—A mediodía, ¿te encontraste a tu hija en el Pont-Neuf? —preguntó la señora Castanier a su marido.
—Sí.
—¿La tomaste de la mano? ¿La trajiste a casa? ¿Le diste pan?
Castanier respondió que sí a cada una de las preguntas. Entonces, su mujer inquirió: «Y después, ¿qué ha sido de ella?». Él se quedó sin habla. Ella le ordenó que fuera a buscarla. Él preguntó adónde. Pocas horas antes, la viuda Bouche había visto al padre y a la pequeña caminar juntos por las calles de Carpentras; la criatura lloraba, y la testigo le había recordado al padre que la esperase.
Era el 16 de enero de 1827. La niña acababa de desaparecer. Champagnac la describe como muy querida por sus padres y por todo el vecindario. Al principio se creyó que se había extraviado por la ciudad. Al anochecer, la viuda Bouche regresó a casa de Castanier para averiguar si la habían hallado. El matrimonio permanecía sentado, uno a cada lado de la estufa; la testigo tomó asiento entre ambos.
Poco después se encontró el cadáver de la niña en el pozo del Cirque, con una piedra atada al cuello y dos heridas de cuchillo. La justicia acudió al domicilio de Castanier acompañada por el juez de instrucción. El hombre yacía vestido en su lecho; al incorporarse, exclamó: «¡Ya no tengo hija!». Ignoraba, según la crónica, que el cuerpo acababa de ser descubierto.
El cuchillo fue reconocido por la señora Castanier como propiedad de su marido. La piedra también fue identificada: la mujer admitió que había sido arrancada del pie de la escalera de su dormitorio. La colocaron de nuevo en el hueco de donde había sido extraída; su forma encajaba con exactitud en la huella vacía. Aquellos objetos, las declaraciones de los testigos y el recuerdo del encuentro en el Pont-Neuf condujeron al arresto de Castanier.
Aquel hombre no siempre había vivido entregado a la oración. En Camaret, la crónica lo describe como jugador y asiduo a las tabernas; tras su llegada a Orange, ciertas almas piadosas emprendieron su conversión. Más adelante, en Carpentras, pasaba largas horas en el templo y se rodeaba de libros devotos. Su mujer le recordaba la necesidad de trabajar; él le respondía con exclamaciones místicas. Se decía que soñaba con el infierno y el demonio, y que se levantaba en mitad de la noche a rezar. Escribe Champagnac que, tras semejante mudanza, Castanier pronto habría pasado por un santo varón. Estos hábitos saldrían a relucir en el juicio, donde cada parte intentaría desentrañar qué significaban respecto al acto del que se le acusaba.
El 8 de mayo, Castanier compareció ante el tribunal de lo criminal de Vaucluse. Las miradas del público escudriñaban su semblante, en busca, según Champagnac, de los indicios de locura que se esgrimían para justificar el crimen. Se le describió como un hombre enjuto, ajeno por completo a cuanto acontecía a su alrededor. El acusado parecía mover los labios en silencio; no pocos creyeron que musitaba oraciones.
Cuando el presidente le preguntó su nombre, Castanier guardó silencio al principio. Un gendarme le dio un empellón; interrogado por segunda vez, declaró llamarse Castanier. Respondió «aquí» cuando le inquirieron por su domicilio, para asegurar después que vivía en Orange. No recordaba su edad. Su letrado, el señor Bourdon, explicó que la única respuesta clara que había logrado arrancarle atañía a la defensa: Castanier afirmaba que Dios lo defendería. Acto seguido, añadió con vehemencia: «No quiero defensor alguno; no lo necesito».
El presidente le preguntó si deseaba ser juzgado. «Hágase la voluntad de Dios», respondió. Al preguntársele si estaba loco, dijo que no lo sabía. A la cuestión: «¿Mató usted a su hija?», contestó: «Jamás he hecho daño a mi sangre». Durante las declaraciones testificales, se quedó dormido; al despertar de golpe, se echó a reír, según la crónica, «a la manera de un imbécil».
Se le interrogó sobre lo que había hecho el 16 de enero entre las diez de la mañana y las dos de la tarde. Respondió que había estado en la iglesia, pero fue incapaz de dar más detalles. Cuando se le preguntó si amaba a su hija, exclamó: «¡Pobre pequeña!». El presidente insistió de nuevo en si la había matado. Castanier sollozó, desvió la mirada y acabó balbuceando: «¡Es una gran desgracia!». Un jurado le formuló la misma pregunta. Castanier le espetó que no tenía juicio. Se le exhortó a que no temiera confesarlo, acaso sin haber creído obrar mal; replicó que se marcharía de la sala si continuaban interrogándolo. El fiscal del rey inquirió si se arrepentía de haber quitado la vida a la niña. Tras unos instantes, Castanier se cogió la cabeza entre las manos: desde la muerte de su hija, afirmó, le dolía la cabeza; antes también le dolía. Al ser llamado a declarar, François Bouche apenas comenzaba su testimonio cuando Castanier lo interrumpió para saludarlo como si acabara de despertar: «¡Ah, buenos días, Bouche!». Otro testigo aseguró haberlo visto postrado durante horas en el templo. Castanier exclamó que una vez había permanecido allí nueve horas seguidas, que le causaba un inmenso gozo estar allí y que deseaba regresar.
El presidente le preguntó además si había creído, al matar a su hija, que la enviaba al cielo. Respondió que no prestaba atención. Sus contestaciones no formaban un relato coherente; cada una remitía a los miembros del jurado a fragmentos inconexos: el pedazo de pan ofrecido tras el encuentro, las horas transcurridas en la iglesia, el cariño por la niña y aquella frase sobre la desgracia. La defensa y la acusación se apoyaban en esas mismas palabras para sostener conclusiones enfrentadas.
El fiscal del rey manifestó que consideraba probada la culpabilidad del procesado, pero que no creía que hubiese obrado con discernimiento. A su juicio, su estado mental debía obligar a descartar la premeditación. El señor Bourdon, por su parte, hizo valer los signos de demencia y la conducta mostrada por su cliente durante los debates. En aquella vista, la acusación no pretendía únicamente que se reconociera la autoría de la muerte; la calificación jurídica que el jurado debía atribuir a semejante acto continuaba sometida a disputa.
Tras una breve deliberación, los jurados declararon a Castanier culpable, pero sin premeditación. El tribunal lo condenó a trabajos forzados a perpetuidad.
