La maleta abierta había dejado sobre la mesa una fortuna de metal. Cientos de piezas de oro y plata, arrancadas de sus estuches, brillaban ante los ojos del inspector Rossignol, quien acababa de hallar en el aposento de un inquilino ausente las medallas robadas pocas semanas antes a los anticuarios Rollin y Feuardent. Aquel fue el primer indicio decisivo en un caso en el que, en sus comienzos, los pesquisidores solo contaban con una ventana forzada y meras conjeturas. Marie-François Goron, a la sazón jefe de la Sûreté, relató estas pesquisas en sus memorias; su testimonio da cuenta, asimismo, del destino posterior del sospechoso bajo una identidad distinta.
En marzo de 1888, los dos anticuarios de la calle de Louvois descubrieron que su domicilio había sido saqueado. Tras un prolijo reconocimiento de los hechos, Goron concluyó que el robo había sido obra de un hombre solo. Conforme a su reconstrucción, el ladrón se introdujo en el inmueble antes del cierre de las puertas cocheras y se ocultó en un cuartucho oscuro situado al pie de la escalera. Al amparo de la noche, subió al primer piso, franqueó una ventana del rellano, quebró un cristal y forzó la falleba del piso principal. Sustrajo una colección de monedas antiguas de oro y plata —romanas, griegas, bizantinas y francesas— cuyo valor estimó Goron en cerca de quinientos mil francos.
El jefe de la Sûreté carecía en un principio de pistas fidedignas. Examinó minuciosamente el escenario del crimen, mas el vestigio hallado en el lugar no permitía individualizar al autor. Un periódico convirtió aquel rastro en motivo de chanza a propósito de unas lentejas y de los moradores de la finca; Goron se cuidó de precisar que la policía jamás ordenó peritaje alguno sobre dicha pista ni detuvo a inquilino alguno por tal motivo. Preciso fue regresar al examen de los testimonios y a los pormenores del comercio de antigüedades.
Uno de los anticuarios, personado en el despacho de Goron, recordó que durante el mes anterior al robo varios individuos de nacionalidad griega le habían ofrecido piezas de su país. Tal evocación no señalaba a nadie en concreto, pero brindaba un rumbo a las pesquisas. El vicecónsul de Grecia en París, el señor Manoulopoulos, convino en prestar su concurso a la policía. Siguiendo sus indicaciones, Goron sometió a discreta vigilancia a cerca de cuarenta compatriotas del diplomático. Consigna la crónica que las averiguaciones no arrojaron cargo grave alguno contra ellos, por lo que sus nombres quedaron en reserva.
Una mañana, el vicecónsul puso sobre aviso a la policía acerca de un joven llamado Raftopoulos, recién llegado a París y avecindado en el número 7 de la calle Pierre-Lescot. Goron comisionó de inmediato al brigadier Rossignol. El inspector parlamentó con la portera, quien le hizo saber que el huésped había partido a Roma para pasar la Semana Santa, y luego se dirigió a la patrona. Goron confiesa ignorar mediante qué ardides logró Rossignol franquear la puerta de la estancia; una vez dentro, el inspector requisó el mobiliario y descubrió en un armario una pesada maleta cuyo contenido despedía un tintineo metálico. Al forzar la cerradura, aparecieron las medallas y las monedas sustraídas en la calle de Louvois.
El grueso del botín obraba ya en poder de la justicia, mas la policía no había echado aún el guante al culpable. Goron juzgó muy probable que Raftopoulos regresase a recoger el resto. A instancias de los anticuarios, despachó agentes a Italia, mas estos no lograron seguirle la pista. A fin de aguardarlo en París, el jefe policial tomó el arrendamiento del cuarto a su cargo e instaló en él a los agentes Bourlet y Harpillard. Ambos montaron guardia durante cuatro o cinco jornadas, entreteniendo el tiempo con partidas de naipes, hasta que la puerta se abrió por fin ante el viajero que tornaba.
El recién llegado protestó enérgicamente al toparse con dos desconocidos en su aposento, exclamando que había ladrones en su morada. Bourlet le replicó que acaso hubiese uno presente, tras lo cual Harpillard reveló su condición de agentes de la Sûreté. Raftopoulos palideció y demandó qué querían de él. Los policías le conminaron a vaciar sus faltriqueras, de las que extrajo varias monedas raras con la efigie de Jerónimo Bonaparte, rey de Westfalia, de las cuales los anticuarios poseían una serie completa. Días antes, un corredor de apuestas hípicas había recibido de manos de un desconocido una pieza idéntica. Aquellas acuñaciones, escribe Goron, venían a robustecer los indicios ya acopiados.
