En la mañana del 17 de marzo de 1792, al día siguiente del atentado contra Gustavo III, se hallaron en el suelo de la Ópera de Estocolmo un par de pistolas y un puñal. Varios armeros y cuchilleros de la ciudad fueron convocados para el reconocimiento de los objetos. El fabricante de las armas de fuego declaró haberlas reparado para el capitán Ankarström; el cuchillero reconoció el puñal, forjado a petición del mismo oficial. Al presentarse la guardia para detenerlo, Ankarström se entregó sin resistencia y admitió haber disparado contra el rey. Lamentó, en un primer momento, no haberle causado la muerte.
En la confesión reproducida por Borrow, Ankarström se declara persuadido de haber liberado a su patria de un tirano. Refiere sus pláticas con el conde Horn: ambos censuraban la situación política del reino y coincidieron en que el magnicidio permitiría mudar el gobierno. Ankarström aduce asimismo un proceso por lesa majestad incoado por la Corona; según afirma, el año precedente había sido condenado a veinte años de reclusión, pena que esgrimía a modo de agravio personal. Vincula este resentimiento a una doctrina del deber cívico, sosteniendo que el monarca había perdido toda legitimidad para gobernar.
En su alegato político, Ankarström se remonta también a las reformas que atribuía al soberano. Califica el Acta de Unión y Seguridad de 1789 como una transgresión de la Constitución de 1772, evoca la detención de miembros de la dieta y denuncia los tributos, la deuda y la guerra. Semejantes acusaciones emanan de su puño y letra, vertidas en el texto redactado para justificar su proceder; Borrow no las suscribe como una comprobación fáctica e imparcial. Ponen de manifiesto, con todo, la retórica que el acusado se había forjado: una querella privada se transmuta, a sus ojos, en el derecho a obrar en nombre de sus conciudadanos.
El plan primigenio consistió en secuestrar a Gustavo III en su pabellón de Haga al amparo de la noche. Horn y Ankarström reconocieron los accesos, la espesura de los bosques y el parque, mas la residencia les pareció excesivamente custodiada. Desistieron del rapto, pero no del magnicidio. Más tarde informaron al conde Ribbing, quien resolvió sumarse a la empresa. Buscaron entonces una ocasión propicia en la que la concurrencia ofreciera cobijo: una función teatral o un baile de máscaras. Horn y Ankarström asistieron a una representación el 16 de enero, y regresaron dos jornadas después; el rey no transitó por el corredor donde aguardaban apostados. En la mascarada prevista para la noche del 19 al 20 de enero, la concurrencia resultó exigua. Tras el desplazamiento a la dieta de Gävle y el ulterior retorno a Estocolmo, acecharon otra mascarada el 2 de marzo, mas suspendieron la acción. La del 9 de marzo fue aplazada una semana debido al rigor del frío. Tuvo lugar, finalmente, el 16 de marzo, fecha en que se consumó el atentado.
A medida que la trama sumaba partícipes, el sigilo resultaba más difícil de preservar. Ribbing declaró haber puesto al corriente a Liljehorn, oficial del ejército y mayor de la guardia real, quien habría comprometido el apoyo de su regimiento y de la artillería si se vislumbraba una revolución. Asimismo, habría prevenido al general Pechlin. La confesión subraya que la multiplicación de conjurados volvía imperiosa la ejecución: cuanto más circulaba el secreto de mano en mano, mayor era el riesgo de delación. La víspera, los conspiradores departieron sobre sus disfraces e intentaron engrosar la asistencia al baile. Dicho pormenor trastocó el designio. La idea de un golpe expeditivo en medio del enmascaramiento dependía ya de voluntades cuyos cometidos y lealtades distaban de ser uniformes.
Horn acompañó a Ankarström a su morada con el fin de cargar las pistolas. La confesión pormenoriza la insólita carga introducida en los cañones: una bala esférica, una bala cuadrada, once perdigones y siete clavos. Ankarström se proveyó además de un puñal. Cuando el soberano penetró en el salón, del brazo de su caballerizo mayor, el barón Essen, el regicida se deslizó entre él y su séquito. Se apostó tras un elemento de la escenografía, en el flanco donde el monarca le daba la espalda, y descerrajó el tiro a tan escasa distancia que el cañón rozó el dominó real. Sobrevino entonces el yerro que jamás concibió confesar como una flaqueza: el rey no se desplomó; el puñal fue desenvainado, mas el pavor le hizo soltar ambas armas. El desconcierto general le sirvió de amparo. Gritó «¡fuego!», secundado de inmediato por los clamores de la multitud.
El soberano fue evacuado de la sala en brazos de los suyos. Ankarström portaba todavía una última arma que pretendía reservar para su propia defensa, y procuró deshacerse de ella antes de que dieran comienzo las pesquisas. Con las puertas clausuradas, los asistentes fueron obligados a despojarse de las caretas, someterse a registro y estampar sus nombres en un registro. Pese a tan rigurosa vigilancia, el capitán logró regresar a su hogar con entera serenidad. Consumado el magnicidio, negó al principio tener cómplices; sin embargo, al ser confrontado con la correspondencia remitida a Horn y con las pruebas incautadas durante los allanamientos, acabó por delatar a los demás miembros del complot.
Los tribunales no limitaron su juicio a la figura del ejecutor. Se encausó a cuantos aparecían comprometidos por la confesión, las cartas o las testificaciones, apreciando diversos grados de responsabilidad. Los condes Horn y Ribbing fueron sentenciados a la pérdida de su nobleza, declarados infames, condenados a la amputación de la mano derecha y, ulteriormente, a morir decapitados y descuartizados. Idéntica pena capital recayó sobre Liljehorn y Ehrensvärd; otros acusados recibieron penas de degradación, presidio o privación de cargos públicos. No obstante, Borrow consigna a renglón seguido una providencial intervención del propio Gustavo III. En su lecho de muerte, el soberano habría implorado a su hermano, el regente, que nadie a excepción de su matador fuese ejecutado por causa del regicidio. El regente aseveró haber jurado cumplir dicho mandato. Las condenas a muerte de Horn, Ribbing, Liljehorn y Ehrensvärd fueron conmutadas por el destierro perpetuo, aparejado a la pérdida de hidalguía y a la prohibición formal de retornar jamás a Suecia; el resto de las condenas se mantuvo en firme. La clemencia póstuma del rey no reconcilió a los encausados: los expulsó sin miramientos de la patria que afirmaban redimir.
Ankarström, por su parte, quedó excluido de toda gracia. Borrow describe tres jornadas sucesivas de picota y flagelación pública, seguidas de la mutilación, la decapitación y el descuartizamiento. El primer día, Ankarström arengó a la multitud y sobrellevó el tormento con entereza inquebrantable; las sesiones posteriores quebrantaron su ánimo de forma ostensible. El clérigo que lo asistió en sus postrimerías dio testimonio de su contrición y de sus fervientes ruegos impetrando el perdón de Dios. Si la confesión política defendía el crimen en nombre de la nación, las notas del eclesiástico retratan a un reo vencido que implora la misericordia divina. Ankarström fue ajusticiado.
