El 2 de julio de 1835, el brigada Le Courtois detuvo a Pierre Rivière en el camino de Langannerie. Hacía cerca de un mes que el joven permanecía en paradero desconocido tras la muerte de su madre, de su hermana y de su hermano. El gendarme le inquirió de dónde venía. Rivière respondió: «De todas partes». Al preguntársele por qué los había matado, declaró que su madre había pecado ante Dios y que los dos hijos habían pecado al permanecer a su lado. No intentó negar las muertes. Esbozaba ya una explicación que no tardaría en confrontarse con los testimonios familiares y los pareceres de los médicos.
La catástrofe había tenido lugar el 3 de junio en la Faucterie, en el término municipal de Aunay. El atestado levantado en el lugar de los hechos describe una vivienda suspendida en mitad de las faenas cotidianas: una cazuela con gachas reposaba aún sobre el hogar; junto a la joven Victoire, permanecía intacto el telar de encaje. Las víctimas eran Victoire Brion, esposa de Pierre-Margrin Rivière, su hija y su hijo menor, Jules. Jules contaba siete u ocho años; su hermana, unos dieciocho. Pierre-Margrin se hallaba ausente. Su hijo había abandonado la casa y se había internado en la espesura de los bosques.
La huida se prolongó durante varias semanas. En la memoria que redactaría más tarde, Pierre relata las noches a la intemperie, las raíces de las que se nutrió y sus vacilaciones antes de entregarse a la justicia. Cuenta haber cruzado el paso de varios gendarmes sin hallar las fuerzas necesarias para denunciarse. El atestado, por su parte, fija con exactitud el instante de la detención: Le Courtois lo reconoció por la descripción física. Rivière llevaba consigo algunos objetos de madera y cuerda, un bastón, cuchillos y una navaja. Afirmó haber arrojado el podón cerca de Aunay. Dieron comienzo los interrogatorios, pero su relato no se limitó a responder a las preguntas de los instructores.
En Vire, solicitó recado de escribir. Comenzó su memoria el 10 de julio y la concluyó el 21. Pretendía narrar la vida de sus progenitores, los motivos que atribuía a su acto, sus pensamientos antes y después de los asesinatos, y el itinerario de su fuga. Tenía veinte años. Había aprendido a leer, retenía con avidez cuanto leía y había alimentado el anhelo de consumar una hazaña que lo hiciera célebre. En aquel instante, ordenaba sus razones sobre el papel, mientras tres nombres quedaban consignados en el inventario fúnebre del sumario.
Al inicio de su escrito, describe los enconados litigios entre sus padres. Refiere que su padre le profesaba afecto y que su madre había convertido la convivencia en un infierno. No obstante, reconoce asimismo que varios episodios procedían de las confidencias paternas. Aquella crónica conyugal era, por tanto, una palabra heredada, asumida y reinterpretada después por el hijo homicida. Pierre no se conforma con consignar una reyerta: elabora, a posteriori, una argumentación en la que su madre encarna la causa primordial de la desdicha paterna. Las declaraciones de los testigos no desvanecen tal perspectiva, y Victoire Brion ya no estaba allí para contradecirlo.
En su raciocinio, segar la vida de su madre no resultaba suficiente. Juzgaba imprescindible suprimir también a los hermanos que habían permanecido junto a ella, para después perecer él mismo; de ese modo, creía, su padre no lamentaría su propia ejecución en el cadalso. Tomó prestadas de las historias bélicas, de las narraciones sagradas y de las crónicas de la Antigüedad diversas figuras de inmolación. Pretendía obrar como un héroe y redimir a quien decía amar. El desenlace no fue otro que abandonar a su padre con vida en medio de los despojos de su esposa y de dos de sus vástagos.
