Un puñado de grava bastó para espantar a los ladrones. En el jardín de una granja de Tunley, la noche del 2 de noviembre de 1832, la menor de las hijas de Hancox distinguió una luz en la alcoba de su hermana. No se atrevía a entrar: varios hombres armados ocupaban la casa, su padre yacía herido y su hermano acababa de recibir una descarga en pleno rostro. Creyendo no obstante que su hermana había regresado al piso superior, lanzó unos guijarros contra el cristal. Aquella señal precipitó la huida de los intrusos. Para escapar de ellos, la familia sólo había contado con el auxilio de ese malentendido; apenas unos minutos antes, había intentado defenderse.
La granja pertenecía al señor Hancox, a quien sus hijos varones ayudaban en las labores del campo mientras sus hijas atendían las faenas domésticas. Hallábase apartada del camino real y de cualquier otra vivienda. Semejante aislamiento explica por qué el primogénito, al ver aproximarse a tres forasteros, no intentó siquiera interrogarlos. Saltó la cerca del jardín para ganar la cocina y pedir refuerzos; mas el pie se le enganchó y cayó al suelo justo en el instante en que los desconocidos le daban alcance.
Entró en la casa precediéndolos y, comprendiendo que sus intenciones eran aviesas, se dirigió hacia el hogar, de donde pendía una escopeta. Uno de los maleantes disparó antes de que pudiera empuñarla. La carga, compuesta de perdigones y arena, le acertó de lleno en el rostro y en los ojos. Su padre, que entraba en la cocina en ese instante, fue herido a su vez. La señora Hancox y el hijo menor acudieron presurosos; el mismo asaltante los derribó, mientras otro los amenazaba blandiendo una espada. La familia se vio así forzada a rendir la morada a quienes acababan de irrumpir en ella por la violencia.
Los dos hombres encargados de registrar las estancias exigieron en primer término el dinero. El señor Hancox les hizo entrega de sesenta y cinco libras en billetes y en oro. Acto seguido, los ladrones subieron a buscar objetos fáciles de transportar. Sus hijas, presas del pánico, se habían dispersado por el jardín y las dependencias exteriores. Cuando la más joven vio luz en la alcoba de su hermana, creyó por un instante que esta había regresado; no atreviéndose a franquear el umbral, arrojó grava contra la ventana. Aquel rumor bastó para quebrar la serenidad de los intrusos. Temiendo, según la interpretación de Pelham, que acudieran refuerzos, emprendieron la fuga llevándose parte de la platería.
Se prodigaron auxilios médicos al padre y al hijo heridos. Para este último, el dictamen fue irrevocable: había perdido por completo la vista. Los lugareños salieron en persecución de los agresores, mas sin resultado alguno. Al día siguiente, la noticia fue despachada a Londres junto con las descripciones que los testigos habían logrado aportar. Los rostros habían estado en parte disimulados por pañuelos rojos y crespones negros; con todo, los Hancox creían ser capaces de reconocerlos si volvían a verlos.
La investigación recayó en Ellis, oficial de Bow Street, quien se personó en el lugar de los hechos. Ciertas pesquisas lo condujeron sobre la pista de tres hermanos apellidados Berryman, oriundos de Gloucestershire y afincados en Londres. No bastaba con apresar a uno al azar: si sus sospechas trascendían, los demás no tardarían en poner tierra de por medio. Se propuso, pues, vigilarlos sin despertar recelos. James trabajaba como oficial sombrerero en Charlotte Street; William vendía pasteles por las calles; Thomas carecía de oficio fijo. Ellis y un joven ayudante, Goodison, los siguieron durante varias semanas, mudando a veces de indumentaria para no ser descubiertos.
El 5 de diciembre hallaron a los tres hermanos juntos en Goswell Street y procedieron a su arresto. El hijo menor de los Hancox, que se había desplazado a Londres aguardando su captura, reconoció a James y a Thomas entre los partícipes del asalto. Los tres fueron conducidos en primer lugar hacia Gloucestershire. En el curso de la indagatoria local, James fue señalado como el autor del disparo y Thomas identificado como uno de sus secuaces. William, contra quien no se halló indicio alguno, fue puesto en libertad.
Ellis reunió nuevos elementos probatorios. Demostró que los individuos se hallaban fuera de Londres en el momento de la agresión y que habían arribado a Cirencester en la tarde del 2 de noviembre, para partir casi de inmediato rumbo a la aldea vecina. Al mediodía siguiente se les había visto en el Bird-in-Hand, una posada situada en el camino de Londres, rendidos de fatiga y con los pies deshechos. De allí habían partido al anochecer en un carruaje con destino a la capital. Las declaraciones sobre este viaje de ida y vuelta trazaban un itinerario preciso para las dos siluetas que los Hancox habían reconocido a pesar de los embozos que ocultaban sus semblantes.
El oficial prosiguió sus pesquisas para dar con el tercer hombre que los testigos aseguraban haber visto en la granja. Sus sospechas recaían en un pariente de los Berryman, conocido con el nombre de Desmond, alias Hunt. Tras no pocas diligencias, lo apresó mientras trabajaba como zapatero en Goswell Street Road. Este individuo solicitó prestar declaración y fue admitido como testigo de la acusación. Su papel en los hechos no podía disociarse del evidente interés que tenía en eludir el castigo; el tribunal debía, por tanto, ponderar su testimonio junto con las demás pruebas.
La vista judicial contra James y Thomas se abrió el 6 de abril de 1833. Las declaraciones atribuyeron a James el disparo de pistola y señalaron a Thomas como uno de los hombres que habían participado en el expolio. El testimonio del delator vino a sumarse a las identificaciones aportadas por la familia y a los desplazamientos acreditados entre Londres y Gloucestershire. Ambos acusados fueron hallados culpables. James fue sentenciado a muerte; Thomas fue condenado a la deportación perpetua. William, que había sido detenido junto a sus hermanos pero contra quien ninguna prueba pudo sostenerse, no figuró entre los reos. James fue ejecutado en Gloucester el 20 de abril.
La crónica no depara al primogénito de los Hancox otro destino que el de su ceguera. Sin embargo, es su figura la que permanece en el centro del drama: fue él quien vio llegar a los extraños, quien intentó defender el umbral y quien debió convivir luego con las secuelas indelebles que aquella irrupción le dejó. James y Thomas fueron convictos gracias a una paciente vigilancia y a un itinerario rigurosamente verificado. Mas nada en tales diligencias pudo borrar lo que la pólvora y la arena habían destruido. La causa concluyó con la condena de James y Thomas, al tiempo que William quedaba libre y Desmond atestiguaba en favor del ministerio fiscal; pero no devolvió la luz al joven que se había alzado para socorrer a los suyos.
