A la altura de Tyburn, Matthew Clark se detuvo. Acababa de abandonar una casa donde había dado muerte a Sarah Goldington, y la sangre ya empapaba su camisa. La visión de la horca que despuntaba en el camino bastó para hacerle retroceder sobre sus pasos. Tomó entonces las riendas de un carro cuyo carretero se había herido, confiando en que el trayecto hacia Londres aún pudiera brindarle refugio. Mas quienes le iban a la zaga le dieron alcance antes de llegar a la ciudad.
Antes de emprender la fuga, había entrado en la posada donde Sarah servía a los viajeros. La joven se hallaba sola en la estancia. Al cruzar el umbral, Clark le había hablado con la familiaridad de un antiguo amigo; permaneció allí cerca de una hora, bebiendo y bromeando. Durante aquel intervalo, refiere la crónica de Newgate, maquinaba el modo de desvalijar el establecimiento y temía que Sarah, conociéndole, pudiera denunciarlo. Ocultaba ya un cuchillo bajo el sayo. El hombre que se había presentado bajo el manto de la amistad no tardaría en silenciar a quien tan bien le había acogido.
Matthew Clark era natural de St Albans. Sus padres, de humilde cuna, lo habían acomodado en la casa de un caballero de la comarca. Allí habría podido recibir una instrucción más holgada, sostiene la crónica, pero su servicio se vio empañado por la indolencia y la insubordinación. Su señor terminó por despedirlo tras haber tolerado su conducta con excesiva paciencia. Clark pasó luego a faenar en el campo, uncidor a la mancera y al acarreo. Dice el cronista que estaba habituado a semejante quehacer, mas le exasperaban las asperezas que creía padecer. Abandonó a su vez al hacendado. La crónica retrata esta renuncia como una opción deliberada por el expolio antes que por el sudor; describe al reo con acento condenatorio, pero los hechos documentados principian con esa sucesión de amos despedidos y latrocinios al acecho.
Merodeaba por los alrededores de Bushey Heath, vigilando a los caminantes. El dinero que ambicionaba debía costear sus correrías, sus saraos y sus danzas, según la misma fuente. En cambio, la crónica puntualiza un hecho incontrovertible: trabó relaciones con una joven del lugar y la condujo a Londres con el señuelo de desposarla.
Una vez en Londres, no le restaban fondos bastantes para costear la alianza de boda. Le aseguró entonces que acababa de heredar quince libras, caudal que debía cobrar en la campiña, y prometió un pronto regreso. Salió de la ciudad rumbo a Neasden y Willesden Green, parajes donde había morado antaño. Su designio, a tenor del cronista, no era reclamar albacea alguna: pretendía aguardar la ocasión de asaltar a los transeúntes para reunir la suma apalabrada. Se decía presto a acometer a los viajeros, mas en el instante supremo el coraje le flaqueaba.
El camino no le proporcionó las monedas anheladas. Hallándose en época de siega, el dueño de una posada cercana advirtió que holgazaneaba cuando el trabajo sobraba. Le propuso acomodo como criado. Clark recordó que toda la servidumbre, con la sola excepción de la doncella, debía de encontrarse segando en los prados. Una vez que el patrón marchó al campo, regresó a la venta. Sarah Goldington se había quedado sola al cuidado de las viandas y los parroquianos. Ya la conocía de antiguo: en otros tiempos la había cortejado.
Entró, reanudó la pretérita confianza y tomó asiento para beber y departir. La plática se demoró cerca de una hora. Sarah ignoraba, según la relación, que su huésped abrigara intenciones de robo; Clark, por su parte, recelaba de que aquel trato íntimo tornase más azaroso su propósito. Resolvió suprimirla antes de apoderarse del numerario. La primera tentativa resultó fallida: embozó el cuchillo, la abrazó, pero no osó asestar el golpe. Volvió a la carga e hirió a la muchacha en la garganta. Sarah alcanzó a pronunciar su nombre e intentó incorporarse. Clark arremetió de nuevo contra ella asestándole nuevas heridas, tras lo cual recogió un mezquino botín. Preso de la turbación, apenas se llevó gran cosa.
Ganó la calzada hacia Londres. La perspectiva de pasar ante Tyburn le sobrecogió de pavor; viró en redondo. Fue entonces cuando topó con un carro. El conductor se había lastimado una pierna y Clark se ofreció a guiar el tiro en su lugar, con la esperanza de despistar las sospechas. Avanzaba por dicha ruta cuando los hombres lanzados tras la pista del homicida le dieron el alto. Preguntaron si había visto cruzar a algún sospechoso. La interpelación lo desconcertó. Al escrutarlo más de cerca, advirtieron la sangre sobre la manga de su camisa.
Clark arguyó en un principio que un soldado lo había insultado en el camino y que, durante la refriega subsiguiente, la sangre brotada de la boca de aquel hombre había manchado su ropa. Mantuvo semejante alegato con resolución, pero pronto comprendió que no le franquearían el paso. Entonces, dominado por una violenta agitación, confesó el crimen. El rodeo para evitar Tyburn y la estratagema de camuflarse en el trajín ordinario de un carromato no habían bastado para borrar el vestigio irrefutable de su paso por la posada.
En las siguientes sesiones de Old Bailey, Clark fue declarado culpable y condenado a morir en la horca. Con posterioridad, refiere la crónica, procuró recobrar la serenidad durante los días que permaneció bajo sentencia. Su padre acudió a visitarlo. Tras su marcha, Clark evocó con aflicción las palabras que este le había dirigido: si hubiese sido condenado por cualquier otra falta, su padre habría movilizado a parientes y amistades para salvarle la vida; mas un homicidio perpetrado con tal encarnizamiento a su juicio sólo podía expiarse con la sangre de su propio hijo.
La crónica afirma que la atrocidad de su acto conmovió al propio reo; advierte asimismo que temía más la exposición de su cadáver colgado en la picota que la muerte misma. En sus últimas horas, Clark intentó todavía moldear la memoria que de él conservaría el vulgo. Declaró no abrigar rencor alguno hacia la víctima, asegurando incluso haberla amado. El testimonio consigna también el rumor de que pretendía vender en Virginia a la joven doncella que había llevado a Londres; al pie del patíbulo, negó tal maquinación, admitiendo no obstante su resolución de abandonarla a su suerte.
Quiso, finalmente, disipar las sospechas que pudieran recaer sobre otros mozos con quienes había tenido trato. Aseveró que nadie había presenciado sus desmanes ni colaborado como cómplice. Fue ejecutado el 28 de julio de 1721, a los veinticuatro años de edad.