Jules figura en la memoria como un muchacho al que su hermano había tratado en las labores del campo. Pierre consigna que acudía a secundarlo en las tareas y que sabía ya gobernar el tiro de los caballos. Sabía también, confiesa, cuán apegado estaba el padre al pequeño. Por ello, la resolución de matarlo no puede reducirse al arrebato ciego de un extraño enajenado por la cólera: en la confesión que él mismo plasma, admite este vínculo y explica que pretendía incluso tenerlo en cuenta al aniquilar a quienes creía proteger. La memoria de Jules acompaña así el razonamiento con el que pretendía legitimar su muerte.
Pierre detalla asimismo sus preparativos y las ocasiones en que estuvo a punto de cejar en su empeño. Menciona cuartillas que había comenzado a emborronar y que luego ocultó o arrojó al fuego. Narra que acudió a la Faucterie ataviado con sus ropas de los domingos y armado con un podón. El atestado judicial describe la casa tras el crimen; la memoria reconstruye la determinación de quien acababa de abandonarla. Ambas piezas no ofrecen la misma naturaleza de testimonio, mas coinciden en un punto capital: jamás negó haber cometido los homicidios.
Sus respuestas, sin embargo, fueron mudando. En el momento de su prendimiento, había aludido a un mandato divino. Más tarde, adujo haber fingido aquellas visiones celestiales para pasar por demente y librarse del suplicio. Esta versión le sirve para presentar sus primeras palabras como un ardid procesal; al propio tiempo, dificulta discernir qué parte de su discurso merece crédito. Afirma después haberse arrepentido durante la fuga y evoca a los niños con los que había tenido cercanía. Estos remordimientos sobrevenidos no desvirtúan ni el designio trazado en el escrito ni la responsabilidad que el tribunal debía dirimir.
El doctor Bouchard lo examinó en la cárcel del partido judicial. Mientras lo interrogaba, Rivière volvía una y otra vez a su tarea de redacción; el facultativo coligió de aquella perseverancia y de la lucidez de sus respuestas que no padecía alienación mental. El padre de Pierre, por el contrario, sostuvo que su hijo venía sufriendo quebrantos del juicio desde la infancia. La defensa recabó la opinión del doctor Vastel, quien reunió testimonios de convecinos sobre el aislamiento del joven, sus soliloquios y sus extravagancias de conducta. Bouchard y Vastel no habían escuchado a los mismos deponentes ni extrajeron idénticas conclusiones de los autos.
En Caen, la memoria fue incorporada a la causa junto a las testificales y las peritaciones forenses. A juicio de Bouchard, un entendimiento capaz de desmenuzar su propio acto podía responder penalmente de él; para Vastel, un texto coherente no bastaba para descartar la enajenación. El jurado declaró a Pierre culpable y la sala pronunció la pena de muerte. Acto seguido, los propios jurados solicitaron el indulto y la conmutación de la condena. Acababan de declarar su plena responsabilidad y, con todo, rehusaban verlo subir al cadalso.
Siete afamados alienistas congregados en París examinaron la documentación. Entre ellos figuraban Esquirol, Orfila y Leuret. Respaldaron el dictamen de Vastel y se negaron a convertir las categorías nosológicas de su tiempo en moldes rígidos capaces de abarcar la totalidad de las afecciones del alma. Su informe no solicitaba la puesta en libertad de Rivière; sustentaba la petición de clemencia soberana. En febrero de 1836, el tribunal regio de Caen protocolizó las cartas de conmutación. Se orilló el cadalso, pero Pierre permaneció recluido de por vida.
En una misiva enviada desde Beaulieu en octubre de 1836, manifiesta a su padre su afecto filial y le ruega disculpe su escasa destreza para la conversación y sus faltas a las cortesías habituales. No le pide perdón por las muertes. Semejante pormenor, casi irrisorio frente a lo acaecido en la Faucterie, hace más punzante el abismo que los separa: el hijo reafirma su adhesión al padre, mientras este convive con el desamparo irreparable de haber perdido a su cónyuge y a dos de sus hijos. La memoria de Pierre perdura; sus víctimas, en cambio, no tuvieron la oportunidad de dejar escrita su versión.
