La mañana en que abandonó el Windsor Castle, Jane Bolland afirmó haber encontrado sus ropas en desorden y la ballena de su corsé rota. Pocas horas antes, según declaró, había recobrado el conocimiento en su alcoba tras una noche de indisposición y sopor; George Cant, el tabernero que la empleaba, se hallaba entonces ante la puerta. Ella le gritó que no debía entrar. Él replicó que estaba ebria y que no volvería a pisar el mostrador. Bolland bajó a hablar con la señora Cant y marchó en seguida a casa de su hermano. Un mes más tarde, su palabra y la de un joven zapatero, Joseph Edwards, se enfrentarían ante el jurado.
La reseña de Camden Pelham sitúa la vista en el Central Criminal Court, el jueves 31 de octubre de 1839. Cant, de cuarenta años, regentaba el Windsor Castle, una taberna de Holborn. Bolland, que antes vivía con su hermano en Solomon-terrace, había entrado como camarera el 30 de septiembre; dormía bajo el tejado, mientras que Cant y su esposa ocupaban la estancia inmediatamente inferior. Estas disposiciones importaban a la acusación, pues situaban a la sirvienta en la misma casa de quienes dirigían sus afanes, sin que la relación de Pelham proporcione, no obstante, una observación directa del hecho encausado.
A tenor de la deposición de Bolland, la primera advertencia se produjo la mañana del jueves 3 de octubre. Cant la había llamado, le había tocado el pecho y pedido que lo besara. Ella amenazó con avisar a su esposa. Él le aconsejó entonces que dejara abierta la puerta de su habitación, a fin de que pudiera entrar cuando fuera a despertarla. Bolland se negó y abandonó la estancia. Durante la jornada, confió lo sucedido a su hermano y al señor Balfour, dependiente de un comerciante de vinos. Este último le recomendó que no dejara el empleo, juzgando que Cant no volvería a empezar.
Refiere Bolland que cayó enferma esa misma tarde y que la condujeron a su cuarto hacia las ocho; no recordaba quién la había ayudado a subir. Decía hallarse desvanecida al alcanzar el lecho. Durante la noche, prosiguió, volvió en sí por instantes, divisó a Cant junto a la cama y perdió de nuevo el sentido en medio de un forcejeo. Al despertar, hacia las seis, advirtió sus vestidos desordenados y la ballena quebrada. Su deposición presentaba la agresión como acaecida mientras no podía consentir ni oponer resistencia. No pretendía que testigo alguno hubiese visto a Cant consumar el acto.
La queja que refiere a continuación resulta igualmente capital para comprender el desenlace. Afirmó haber hallado a Cant a la puerta, haberle arrojado una injuria y haber bajado a contar a la señora Cant las demasías de su marido. Según su testimonio, esta se negó a escucharla y la tachó de borracha; Bolland dejó, pues, la morada y marchó a casa de su hermano. El sábado la examinó un facultativo. Pelham sostiene que el médico y la cuñada de Bolland corroboraron que se había cometido un atentado contra su persona; el testimonio de ambos, tal como aparece compendiado en el capítulo, no señalaba al autor.
La cuestión de la embriaguez no tardó en cruzar las declaraciones. Bolland negó haber bebido aquel día, salvo un vaso de half-and-half; decía ser propensa a los vahídos. Jane Hollier, que la ayudó a subir, la creyó ebria. Thomas Shipton, mozo de servicio en la taberna, le encontró asimismo trazas de persona bebida. Hollier describió una visita hacia medianoche, en compañía de Edwards, a la habitación donde Bolland yacía vestida por entero. Declaró haber rogado a Edwards que subiera porque ella no llevaba sino una vela; tras breves minutos, le entregó la luz y lo vio regresar a su cuarto. Sarah Goodchild, lavandera al servicio de Cant, relató otra visita hacia las nueve, en presencia del tabernero y de su mujer; Bolland se hallaba entonces tendida en diagonal sobre la cama. Goodchild afirmó que no quedó luz alguna en la estancia. Ambas deposiciones no componen un relato único ni perfectamente trabado.
