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Justicia y escándalos · Inglaterra

El homicidio y la imprenta

Foster Snow, un tabernero estimado, da muerte a Thomas Rawlins tras una disputa por deudas y por el lugar que este ocupaba en su hogar. Tras su ejecución en Tyburn en 1725, un impreso desata la cólera del tribunal de Old Bailey. El impresor Leech es conminado a dar explicaciones y luego reprendido.

Cuando se leían los mandamientos en la capilla de Newgate, Foster Snow temblaba, palidecía y lloraba —refiere el cronista— en el instante preciso en que resonaban las palabras que prohíben matar. Suplicaba entonces a Dios el perdón por semejante falta. Condenado por la muerte de Thomas Rawlins, no tardaría en abandonar la prisión con destino a Tyburn. Aquel hombre, que en otro tiempo se había granjeado la estima de sus vecinos como tabernero, consumía ahora sus jornadas reprochándose el crimen, mientras su esposa no acudía a visitarlo y su familia proseguía sin él una existencia ya minada por las querellas.

Snow había nacido de padres a quienes la fuente describe como honrados y respetables. Le procuraron una educación conforme a su condición y lo orientaron hacia la horticultura. Sirvió como jardinero o criado en casa de varias personas de distinción, sin que su reputación sufriera tacha alguna. Unos catorce años antes de su muerte, contrajo matrimonio y abrió una posada. Sus convecinos le profesaban aprecio. La crónica no le atribuye grandes vicios, salvo los arrebatos a los que se abandonaba con excesiva frecuencia: cuando bebía, se entregaba a extravagancias de palabra y obra, tratando con aspereza a cuantos se cruzaban en su camino.

El autor vincula estos accesos de cólera a ciertos desasosiegos domésticos que, a su juicio, habían turbado a Snow durante largo tiempo antes del homicidio. Su esposa tenía una hija de un matrimonio anterior y la había llevado a vivir a la casa. Snow no la relegó: le confió el gobierno del hogar y le dispensó, escribe el cronista, un gran afecto. Trasladó asimismo su cariño a la pequeña hija de esta hijastra. La fuente insiste en la ternura que manifestaba hacia la niña y en el contraste entre ese afecto y la discordia que lo separaba ya de la madre.

Thomas Rawlins había logrado, según la misma relación, hacerse grato a la madre y, sobre todo, a la hija. Sus caudales no eran cuantiosos, pero gozaba de un amplio crédito. Acompañado de sus hijos, acudía a menudo a la casa y permanecía en ella el tiempo suficiente para que, poco a poco, apenas se le viese marchar. Snow lo tomó a mal. Le manifestó que no deseaba verlo regresar. Rawlins respondía, según el cronista, con palabras desdeñosas e insultantes; además, le adeudaba dinero. La hostilidad entre ambos se prolongó a través de diversos incidentes. Snow se lamentaba ante su esposa y su familia, pero Rawlins continuaba frecuentando la casa y sus hijos seguían recibiendo socorro.

El día del homicidio, Snow había bebido más de lo acostumbrado cuando Rawlins entró en la morada. Le reclamó el dinero que le debía y le afeó con dureza el modo en que se conducía con él. Rawlins le replicó, siempre conforme al relato, con idéntica grosería. Las amenazas de Snow ya habían dejado patente su resentimiento; empuñó un cuchillo de mesa y persiguió a Rawlins. Le asestó una herida mortal, y Rawlins expiró en el acto. Snow fue arrestado y conducido a Newgate.

En las sesiones siguientes, fue procesado por el homicidio de Thomas Rawlins, acusado de haberle infligido con un cuchillo la herida que le causó la muerte instantánea. Fue encausado asimismo con arreglo a la ley sobre apualamientos, y una tercera vez en virtud de las diligencias del juez de instrucción forense, siempre por el mismo hecho. Estos tres cargos no señalaban a tres víctimas: versaban sobre la muerte de Rawlins incoada por vías procesales distintas. El jurado declaró a Snow culpable en cada una de ellas. Testigos convocados para deponer sobre su reputación lo describieron, sin embargo, como un vecino civil, honrado y apacible; mas sus testimonios no prevalecieron frente a las pruebas materiales del homicidio.

Al pronunciar la sentencia, el magistrado adjunto, el señor Faby, insistió en la gravedad del homicidio y en la ley divina que reclama la sangre de aquel que ha derramado la de un hombre. Advirtió a Snow de que no abrigara esperanzas de indulto, por ser el asesinato uno de aquellos crímenes en los que la Corona rara vez concedía clemencia. Esta admonición situó al condenado ante la certidumbre de su castigo. La relación describe a continuación una conducta muy distinta de la asociada al hombre irascible de la taberna: en el pabellón de los condenados dio muestras de profunda devoción y signos inequívocos de arrepentimiento.

