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Justicia y escándalos · Francia

La partida de Bicêtre

Antes de la partida de la cuerda hacia presidio, Laurent pide a Antonio Brochetti que escriba una carta a su madre. Una sola frase los enfrenta: «Volveré».

Antonio había escrito «Volveré»; después, dejó la pluma.

—¿Y luego? —preguntó Laurent.

—A ti te toca saberlo.

Laurent se inclinó sobre el papel. Las letras le mostraban sus dorsos bien alineados; las contemplaba con el respeto inquieto del hombre que confía sus bienes a unos desconocidos. Sabía trazar su nombre, a costa de un esfuerzo que lo dejaba sin ánimos para proseguir. Para lo demás, recurría a quienes gozaban de aquel extraño privilegio: hacer viajar una voz cuando el cuerpo quedaba retenido.

Se disponía una partida en Bicêtre. El convoy conduciría a los condenados hacia presidio. Laurent había rogado a Brochetti que escribiera a su madre, no por amistad, sino porque Antonio dominaba la escritura y no había hallado a nadie más. A cambio, le había ofrecido una porción de su pan. Antonio rehusó el pan, aceptó el pliego y aguardó las primeras palabras con una impaciencia que Laurent tomó por generosidad.

—Dile que volveré a verla —prosiguió—. Cuando todo haya terminado.

Antonio tachó el comienzo de la frase. Laurent protestó de inmediato: había pagado aquel papel y no le concederían otro para corregir los caprichos de su amanuense. Brochetti contempló la tachadura. El trazo permanecía húmedo; había vuelto ilegible en un instante lo que al otro tanto le había costado decidirse a prometer.

—Se lo escribirás cuando lo sepas.

Laurent le exigió saber con qué derecho escogía las noticias que recibiría su madre. La cólera le prestaba una elocuencia con la que hubiese deseado colmar la hoja entera. Habló de la anciana, de sus ojos que ya no distinguían los objetos menudos, de la vecina que leería la carta adoptando un aire entendido ante las malas nuevas. No quería que aquella mujer encontrara demasiados motivos de comentario.

Antonio lo escuchaba sin alzar la cabeza. Había nacido en Roma; había acometido a un sacerdote griego y arrastraba una condena sin término prometido alguno. Laurent conocía aquellos pocos pormenores, o creía conocerlos, porque circulaban de boca en boca entre los presos. Jamás había interrogado a Brochetti sobre el sacerdote. En un presidio, ciertas preguntas infunden la sensación de reiniciar gratuitamente el quehacer de los jueces.

—Escribe tan solo que estoy bien —dijo por fin.

Antonio tomó de nuevo la pluma.

—¿Estás bien?

—Ella nada puede hacer por lo demás.

La respuesta pareció detener algo en el ánimo de Brochetti. Trazó las palabras solicitadas con una caligrafía más esmerada. Laurent se inclinó tanto que su aliento estremecía el borde del papel. Quería ver brotar aquella mentira bienhechora. Su madre sabría de la partida, tropezaría después con esa frase y, al menos durante unos segundos, podría cobrar aliento.

En el patio, una orden corrió de boca en boca. Se percibió el golpe sordo de bultos depositados en el suelo, pasos que se aproximaban, un nombre coreado a voces. Laurent interrumpió el dictado para escuchar. Habría deseado reconocer, en aquel ajetreo, la promesa de estar en otra parte. Un camino no deja de ser un camino, aun cuando no se haya elegido: habría otro aire, otros rostros, un horizonte más dilatado que el muro frente al cual comían.

—¿Tanta prisa tienes? —preguntó Antonio.

Laurent vaciló. La pregunta lo hacía sentirse casi culpable por haberse imaginado el cielo.

—Tengo prisa por que esto empiece a terminar.

Brochetti asintió levemente. Contempló la hoja, luego sus propias manos. Laurent comprendió que acababa de hablar con un hombre para quien la llegada no abría ninguna cuenta atrás. Buscó una frase que no sonase a consuelo. No la halló. A ambos les habían arrebatado la libertad; pero la pena del uno le reservaba aún guarismos de los que el otro no podía valerse.

—Eso no te impide escribir —dijo con voz queda.

—¿A quién?

Laurent bajó la mirada. Había creído sugerir una ocupación; Antonio le oponía un abismo. Volvió a pensar en su madre, en los pormenores precisos que aún podía dictar: no malvender el armario pequeño, guardar las herramientas en casa de su hermano, exigir un recibo si alguien reclamaba dinero en su nombre. Tales recomendaciones le conferían por un instante la importancia del hombre que ordena sus disposiciones de partida. Antonio las consignó sin comentario alguno.

