Tras un mes de separación, Bancelin se presentó en el domicilio de su cuñada, en Sainte-Menehould, y pidió ver a Marie-Élisabeth. Ella acudió. Él intentó convencerla de regresar a Les Islettes; ante su negativa, él salió. Un instante después, reapareció en la trastienda. Marie-Élisabeth había vuelto a tejer junto a su hermana, que cosía un vestido y conversaba con un mercader forastero sentado cerca de la ventana. Bancelin avanzó a grandes zancadas y reiteró su exigencia de volver. «Tampoco será hoy», respondió ella. Retumbó una detonación; ella cayó al suelo gritando que la habían matado.
Sucedió el 2 de septiembre de 1826, en Sainte-Menehould. La herida, localizada en la parte baja y posterior del cuello, se consideró en un principio no mortal por su naturaleza. Los médicos dictaminaron más tarde que acabó siéndolo; Marie-Élisabeth padeció seis semanas de agonía antes de fallecer. Entretanto, el hombre que había disparado debía explicar por qué se había presentado, armado, ante la mujer que había huido de su casa.
Jean-Baptiste-Auguste Bancelin tenía treinta y nueve años. Propietario y tratante de maderas en Sainte-Menehould, pertenecía a una familia conocida en el comercio local. Había contraído matrimonio con Marie-Élisabeth Salmon, procedente asimismo de una estirpe estimada. La crónica afirma que la amaba; describe al mismo tiempo su brutalidad y sus arrebatos de cólera, que se habían vuelto tan frecuentes que su esposa no podía permanecer ya en el domicilio conyugal. Ni el afecto alegado ni la desesperación atribuida al abandono borran los golpes que la habían empujado a marcharse.
En julio, Bancelin había querido abrir una posada. Su mujer le expuso con cautela las dificultades del proyecto. Él montó en cólera, arrojó una botella hacia su cabeza, la agarró por los cabellos, la arrastró hasta un gabinete y la arrojó al suelo. Ella le anunció que lo dejaría: no podía seguir viviendo a su lado. En medio de aquella escena, le suplicó que le perdonara la vida, si no por ella misma, al menos por sus hijos. Una vecina oyó sus gritos y acudió presurosa; llegó en el preciso instante en que Bancelin se disponía a golpear a su esposa con el cañón de un fusil que le servía de fuelle.
Aquella misma noche, Marie-Élisabeth huyó. Llevó consigo a uno de sus hijos pequeños y se trasladó desde Les Islettes hasta Sainte-Menehould, donde vivía una de sus hermanas. El relato no precisa dónde se hallaban los demás hijos durante la fuga. Lo que sí refiere es que la separación se prolongó un mes y que Bancelin no logró conseguir el regreso de su consorte. Ella había encontrado amparo bajo otro techo; las gestiones de su marido no habían disipado el temor que le inspiraba.
El 1 de septiembre, Bancelin partió rumbo a Verdún. Trató primero de procurarse arsénico, sin éxito. Entró entonces en la tienda de un armero y adquirió una pistola. Preguntó si el arma podía abatir a un perro a cuatro pasos y regresó poco después para comprar una segunda. De vuelta en su hogar, probó él mismo ambas armas.
Al día siguiente, antes de emprender viaje hacia Sainte-Menehould, quemó sus papeles. Envolvió su violín en un crespón y cubrió una mesa redonda con un vestido negro de su mujer. Tomó también dos botellas de vino blanco. Cuando, más adelante, relató este desplazamiento a los instructores, lo presentó como un intento de reconciliación. Tales preparativos, de los que la crónica pormenoriza los detalles, ya se habían consumado cuando se dirigió a casa de su cuñada.
Tras el disparo, Bancelin huyó y se arrojó al río. El cauce apenas tenía profundidad; lo sacaron del agua y lo trasladaron a una dependencia de la Casa Consistorial, donde el juez de instrucción lo interrogó poco después.