La moneda entregada al corredor de apuestas poseía una singular historia. Explica el memorialista que la Casa de la Moneda de París había acuñado una tirada muy reducida en 1852 para agasajar a allegados de la familia imperial o a altos dignatarios del Estado. Rollin y Feuardent atesoraban la colección entera. Si un hombre había recibido una pieza semejante en el hipódromo y Raftopoulos custodiaba varias más, aquel ejemplar enlazaba la transacción con el botín que aún guardaba en sus ropas. El antiguo jefe de la Sûreté presenta esta coincidencia como una prueba de cargo mayúscula, sumada a las medallas y al reloj. No obstante, no consigna el nombre del corredor ni traslada el acta formal de su declaración; el lector conoce el razonamiento policial únicamente a través de la versión legada por Goron.
El interrogatorio sacó a relucir otros efectos que, según el relato, provenían del piso desvalijado: un reloj de oro perteneciente a Feuardent y el diamante con el que se había cortado el vidrio de la ventana. Interpelado sobre el origen de las monedas, Raftopoulos sostuvo haberlas adquirido legítimamente en Atenas y Patrás. Justificó el reloj con análogo pretexto y alegó que se había llevado por descuido el diamante, prestado por un cristalero para reparar un ventanal en su residencia de Grecia. Goron tachó tales descargos de inverosímiles. Consigna asimismo la presencia de arandelas de papel colocadas bajo las medallas, provistas de anotaciones manuscritas que atribuyó a Rollin.
Ante el tribunal de la Audiencia, Raftopoulos fue condenado a cinco años de prisión, pena que a juicio de Goron resultaba harto benigna para un robo nocturno con fractura y escalamiento en casa habitada. Los anticuarios hicieron entrega de una gratificación de veinte mil francos para que fuese repartida entre los agentes; asimismo, el prefecto de policía autorizó a diversos funcionarios a recibir piezas antiguas engastadas en alfileres de corbata. Goron refiere este pormenor sin disimular las recompensas ni las dádivas que sucedieron a la recuperación del caudal.
La crónica no concluye en París. Goron añade que Manoulopoulos le reveló que Raftopoulos ya había penetrado con anterioridad en el Museo de Atenas, de donde presuntamente se llevó reproducciones de medallas creyendo sustraer los valiosos originales. Con ocasión de un posterior viaje a la capital griega, Goron afirma haber contrastado este suceso con el señor Svoronos, director del museo por aquel entonces y subdirector cuando acaeció la sustracción. Este último le mostró las piezas auténticas a buen recaudo en sus monetarios. Dicha precisión vino a desmentir un rumor periodístico que Goron tacha de infamia; carecemos, no obstante, de fuentes atenienses independientes para corroborar su testimonio.
La peripecia que relata a continuación sitúa los hechos en Ginebra, en 1894. Se perpetraron allí once robos o tentativas en museos y bibliotecas. Un individuo sorprendido in fraganti dijo llamarse Parthénis Chrystidès y fue condenado a siete años de reclusión. Diversas obras de arte halladas más tarde en su habitación guardaban relación con un expolio cometido en el museo de Marsella. La ficha antropométrica remitida a París permitió acreditar, a decir de Goron, que Chrystidès y Raftopoulos eran la misma persona. Este último fue sentenciado a diez años de trabajos forzados en Marsella y puesto luego a disposición de la justicia ginebrina para extinguir la condena impuesta en dicha ciudad.
Goron concluye interrogándose sobre la imputabilidad de aquel sujeto y sobre el dictamen que los facultativos de la medicina habrían podido emitir en su caso. No formula esta reflexión a modo de diagnóstico clínico, sino como el parecer de un memorialista ante la reiteración delictiva y la aparente inclinación a sustraer piezas carentes de estimación. Este hilo conductor enlaza la maleta repleta de medallas con una sucesión de museos saqueados bajo nombres supuestos; con todo, la única constancia documental de tal continuidad en las páginas examinadas estriba en la pluma del antiguo policía. Los pormenores del suceso de 1888 y de sus ramificaciones nos han sido legados por él, sin que haya mediado para estas líneas consulta alguna de causas judiciales ni de registros de museos.