Colmada la hoja, Laurent exigió una lectura. Quería oír cada vocablo, incluidos aquellos que acababa de pronunciar. Brochetti leyó con premura. Al llegar a la tachadura, guardó silencio. Laurent le preguntó qué faltaba. El otro repuso que quedaba espacio de sobra para la firma.

Disputaron por segunda vez. Laurent reclamaba su promesa; Antonio se negaba a restituirla. La negativa había perdido ya cualquier apariencia de consejo. Anidaba en aquella obstinación algo que rebasaba la carta: la insoportable certeza de no tolerar que otro dispusiese todavía de un porvenir que ofrecer a alguien.

—Es mi madre —dijo Laurent—. No es la tuya quien aguarda este papel.

Antonio le devolvió la pluma. Los dedos de Laurent la asían demasiado alto. Compuso su nombre despacio, con pausas entre los trazos, como quien transporta una carga por un desfiladero angosto. Al concluir, dobló el pliego antes de que Brochetti pudiera añadir o enmendar nada.

Un guardián acudió a pregonar el movimiento de la guardia. Laurent se puso en pie junto a los demás. Antonio permaneció un instante inmóvil; le reiteraron la orden. Nada en la voz escuchada aquella mañana por nuestro personaje justificaba el odio. Era con exactitud lo que Laurent retendría en la memoria: habría podido soportar aquel tono un día entero sin distinguirlo del de cualquier otro.

Poco después, sobrevinieron los gritos. Laurent no alcanzó a ver el primer ademán; lo empujaron junto a varios reclusos. La partida se desbarató, hubo hombres que corrieron en sentido opuesto y alguien clamó por socorro. Brochetti acababa de asestar un golpe a un guardián. El papel que Laurent apretaba contra su pecho quedó arrugado entre sus dedos; ya ni siquiera pensaba en protegerlo.

El guardián falleció. En las memorias publicadas bajo el nombre de Sanson, se afirma que Brochetti cometió aquel homicidio con el deliberado propósito de procurarse la muerte, la cual prefería a las prisiones y al presidio de galeras. Juzgado y condenado, fue ejecutado en la plaza de Grève el 22 de mayo de 1824. Semejante desenlace negaba al centinela toda participación en la elección atribuida al reo: se había segado su vida únicamente para torcer el destino de un semejante.

Laurent pertenece a nuestra ficción, al igual que su carta y la conversación mantenida. Antes de emprender su propia marcha, rogó que le leyesen de nuevo el pliego. Un hombre recorrió los renglones, se detuvo ante el borrón de tinta y preguntó qué yacía escrito debajo. Laurent respondió que ya no lo recordaba. Mandó después despachar la carta tal como estaba. Su madre hallaría en ella noticias, un puñado de advertencias y su firma torpe. En cuanto a la promesa, habría de aguardar a que él mismo supiera estamparla.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

Antes de la cuerda

En la víspera de la partida hacia el presidio, un condenado pierde la medida de su porvenir. Una ficción que sitúa asimismo en primer plano al hombre encargado de custodiarlo.

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novela

Las dos sentencias

Reconstrucción de la trayectoria de un forastero, desde una primera violencia hasta el crimen perpetrado en prisión, siguiendo el rastro de aquellos a quienes cada fallo judicial deja heridos.

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trilogía

Bicêtre, los tránsitos

Tres novelas unidas por un mismo escenario: un condenado de paso, un carcelero atrapado en la violencia del servicio y un médico confrontado a las memorias contradictorias del presidio.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El periódico Mathieu Laensbergh del 26 y 27 de abril de 1824, haciéndose eco de las noticias de París del 21 de abril, da cuenta de la agresión a un centinela al partir un convoy y de una tentativa anterior contra el presbítero griego Ischarus. Las memorias de Sanson (tomo II, edición inglesa de 1876, p. 264) añaden la previa condena a perpetuidad, la muerte del guardián y la ejecución el 22 de mayo de 1824. Dicha fuente tardía atribuye a Brochetti la voluntad deliberada de buscar la muerte; tal móvil no figura como confesión fehaciente. Laurent, su correspondencia, la totalidad de los diálogos y las conductas descritas con anterioridad al ataque son ficticios. No se añaden al expediente testigos con nombre propio ni motivos para el atentado inicial; al centinela no se le atribuye provocación inventada alguna.

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