Conducido a dicha sala del Ayuntamiento, Bancelin declaró haber adquirido dos pistolas: una cargada con dos postas para su mujer y la otra con tres para sí mismo. Manifestó haberlas llevado en bolsillos distintos a fin de no confundirlas. Según esta primera versión, no había entrado con el propósito resuelto de matar: el desenlace dependía de la acogida que le dispensara su esposa. Su negativa a volver lo había desesperado, alegó, y disparó. A continuación, habría intentado quitarse la vida con la segunda pistola; al no salir el tiro, se había lanzado al agua.
Ante la Audiencia de Reims, durante la sesión de diciembre, su relato varió. Sostuvo que jamás había tenido la intención de matar a Marie-Élisabeth: había ido provisto de dinero, muebles y objetos para su uso, y deseaba merendar con ella. El disparo, afirmó entonces, se había producido por accidente en el momento en que montaba el arma destinada a sí mismo. Invocó las muestras de su apego y vertió copioso llanto. Aquellas versiones sucesivas planteaban al jurado un dilema categórico: ¿se había disparado el arma voluntariamente contra su esposa?
La formulación del veredicto tornó la deliberación más espinosa que una simple resolución sobre la culpabilidad. El jurado debía dictaminar si Bancelin había cometido voluntariamente un homicidio al disparar a quemarropa sobre Marie-Élisabeth y, a renglón seguido, si había concebido de antemano el designio de atentar contra su persona. El ministerio público consideraba que la premeditación no quedaba suficientemente asentada bajo los términos propuestos. Por ello, solicitó fundir el homicidio voluntario y la premeditación en una sola pregunta.
El tribunal se negó a alterar las cuestiones sometidas a los jurados. Estos respondieron afirmativamente a ambas. Pese a ello, tras la lectura de su declaración, el procurador del rey modificó sus conclusiones. Argumentó que una respuesta que confirmaba el designio previo de un atentado no precisaba si dicho atentado debía forzosamente causar la muerte. Podía, a su juicio, deducirse de la correlación entre ambas preguntas, pero una inferencia no bastaba para justificar la pena capital. Reclamó entonces la condena a trabajos forzados a perpetuidad.
El debate, por ende, no versaba únicamente sobre los actos de Bancelin, sino sobre el alcance jurídico de la respuesta dada antes del veredicto. La primera cuestión designaba sin ambages el homicidio voluntario cometido mediante un disparo de pistola a quemarropa. La segunda inquiría si el acusado había formado con anterioridad el propósito de atentar contra la persona de su mujer. No precisaba, empero, la índole de tal agresión. El ministerio público hacía notar que un plan para atentar contra la persona podía, según la letra exacta de la contestación, no ser un plan de asesinato. Y era precisamente la premeditación del homicidio lo que conllevaba el cambio de pena.
El fiscal invocó entonces los artículos 95 y 104 del Código Penal y requirió la pena de trabajos forzados a perpetuidad. No retiraba la acusación de homicidio voluntario; impugnaba que la contestación de los jurados fuese bastante para acreditar el propósito deliberado de matar. La sala, tras deliberar, desestimó esta interpretación. Estimó que las respuestas afirmativas a ambas cuestiones no dejaban incertidumbre alguna y pronunció la pena de muerte. Así, una discrepancia sobre unos pocos vocablos del veredicto distanció la sanción impetrada por el ministerio público de la que el tribunal consideró preceptivo imponer.
Cuando el presidente le notificó que disponía de tres días francos para formalizar recurso de casación, Bancelin contestó con voz quebrada: «¡Adiós, pobres hijos míos!». Interpuso no obstante el recurso de casación y solicitó asimismo la gracia real. Los propios jurados lo recomendaron a la clemencia de la Corona. Tras las seis semanas durante las cuales Marie-Élisabeth había batallado contra su herida, el juicio concluyó con estos trámites y aquella frase dirigida a sus hijos.
