domingo 29 de abril, Macnamara compareció el lunes ante el magistrado de Bow Street. Este escuchó las circunstancias de los robos del New Hummums y ordenó mantenerlo bajo custodia, deseoso de dar tiempo a que se presentasen otros posibles denunciantes. El viernes siguiente, eran muchos los que aguardaban su turno. De entre las denuncias del hotel, tres pasaron a auto de acusación: las del mayor Lewis, la del señor Courthold, llegado de Barking en Essex, y la de John C. Millenden. Este último era un joven escolar que regresaba a su colegio desde Burdeos, donde residían sus padres. Tres itinerarios bien distintos convergían así en la misma vista judicial.
Otro denunciante, el señor Heath, condujo las averiguaciones a la noche precedente. El viernes 27 de abril, Macnamara había pedido aposento en el Swan-with-Two-Necks, en Lad Lane. La posada conservaba la traza antigua: una galería circundaba el patio y las habitaciones se abrían a aquel corredor. Habían alojado al recién llegado junto a Heath. De madrugada, Davy, el portero, despertó ante los ladridos del perro guardián. Acudió a calmarlo y el animal lo guio hasta una cocina a oscuras, o tal vez una bodega, donde sorprendió a Macnamara.
El hombre justificó su presencia aduciendo una necesidad común. Davy le permitió regresar a su alcoba. Pero el huésped no aguardó al amanecer: saltó la balaustrada, cruzó el patio y abandonó el mesón, dejando olvidadas sus botas. En el exterior, un testigo lo vio partir y llegó incluso a ayudarle a acomodarse el abrigo. A la mañana siguiente, Heath constató la desaparición de su dinero. En el tribunal, tanto el mozo de noche como el transeúnte de la calle reconocieron a Macnamara; esta nueva acusación determinó asimismo su remisión a juicio.
De una posada a otra, los hechos guardaban analogía, mas los testigos no habían presenciado lo mismo. Davy había dado con un cliente en un rincón insólito y aceptado sus explicaciones. El viandante había prestado un favor sin conocer a quién. Lewis, por el contrario, había hallado al intruso dentro de su estancia, con sus bienes en la mano, y había trabado lucha con él. Eran tales encuentros, sumados a las vestiduras y a los efectos hallados, los que conferían solidez al sumario. El perro había dado la alarma en el primer mesón; en el segundo, el despertar del mayor había impedido una nueva fuga silenciosa.
Siguieron más acusaciones. Pelham las califica de numerosas y parecidas, sin detallar sus pormenores, por lo que no cabe asimilarlas todas a los cargos juzgados. Un carcelero de la prisión de Maidstone reconoció asimismo al reo. Macnamara se había fugado de aquel penal tras ser sentenciado a tres meses de encierro por robo de carteras. El pulcro viajero de la noche del sábado arrastraba tras de sí condena y evasión. Dicho reconocimiento venía a completar su historial, al tiempo que las víctimas de las posadas sostenían sus respectivas denuncias.
El 21 de mayo de 1832, el tribunal de Old Bailey lo declaró culpable de los cargos formulados contra él. Las infracciones lo exponían a la pena capital; no obstante, fue finalmente sentenciado a la deportación. La crónica no especifica la duración de la condena ni el lugar de destino; concluye, en lo que a él atañe, con su alejamiento forzoso de los parajes donde había operado. Quedan aquellas dos noches londinenses: en la primera, unas botas olvidadas en un mesón; en la segunda, una camisa hecha jirones ante la puerta de un mayor. Para quien supo franquear aquellas posadas con la apariencia de un caballero respetable, fueron minucias bien mezquinas las que hicieron imposible la huida.