Cant fue arrestado por el agente Wells; Pelham consigna que reconoció únicamente haber besado a la joven. El letrado de la defensa, el señor Phillips, no intentó negar que se hubiera inferido una ofensa a Bolland. Sostuvo que el verdadero dilema era la identidad de quien la había perpetrado. A su juicio, era Edwards, y no Cant, quien debía responder de ello. Pintó al joven como a un soltero que había tardado en hablar, pero que había terminado por acudir ante el procurador de Cant tras el encarcelamiento de este y su posterior excarcelación bajo fianza. Phillips no pretendía disculpar los ademanes admitidos por Cant; sugería que habían podido inducir a Bolland a creer que el tabernero era también el ejecutor del asalto nocturno.
Hollier confirmó que Edwards se hallaba junto a la puerta durante su visita de medianoche. El letrado de Cant, Williams, declaró haber recibido la confidencia de este una vez admitido Cant a fianza. Shipton y Goodchild depusieron sobre el estado de Bolland y las entradas en su aposento. Edwards, zapatero sin ocupación al tiempo de los autos, aseguró haber mantenido con ella un trato carnal al que ella habría consentido; añadió haber revelado después su conducta a Williams y más tarde a un amigo llamado Murphy. Sin embargo, la reseña sitúa su entrada en el cuarto «hacia las once» de la noche del 23 de octubre, al paso que la primera declaración de Bolland fijaba los sucesos en la velada del día 3. La réplica de la acusación evoca asimismo requerimientos de Cant en la mañana del 23 de octubre. La compilación no disipa esta discordancia de fechas; no cabe discernir si obedece a una errata de imprenta o a dos lances distintos.
Por parte del ministerio fiscal, el señor Adolphus instó al jurado a cotejar la conducta de Cant, las palabras que él mismo había confesado y la versión tardía de Edwards. Este último, advirtió, nada había manifestado en la comisaría cuando oyó interrogar a Bolland; su confesión carecía, pues, de la corroboración que alegaba Phillips. La defensa, por el contrario, fundaba la alternativa en la presencia de Edwards en la casa, en las visitas al aposento y en su propio reconocimiento. Ninguna de estas relaciones se deja reducir a una prueba directa del acto imputado a Cant. El compilador da cuenta de una controversia, no de una transcripción cabal de cada pregunta y cada respuesta.
El magistrado, el barón Gurney, recordó que el delito podía, con arreglo al derecho que exponía a los jurados, haberse consumado sobre una persona privada de sentido, aun a falta de resistencia. Dejó el fallo a su arbitrio. Tras cerca de dos horas de deliberación, declararon culpable a Cant. El reo clamó ruidosamente su inocencia; el tribunal registró contra él la pena capital. El veredicto zanjó jurídicamente la imputación, pero no borró el conflicto entre las declaraciones que Pelham había allegado.
La continuación del capítulo revela que la sentencia concitó la reacción pública. Refiere Pelham que un sentimiento harto extendido juzgaba el veredicto fruto de una apreciación errónea de los hechos, y que varias personas dirigieron sin demora su parecer al secretario de Estado. El gobierno rehusó suplantar con su criterio el del jurado; acordó, no obstante, conmutar la pena capital por la deportación a perpetuidad. Cant fue remitido después allende los mares. La relación no ofrece nueva vista ni revisión del veredicto: deslinda así la culpabilidad legalmente declarada de la medida de gracia que atemperó la pena.
He ahí el límite y el atractivo de este capítulo retrospectivo. Conserva palabras encontradas, un tropiezo de fechas y la huella de un debate público posterior a la sentencia; no concede al lector la facultad de trocar estos fragmentos en certidumbre independiente sobre lo acaecido en aquella alcoba. La culpabilidad de Cant fue el dictamen del jurado; la deportación, la determinación del gobierno. Entre uno y otra subsiste una causa donde el relato de la querellante, la tardía confesión de Edwards y los testimonios de la taberna no encajan jamás sin asperezas.
