El hallazgo del broche bien pudo haberse quedado en una simple anécdota de baile. Hacia fines del invierno de 1890-1891, una joven se presentó en el despacho del jefe de la Sûreté acompañada de dos hombres, uno de los cuales dijo llamarse Arton. En el baile de la Ópera, la dama había extraviado una joya de perlas negras y brillantes, valorada en cerca de treinta mil francos. Los confetis, aseguraba, se habían llevado la alhaja. Goron mandó registrar el salón sin fruto alguno y no volvió a pensar en ello. La pista reapareció cuando un muchacho de dieciocho años fue sorprendido in fraganti hurtando en una tienda del barrio del Temple. El registro practicado en su morada reveló que su compañera lucía el prendedor desaparecido.
Aquel lance fortuito franqueó a Arton la entrada al despacho de Goron sin despertar sospecha alguna. La compañera del mozo sostuvo que este había recogido el broche entre los confetis y luego se lo había regalado; fue arrestada por llevar la joya puesta. Goron la restituyó a su dueña, la amiga de Arton, y tanto el financiero como la joven le manifestaron una gratitud tan viva que el jefe policial atribuyó todo el mérito al azar. Intercedieron luego por el indulto del muchacho y de su compañera, cuya prisión empañaba el júbilo de haber recuperado la alhaja. Por entonces, el jefe de la Sûreté no veía en Arton más que a un financiero acomodado, bastante generoso como para apiadarse de dos reclusos desconocidos.
Arton no tardó en invitarle a cenar en compañía de diputados y senadores. Goron, receloso de las conjeturas políticas que pudiera suscitar su presencia entre allegados al general Boulanger, envió a su agente Rossignol a recabar informes sobre el anfitrión. La nota lo retrató como hombre solvente y entregado a obras pías. Nada, según decían, empañaba su crédito. Goron declinó la invitación con un pretexto de servicio: un robo de cuantía le obligaba a pasar la velada en los arrabales. No podía prever que, apenas un año más tarde, recibiría una orden judicial de busca y captura contra aquel mismo banquero.
Cuando llegó la providencia del juez de instrucción Welter, Arton ya había abandonado su domicilio de la calle Rouget-de-l’Isle. La entrada y registro solo deparó un retrato al carbón, dibujado a partir de una fotografía ya vetusta. La filiación resultaba vaga. Goron hizo circular aquella efigie entre los agentes de Francia e Inglaterra, pero las semanas transcurrieron sin fruto. A finales de 1892, el nombre de Arton comenzó a ventilarse en las gacetas junto al escándalo de Panamá. Goron refiere que fue entonces cuando conoció, sin llegar a calibrar por sí mismo los pormenores, las imputaciones sobre el papel financiero y político que se atribuía al banquero.
El prefecto Lozé encomendó en un principio a Houillier y a Soudais el rastreo del fugitivo. Después dispuso que Soudais escoltara a Lemoine, inspector de la Sûreté générale a quien Goron identificaría más tarde como Dupas. Tal designación causó asombro entre los policías de la Prefectura: Dupas ya se había cruzado con Arton en Venecia sin apresarlo, cuando obraba en su poder, según Goron, una orden de detención que bien habría podido cumplimentar. No se dio a Goron razón alguna sobre la verdadera identidad de aquel acompañante ni sobre las circunstancias del encuentro. El jefe de la Sûreté consignó el hecho como una anomalía de imposible esclarecimiento.
Los agentes siguieron diversas pistas a lo largo de Europa. En Jassy perdieron a Arton por escasa una hora. Goron se preguntaba si el banquero habría sido alertado o si habría leído el parte telegráfico de un debate en la Cámara. En otras ocasiones llegaban a Hamburgo o a Núremberg tras su partida. Los reveses alimentaron la befa pública: en París se mofaban de unos pesquisidores que parecían viajar siempre a remolque. En los pasillos ministeriales corría el dicho: arrestar a Arton acaso no deparase ascenso alguno. Goron afirma que desoyó tales murmuraciones, aunque reconoce la mella que hicieron en el ánimo de sus sabuesos.
Cuando Dupas regresó a París y Soudais solicitó el retorno, el prefecto le conminó a permanecer donde se hallaba, a la espera de un nuevo rastro. Un secretario de Goron transmitió la consigna a Soudais en términos harto más crudos: buscar, o aparentar que se busca; no dejarse ver por París; «todo esto no es más que política». Cuenta Goron que tomó entonces otro derrotero. Partió rumbo a Londres, so capa del caso Panisse, pero en verdad —según su testimonio— para reanudar la cacería de Arton. Se hizo acompañar por Orion y Girodot.