Snow quiso comprender la naturaleza del crimen que había perpetrado. Lo consideraba ya contrario tanto a la religión como a los sentimientos naturales. El cronista refiere que a veces se lamentaba en soledad, repitiendo que la culpa del homicidio atribulaba su alma. En la capilla, al recitarse los mandamientos, las palabras «No matarás» lo hacían temblar y palidecer; lloraba y rogaba a Dios que le perdonara. El texto asegura que ningún hombre había mostrado, durante su reclusión, un sentimiento más vivo de su falta. Temía que su penitencia fuera insuficiente para compensar una vida que ya no podía devolver a quien había arrebatado.

Varios ministros del culto y el capellán de Newgate le prestaron auxilio espiritual. Lo exhortaban a confiar en la misericordia divina, para evitar que su arrepentimiento degenerara en desesperación. Snow los escuchaba con mansedumbre, a decir de la crónica. El remordimiento acompañaba desde entonces sus días, del mismo modo que la cólera había acompañado las disputas domésticas. Ninguno de los consuelos que aceptaba podía restituir a Rawlins la existencia que le había segado.

Su esposa, en cambio, no lo visitaba y apenas subvenía a sus necesidades, afirma la crónica. Las desavenencias conyugales habían agriado de tal modo su relación que el afecto que cabía esperar entre cónyuges parecía haberse extinguido. Snow se quejó de este desvío, pero negó haber sospechado infidelidad alguna en su mujer. Solo le reprochaba que concediera crédito a Rawlins. Respecto a su hijastra, reiteraba que sus propios beneficios habían sido mal correspondidos. Con todo, su apego a la pequeña permanecía intacto: temía que, tras su muerte, nadie velara como era debido por su crianza, pues había deseado encargarse de ella él mismo. Los reproches que dirigía a la madre no alcanzaban a la criatura.

Al aproximarse la ejecución, una violenta enfermedad lo quebrantó hasta el extremo de impedirle acudir a la capilla. Cuando el mal remitió, le dejó el juicio tan debilitado que por momentos parecía enajenado. El domingo previo a su muerte, prorrumpió en clamores en la capilla, como un hombre profundamente turbado por el peso de su culpa y por el juicio al que iba a comparecer. Perdonó no obstante, según la fuente, a cuantos de un modo u otro habían coadyuvado a su muerte. Poco después, conducido en carruaje de luto hacia Tyburn, se mostró más sereno de lo que había estado en largo tiempo.

Ante la multitud, Snow declaró que, al margen del crimen por el cual moría, no tenía noticia de haber cometido jamás acto alguno que debiera infundirle el temor de una muerte semejante. Fue ejecutado el 3 de noviembre de 1725, contando cerca de cincuenta y cinco años. La muerte del reo no acalló el debate. Casi de inmediato circuló un impreso titulado su caso, en el que se exponían circunstancias tendentes a atenuar su culpabilidad y que, según el cronista, no habían salido a la luz durante el juicio.

En la sesión siguiente, el tribunal de Old Bailey examinó la publicación. Los jueces consideraron que atentaba contra la rectitud de quienes habían juzgado a Snow e hicieron comparecer al impresor, el señor Leech. Le reprendieron por haber dado a la estampa un texto susceptible de desfigurar sus resoluciones. Leech presentó excusas, aseguró haber obrado por inadvertencia y prometió no imprimir en lo sucesivo escrito semejante. El tribunal lo dejó marchar con una amonestación, no sin advertir a los demás impresores que se abstuvieran de publicar libelos que pusieran en entredicho sus procedimientos. De este modo, tras el veredicto, la condena y el cadalso, se abrió una nueva pugna en torno al modo en que la causa debía ser narrada.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Ficha documental inglesa consultada en su integridad. Foster Snow fue condenado por la muerte de Thomas Rawlins y ejecutado en Tyburn el 3 de noviembre de 1725, a los cincuenta y cinco años aproximadamente. La crónica atribuye la disputa a desavenencias domésticas y deudas, si bien la imputación de responsabilidades obedece a un sesgo moralizante y silencia la versión de la esposa, de la hijastra y de Rawlins. Ya en prisión, Snow alegó que sus recelos conyugales versaban sobre los caudales y no sobre la fidelidad de su mujer. Fue encausado bajo tres figuras jurídicas distintas que respondían al mismo homicidio, no a tres víctimas diferentes. Tras la ejecución, el impreso «su caso» sacó a relucir circunstancias atenuantes que, según el cronista, no se esgrimieron en el juicio; Old Bailey conminó a comparecer al impresor Leech, quien ofreció disculpas y recibió una amonestación. La reseña histórica no transcribe el documento controvertido ni las actas judiciales. La lectura original abarca la fuente íntegra, el relato y los proyectos; no consta requisa ni decomiso formal del impreso, corrigiéndose el resumen a este respecto. Se preserva la acusación formal bajo tres cargos. El cargo de «deputy recorder» se vierte como magistrado adjunto y el «Ordinary» como capellán carcelario; se atenúa la duplicidad del discurso sobre los celos. No se infiere ninguna peripecia posterior a la reprensión.

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