En Smithfield, un anciano tendió la mano a John Lewis. Moll Davis acababa de presentárselo como su esposo. El hombre se llamaba Tompkins, decía ella, y debía entregarle una parte de doscientas libras que guardaba en su casa. Asió a Lewis por encima de la muñeca, dio una patada en el suelo y lo derribó; surgieron de improviso varios hombres, lo maniataron y lo empujaron hacia la calle. La multitud lo acusó de haber puesto un cuchillo en la garganta del anciano mientras Moll y un cómplice lo desvalijaban. Sin embargo, Lewis no había participado en aquel robo, según el propio testimonio de la víctima. La trampa de Moll le costó comparecer en dos sesiones en Newgate antes de poder salir en libertad.
La crónica llama a este individuo John Lewis, alias Laurence. Ignora dónde había nacido y quiénes eran sus padres. Indica que había sido aprendiz de carnicero, que había obtenido su carta de ciudadanía en la City y que había trabajado un tiempo como jornalero. Atribuye a sus compañías de aprendizaje la afición a la bebida, a la holgazanería y a tratos con mujeres que el cronista condena con el vocabulario despectivo de su época. Describe sobre todo una sucesión de amantes: Lewis las abandonaba al cabo de unas semanas y luego buscaba a otra. Este retrato moral es obra del redactor; los episodios judiciales que siguen ofrecen una materia más precisa.
Moll Davis, apodada Diver por su destreza para vaciar los bolsillos de sus semejantes, vivía con Lewis desde hacía poco cuando le propuso dinero a cambio de una promesa: no compartiría ya su vida con ninguna otra mujer. Afirmaba que había doscientas libras depositadas en casa de un tío respetable que ignoraba sus andanzas. El día señalado, Moll y Lewis acudieron a una taberna cercana a Smithfield Market. Llegó un anciano y saludó a Lewis como a un futuro esposo. El ademán de Tompkins fue la señal; entraron sus cómplices, ataron a Lewis y lo acusaron de haber tomado parte en un asalto callejero.
La crónica sostiene que Moll había preparado la escena para incriminar falsamente a Lewis y que recibió cinco guineas del hermano de la víctima, quien interpretaba el papel del tío. Durante el juicio, el hombre despojado reconoció que Lewis no era su agresor. A pesar de su débil vista, aseguraba distinguir las voces; el ladrón le había parecido más alto que él, mientras que Lewis era más bajo. Este reconocimiento le libró de la condena, pero no de una estancia de dos sesiones en Newgate.
Una vez libre, Lewis amenazó a Moll y anunció que le cortaría las orejas. Ella no se escondía: frecuentaba una taberna de aguardiente donde él sabía que la hallaría. Fue allí hacia la hora habitual, pero alguien de su entorno ya había prevenido a un delator convertido en testigo. Los alguaciles aguardaban. Lo prendieron y lo condujeron de nuevo a Newgate. En la sesión siguiente, fue absuelto por falta de más pruebas que el testimonio del confidente; no obstante, el tribunal le impuso prestar fianza de buena conducta. Hizo falta dos meses para reunirla. Con las dos reclusiones precedentes, pasó cerca de un trimestre en prisión.
Moll, por su parte, se hallaba en busca y captura tras el robo de una suma importante del bolsillo de un caballero. Lewis rondó sus antiguos lugares de reunión con la esperanza de hacerla arrestar. Su hermana Susan lo abordó en una taberna de Fleet Street. Le entregó media corona y una gran medalla de plata, que afirmaba poder empeñar, y le dio cita para el día siguiente. Lewis llevó la medalla a un prestamista de Houndsditch. Este fingió llevarla a una estancia contigua para pesarla; unos diez minutos más tarde, regresó con un alguacil y dos ayudantes. La medalla había sido denunciada junto con once guineas en una bolsa verde sustraídas a un hombre. La relación identifica este hurto con aquel que había obligado a Moll a desaparecer.
Tras este episodio, Lewis se marchó al campo. Consideraba que ya había estado preso demasiadas veces sin merecerlo y resolvió esta vez, según la fórmula mordaz de la crónica, merecerlo. En el camino de Gravesend, asaltó a un antiguo oficial retirado en la comarca. Surgió tras un seto, le puso un cuchillo afilado contra el pecho y le exigió que le entregara su dinero. El hombre le dio unos cuantos chelines. Lewis se ofendió, alegando que no se le trataba como a un caballero, y se dispuso a registrarle él mismo los bolsillos. Sujetaba el cuchillo entre los dientes, como cuando preparaba un carnero para el degüello. El oficial se lo arrancó de un golpe; en el lance, la mandíbula de Lewis quedó casi rota. Huyó, pero varios vecinos salieron en su persecución y lo atraparon justo cuando se disponía a tomar un barco en Gravesend.
La acusación versaba sobre un robo con violencia. En la vista de las sesiones, el jurado lo absolvió; el hecho de que se hubiera indignado por las escasas monedas entregadas por el oficial obró en su favor, según la crónica. Esta absolución le brindaba una nueva oportunidad de reincidir. En la primera semana de libertad, forzó una casa en Ratcliff Highway y se llevó varios objetos de escaso valor. Pocos días después, arrancó la faltriquera de una mujer en plena calle. Detenido de inmediato, fue juzgado en Old Bailey y condenado. El tribunal ordenó su deportación.
Una mujer a la que Lewis llamaba entonces su esposa fue condenada a la misma pena. El capitán del navío les prometió la libertad al llegar a Carolina del Sur si guardaban buen comportamiento. La pareja aceptó; una vez en tierra, el capitán cumplió su palabra. No permanecieron mucho tiempo en la colonia y hallaron el modo de regresar a Inglaterra a bordo del mismo buque. Allí se casaron de hecho. Lewis no convivió mucho tiempo con ella: temía que revelase su regreso de la deportación con la esperanza de obtener algún indulto para sí misma, y le reprochaba que frecuentara a otros hombres.
Volvió a embarcarse en una nave que partía rumbo al estrecho de Gibraltar. Al caer gravemente enfermo en Génova, la tripulación lo dejó allí. Habría podido reincorporarse más tarde a su navío, pero prefirió volver a Inglaterra en el primer barco disponible. En Londres, se reencontró con antiguos conocidos que vivían de la rapiña. Con ellos forzó con gran dificultad una posada de Fore Street, «Al Rey de Corazones», y se llevó una docena de jarras que creían de plata. Al examinarlas, descubrieron que no eran sino de peltre bien pulido. Las fundieron y luego las arrojaron, juzgando su venta demasiado arriesgada para tan menguado botín.
Lewis prefirió en adelante robar en solitario por las calles. En el antiguo campo de artillería, arrancó la faltriquera a una mujer. Ella gritó; los vecinos se lanzaron en su persecución. La crónica refiere que hirió de gravedad a dos o tres personas antes de ser reducido. Conducido a Newgate, fue juzgado en la sesión siguiente y declarado culpable. Esta vez no le quedaba esperanza de salvar la vida. El cronista lo describe como un hombre empedernido, carente de religión y de arrepentimiento, juicio que contrapone al silencio observado en el patíbulo.
Lewis no dijo nada a la multitud, salvo que lamentaba no haberse quedado en Carolina: pensaba que allí no lo habrían ahorcado. Rondaba los cuarenta años. Fue ejecutado el 27 de junio de 1720. El relato de su existencia conduce así desde una acusación armada por Moll hasta una condena ligada finalmente a sus propios actos: entre ambas, las absoluciones, las estancias en presidio y el regreso de ultramar no habían puesto término a sus fechorías.