Un comisionista de la City le había asegurado que Arton residía cerca de Londres y traficaba con títulos sobre los que pesaba orden de embargo. El dato era incierto, mas brindaba una coyuntura. Goron adquirió valores italianos embargados y concertó una cita en una taberna de Richmond. Girodot debía hacerse pasar por un ladrón parisino que ofrecía el botín de sus golpes; ciertos intermediarios le presentarían al financiero. Los títulos y un fardo de periódicos viejos servirían de atrezo para la comedia. Goron, el único entre los agentes que conocía los rasgos de Arton, aguardaría para identificarlo y dar la señal de intervención.
En la estación de Richmond observó a una mujer con una valija negra, del brazo de un hombre que guardaba un vago parecido con el prófugo. La misma estatura, el mismo porte; no obstante, Goron discernió al punto que no se trataba de Arton. Avisó a Orion. Ambos vieron al sujeto y a su dama reunirse con Girodot en el pub y brindar en su compañía. El falso perista tenía ante sí el grueso fardo atado con liza, cuyo interior no era más que papel de desecho. Cuando Girodot comenzó a exhibir las muestras, Goron hizo el ademán convenido: se trataba de un error.
Girodot se puso en pie y previno a sus contertulios de la presencia de dos individuos sospechosos, acaso pesquisas. En un santiamén la partida se dispersó, olvidando saldar el gasto de las copas; fue Goron quien abonó la cuenta. Más tarde, los dos supuestos intermediarios volvieron a toparse con Girodot y le afearon su cobardía: habían tomado a Goron por un carterista francés, inconfundible por su bigote bermejo y un sombrero comprado aquella misma mañana. La trampa concebida para atrapar al fugitivo se había cerrado sobre un inocente. Goron se marchó sin Arton y supo después que el banquero jamás había negociado con los títulos denunciados.
De vuelta en París, compareció ante el presidente del Consejo, Alexandre Ribot. Este le inquirió por qué la policía no había echado aún el guante a Arton. Goron adujo que un prófugo podía disponer de su propia contrapolicía y propuso ofrecer cuantiosas primas a los delatores. Ribot le autorizó a prometer hasta quince mil francos. En Londres, los intermediarios exigieron pagarés avalados por su firma; Goron los libró, pagaderos únicamente tras la captura. La crónica calla varios nombres. Refiere que un antiguo dependiente alemán de Salberg recibió el primer vale y se dedicó a chantajear a Arton durante dos años con aquel resguardo antes de entregarlo. Goron atribuye a esa recompensa el apresamiento definitivo del banquero.
Mas la pesquisa no concluyó por ello en su fuero interno. Hizo repetidos viajes a Londres y, alertado de que Arton llegaría de Canadá, pasó una semana registrando los vapores que remontaban el Mersey. Ninguno lo traía a bordo. Interrogó a Salberg, quien le reveló que un emisario del propio gobierno le había propuesto tiempo atrás facilitar la huida de Arton en lugar de entregarlo. Goron averiguó después que dicho comisionado era Dupas. Aquella revelación, unida a los debates parlamentarios posteriores, confirió a las demoras de la policía un trasfondo político que los agentes no habían alcanzado a descifrar mientras iban a la zaga de un hombre cuyos resortes de poder ignoraban.
En Holloway, donde Goron visitó a Arton tras su reclusión, ambos cotejaron sus respectivas versiones de la cacería. El reo aseguraba saber a ciencia cierta que nadie deseaba prenderle; Goron sostuvo haber apurado todos los medios. Uno vislumbraba un amparo en las sombras; el otro, una concatenación de señas erróneas, viajes frustrados y promesas de rescate. En 1896, citado como testigo en el proceso incoado contra Dupas, Goron mantuvo que sus superiores le habían ordenado invariablemente la captura del prófugo. No pretendió erigirse en juez del colosal escándalo de Panamá. Su corolario es más sobrio: entre informes falsos, mandatos ambiguos y recelos de Estado, él y sus hombres habían perseguido a Arton con el mismo celo con que habrían perseguido a cualquier reo reclamado por la justicia.
