Bouchet regresó hacia los bancos de trabajo con una seguridad que no habría de durar. Iba a armar escándalo, anunció; Granet le había prometido no golpear. En el taller de la prisión central de Riom, aquella promesa permitía aún creer que era posible destrozar las lámparas, rechazar la labor, encarar a los carceleros y detenerse antes de derramar sangre. Granet era el apodo de Barthélemy Cellier. Tenía una chaveta de zapatero al alcance de la mano.
El 1 de marzo de 1866, el descontento había prendido en torno a unos zapatos. Ciertas piezas consideradas defectuosas no habían sido computadas a los reclusos. Durante el recreo de la tarde, los presos se animaron mutuamente a protestar; al reanudarse el trabajo, la agitación persistía. Martelon, uno de los más levantiscos, fue encerrado en una celda. Bouchet fue conducido ante el director y devuelto luego al taller. Nada era aún irreparable, pero el castigo de uno brindaba a los demás una razón suplementaria para sublevarse.
Según el auto de acusación reproducido en la Gazette des tribunaux, Cellier mostró su herramienta a Bouchet y advirtió que heriría a quienquiera que pretendiese llevárselo. Este último pareció intimidado en un principio. Sin embargo, tras conversar con Cellier, volvió a agitarse, rompió las lámparas y llamó cobardes a quienes continuaban trabajando. La protesta colectiva acababa de hallar su ademán. Cellier prometía proteger a los rebeldes si aparecía algún guardia.
El guardia primero Lauriat se presentó junto a su colega Souvestre. Cellier arremetió primero contra este último, a quien detestaba; un recluso se interpuso. El obstáculo desvió su violencia hacia Lauriat. Entre ambos hombres mediaba un agravio reciente: pocos días antes, el guardia le había denegado a Cellier el paso a la enfermería, donde yacía un penado llamado Juge. La acusación vinculaba aquel intento a una relación entre ambos reos, condenada en el legajo con los términos desdeñosos de su tiempo.
Semejante lenguaje añadía una infamia supuesta al expediente de un homicidio. La relación en sí no constituía, empero, el arma ni la prueba del delito. Lo que importaba en el encadenamiento de los hechos era la negativa infligida a Cellier y el encono que él le atribuía. En medio del tumulto, halló ante sí al hombre que había puesto trabas a su voluntad. La discordia del taller le brindaba la ocasión de dirimir otra disputa.
Tomó dos chavetas de su banqueta, avanzó hacia Lauriat y le asestó una puñalada en el pecho. Según el relato fiscal, el carcelero procuraba todavía apaciguarlo. Otro preso, Garnier, que había intentado impedir el ataque, recibió a su vez una herida. Dio unos pasos y se desplomó. Lauriat expiró poco después. Un hombre encargado de la custodia y un presidiario que había mediado acababan de sucumbir en el mismo taller, bajo la misma violencia.
El alboroto no cesó de inmediato. Cellier profería aún amenazas, buscaba a otros hombres contra quienes albergaba rencor; fue preciso reducirlo. La promesa formulada a Bouchet había perdido todo sentido. Los zapatos descontados de la paga, que habían enfurecido a los presos unas horas antes, pertenecían ya a otro orden de preocupaciones. Ya no se discutía de faena alguna. Dos muertes iban a trasladar el desorden de la cárcel a una sala de lo criminal.
Cellier tenía veinticuatro años. El sumario enumeraba ya once condenas por robo, vagancia, violencias e intento de fuga. Ante los magistrados, aquel pasado comparecía antes que él, como una larga semblanza de la que no podía retirar una sola tilde. El 17 de mayo, en Riom, el fiscal general Massin sostuvo la acusación; Honoré Roux asumió la defensa del reo. Se le imputaban dos homicidios con premeditación. El tribunal lo condenó a muerte sin circunstancias atenuantes.
La compostura del reo asombró a quienes dieron cuenta de ella. Se habría levantado, saludado con su gorra y dado las gracias tanto al presidente como a los jueces. Semejante ademán desconcertaba la narración habitual del castigo: se aguardaba el desplome, la plegaria o la rabia; se recibía una reverencia. La prensa subrayaría esa calma hasta situarla casi en el centro del proceso. El nombre del presidiario circularía indisolublemente unido a su sonrisa.
Una carta dirigida al médico del penal arroja, sin embargo, una luz menos complaciente sobre dicha serenidad. En este escrito publicado tras su muerte, Cellier afirmaba no ser tan culpable como se creía, sin por ello eludir lo que había hecho. Declaraba sobre todo temer más a una vida entera en una celda que a la muerte. Las faltas de ortografía se respetaron en la edición de la carta, cual si su torpeza formase parte del hombre expuesto al juicio público. A través de ellas, el sentido resultaba enteramente límpido: lo que temía era continuar sin salida.
El 16 de junio, hacia las tres de la madrugada, lo despertaron para comunicarle la desestimación del recurso de casación y el rechazo del indulto. L’Écho roannais, haciéndose eco del Moniteur du Puy-de-Dôme, refiere que creía disponer aún de una docena de días. Recibió la noticia, con todo, sin turbación. El capellán permaneció a su lado; le sirvieron café y, más tarde, vino. Caminó después por el corredor fumando. A ojos de los guardias que lo observaban, el asesino de su compañero seguía mostrándose como un reo de una docilidad desconcertante.
Al salir de la prisión, les dio las gracias. Entre el capellán y el párroco del Marthuret, marchó hacia el cadalso. Las crónicas ponderan su paso firme y el cigarrillo cuya incorrección se le reprochó. Consignan los saludos, los abrazos, su conducta ante el crucifijo. A cada instante, se escrutaba en su cuerpo una señal que explicase su alma; su última actitud se tornaba en testimonio que cualquiera se creía con derecho a interpretar.
Tras su muerte, un tratadista del régimen penitenciario examinó su caso. Vinculó el doble homicidio a una nueva agresión sobrevenida en el mismo presidio meses más tarde, y se apoyó en la carta para ensalzar el temible poderío del aislamiento. La misma historia servía así a dos tesis contrapuestas: la muerte no prevenía todos los crímenes, y la celda infundía el pavor suficiente para erigirse en mejor amenaza.
Cellier ya no podía responder a semejante uso de su miedo. Lauriat y Garnier tampoco podían recobrar su lugar en un relato dominado por los últimos ademanes de su ejecutor. Conviene, empero, volver a ellos para cerrar la causa: antes de la sonrisa advertida en una plaza de Riom, habían mediado una promesa de no golpear, un carcelero que avanzaba por el taller y un preso que había intentado evitar su muerte.
