El asalto al carromato de Bicester condujo a Anthony Drury a Tyburn; en la crónica, el condenado atribuyó la idea del robo a Robert King, el mayoral.
Drury había nacido en Norfolk, de progenitores que, según la crónica, provenían de una familia y una fortuna acomodadas. Había recibido allí una educación cuyo esmero y coste subraya el cronista, sin detallar sus pormenores. Sobre los primeros años de su vida faltan noticias fidedignas: el autor advierte expresamente que no desea inventar lances para deleitar a sus lectores. Tan solo le consta que Drury había vivido en Oxford y en Bicester antes de radicarse en Wendover, donde poseía casa y familia.
No parece haber desempeñado un oficio regular. Aprendió, no obstante, a reparar chimeneas con problemas de tiro, quehacer con el que se ganó la vida con holgura y merced al cual recibió en el condado de Buckingham el sobrenombre de «Smoky Chimney Doctor». Pocos años antes de su muerte desposó en Oxford a una viuda tenida por opulenta. Corría la voz de que poseía mil quinientas libras, suma que el cronista juzga acaso exagerada. Este dejó entender que Drury había sido un esposo poco atento; juicio que dimana de su particular apreciación y no de un hecho judicial contrastado. Hasta entonces, aclara la relación, la reputación de Drury en la comarca no se había visto empañada.
El 25 de septiembre de 1726, Drury asaltó el carromato de Bicester procedente de Londres. Las actas de acusación formuladas contra él atañían a diversos robos perpetrados en el camino. Despojó a Thomas Eldridge de quince moidores, doscientas diez guineas y ochenta medias guineas, así como de dinero y géneros pertenecientes al señor Burrows. Otra imputación le reprochaba haber agredido a Sarah, esposa de Robert King, para arrebatarle dos chelines y seis peniques. Un tercer cargo versaba sobre el ataque a Eldridge y el despojo de un vestido y unas enaguas de calicó pertenecientes a Giles Betts, tasados en veinte chelines. Una cuarta causa, relativa a otro robo de dos chelines y seis peniques a Mary, consorte de Joseph Page, no llegó a sentenciarse: las tres anteriores bastaban para exponer a Drury a la pena capital.
Sentenciado a muerte, no mostró, a juicio del veedor de la prisión, un espanto desmedido, sino más bien azoramiento y turbación. Acarició al principio la esperanza de obtener una suspensión o, cuando menos, la deportación ultramarina. Dirigió misivas a varias personas que juzgó con valimiento para interceder por él. Al propio tiempo, hojeaba los devocionarios que le habían facilitado y asistía al oratorio de la cárcel con gravedad. El cronista describe su piedad como exterior y reservada, suspendiendo su juicio sobre los afectos íntimos del reo, inescrutables para él.
Drury anhelaba, ante todo, que su esposa se trasladara a Londres. Le remitió varias cartas acuciantes, a las que ella no dio respuesta. Escribió entonces a un amigo del vecindario suplicándole que le pidiera no abandonarlo en aquel trance y acudir a su lado para instar la merced del indulto. El amigo repuso que la mujer se hallaba tan tullida que ni vestirse sola podía, que la criada la había desamparado y que carecía de fondos para costear el viaje. Él mismo declinó presentarse, pretextando un fuerte catarro contraído en Londres durante un viaje anterior motivado por los negocios de Drury.
El recluso buscó otro arbitrio para convencer a su esposa. Le hizo saber que había empeñado en Londres plata labrada por valor de veinticuatro libras, si bien las piezas valían, aseguraba, más del doble, y corrían el riesgo de perderse tras su muerte. El amigo transmitió que la cónyuge reembolsaría a quien rescatase la platería y le diera noticia. Seguía sin prometer desplazarse. Drury dedujo de ello que su mujer no deseaba verlo con vida, mas apostilló que le otorgaba un perdón sincero.
Negó con firmeza haber tomado parte con anterioridad en latrocinios semejantes. Reconoció que, entre los caudales de su mujer y las ganancias procuradas por las chimeneas, habría podido vivir desahogadamente en el campo; admitió haber administrado torpemente sus caudales, pero achacó la trama del asalto a las instancias de King. Este, a decir de Drury, le había pintado el golpe como una faena sencilla y exenta de peligro, prometiéndole que nadie opondría resistencia. Recibiría la mitad del botín a cambio de sus avisos y colaboración. Para despistar las sospechas de connivencia, Drury debía sustraer luego unas cuatro libras a la mujer del mayoral.
Un ministro de la Iglesia de Inglaterra que lo visitó le amonestó a no aminorar su culpa y a hacer una confesión sincera. Drury empeñó su palabra de hablar con franqueza, manifestando que no le quedaba más arrimo que Dios. Una vez malogradas las solicitudes de gracia, hizo llamar a dicho eclesiástico y recibió la comunión. Reconoció en ese punto el delito por el que debía perecer, reiteró la incriminación contra King y proclamó perdonar a este como a su esposa. La crónica consigna esta confesión postrera a modo de ratificación de sus dichos precedentes, pero no da noticia de proceso alguno incoado contra King.
Una mujer que había hecho compañía a Drury durante sus últimos días aportó un testimonio discordante. La había llevado en carretela hasta Wendover. En el trayecto habían coincidido con King, quien requirió a Drury que apease para hablar. Ambos se apartaron y departieron con vehemencia; la mujer no pudo percibir de qué trataban. Sin embargo, al regresar junto a la carretela, King le había dicho a ella: «No temáis nada, tendréis a buen seguro lo que pedís». Confirmaba de este modo un encuentro y unas palabras, sin poder dar fe del concierto que Drury alegaba haber fraguado allí.
Gentes principales intentaron aún impetrar su gracia, sin fruto. El cronista estima que la esperanza abrigada hasta la víspera de la ejecución pudo turbar el sosiego del reo, si bien resultaba imposible escudriñar lo que bullía en su interior. En la noche del 2 de noviembre, la enviada del antiguo amo de la mujer le preguntó derechamente qué tenía que reprochar a King. Drury repitió que el mayoral lo había arrojado al crimen, que su sangre y cuanto poseía recaerían sobre su cabeza, tras de lo cual puso fin a la plática para retornar a sus oraciones.
A la mañana siguiente, 3 de noviembre de 1726, Drury acudió a la capilla y abandonó Newgate sin aspavientos de pavor. En el trayecto hacia Tyburn discurrió sobre sus descarríos; aseveró no haber sido dado a la embriaguez, sino harto aficionado al trato de mujeres, lo que habría despertado los celos de su esposa. Ya al pie de la horca, reiteró los cargos contra King, añadiendo que este le había aconsejado asimismo desvalijar el carromato de Banbury. Precisó que, en vez de las cuatro libras apalabradas, no había tomado más que tres chelines a la mujer de King: suma que coincidía, según la relación, con la del cargo por el que fue condenado.
El capellán le recordó entonces que cierto individuo lo acusaba de haber contraído matrimonio en Norwich con la hija de un tercero, la cual seguía viva. Drury replicó que se le hacían muchos reproches y que a todos dispensaba su perdón; ni corroboró ni desmintió la imputación de bigamia. Pidió luego departir con un caballero situado junto al cadalso para encomendarle sus bienes, que dijo haber dejado en orden, y exhortó finalmente a los congregados a llevar una vida virtuosa. Murió en Tyburn aquel jueves, contando alrededor de veintiocho años.
