En Bury Street, la vigilancia dio comienzo antes de que los ladrones hubiesen cruzado el umbral. Un confidente avisó al agente Reid de que una banda preparaba el asalto a la casa de la señora Martin, en el número 4 de St James’s. La crónica publicada por Pelham en 1887 achaca a la criada, Mary Wakelin, las informaciones que habían facilitado la empresa; conviene, no obstante, guardarse de hacer propio el juicio desdeñoso con el que el antiguo narrador despacha su conducta. Lo que nos transmite es una relación retrospectiva, no las actas literales del tribunal.
A tenor del inicio del capítulo, John Clayton había trabado conocimiento con Mary en la taberna a la que la muchacha acudía a buscar la cerveza de su ama. Se hacía pasar por fabricante de baúles, decía morar en Oxford Street y sabía que la señora Martin se ausentaba con frecuencia por las noches. A fuerza de visitas, consiguió que le concertara una cita en la cocina, durante una función teatral. Pelham presenta esta supuesta inclinación como el cauce por el cual Clayton averiguó las costumbres de la casa. En esta versión inicial, el primer encuentro tiene por escenario la taberna.
La declaración de Mary en Old Bailey ofrece un principio bien distinto. Afirmó haber conocido a Clayton unos ocho o diez días antes del 1 de enero, cuando este acudió al domicilio y ella le abrió la puerta. Se presentó con el nombre de Wilson y dijo ser portador de una carta para la señora Martin, nombre bajo el cual se conocía a su ama. Una o dos noches más tarde, el sujeto arrojó diversos objetos al patio inglés; la señora Martin mandó a Mary a hacer un recado y Clayton, a quien volvió a encontrar, la convidó a beber. Tras las insistencias de él, salieron juntos. Mary volvió a verlo luego en la calle y, a partir de entonces, con frecuencia; aseguró no haber conocido a Jenkins hasta la misma noche del 1 de enero. Así pues, el relato preliminar y esta declaración sitúan el primer encuentro en marcos divergentes. Nada autoriza a fundirlos en una sola y misma escena.
El delator, al que el texto designa con el vocablo de argot «nose», no se halla identificado. Reid formaba parte de la cuadrilla de patrulla de Perry. Los guardias obtuvieron permiso para apostarse en una habitación frente a la vivienda de la señora Martin, desde donde podían vigilar la puerta. Allí volvieron noche tras noche, mientras Clayton procuraba entrar y el ama, indispuesta, permanecía en su alcoba. Pelham refiere que, en una primera cita fijada para el lunes, se presentaron cuatro hombres y dos mujeres; Clayton se apartó de ellos y llamó a la puerta. La presencia de la señora Martin malogró la tentativa. Se concertó una nueva cita, pero los agentes solo presenciaron al principio cómo los dos jóvenes compartían una ginebra para luego separarse.
El miércoles en que la señora Martin marchó por fin al teatro acompañada por dos amigos, Mary se ausentó unos minutos y regresó del brazo de Clayton. Conversaron ante el portal antes de franquearlo. Un cuarto de hora después, Clayton volvió a salir para reaparecer unos cinco minutos más tarde en compañía de otro individuo. Mary abrió a su regreso. Pareció denegar el paso al acompañante; Clayton forzó la entrada y el hombre se precipitó al interior de la casa. Los guardias, que ya montaban guardia, no tardaron en oír las tres voces alzándose en la cocina.
A través del ojo de una cerradura y entre el estrépito de la casa, creyeron colegir que los dos maleantes arrastraban a Mary escaleras arriba contra su voluntad. La criada gritaba: «¡Señor, ten piedad de mí! ¿Qué he de hacer?». Uno de los asaltantes la conminó a callar amenazándola con saltarle la tapa de los sesos si seguía chillando, al tiempo que le encañonaba la cabeza con una pistola. Los guardias escucharon cómo se reventaban varias puertas. Poco después, uno de los intrusos bajó en busca del atizador de la cocina; otras cerraduras cedieron a su vez.
El texto refiere que, al apagarse los alaridos de Mary, los agentes temieron por su vida y se dispusieron a derribar la puerta de la calle con una palanqueta. Fue entonces cuando la muchacha exclamó que era su ama, dio un brusco tirón, logró zafarse y bajó las escaleras a la carrera, perseguida por los ladrones. Alcanzaron el pasillo en el preciso instante en que irrumpían los constables. La crónica no aclara a quién aludía semejante exclamación ni qué creyó ver Mary; se limita a dar cuenta del movimiento con el que se liberó y de la simultánea aparición de los agentes.
Clayton y su cómplice pretendieron salir con ademán desentendido, como si nada hubiese acontecido. Perry y Reid se abalanzaron sobre ellos. Ambos ofrecieron una resistencia feroz, según describe Pelham, hasta ser finalmente reducidos. El individuo apresado junto a Clayton fue identificado durante el proceso como William Jenkins; la relación no arroja luz sobre el destino de los sujetos que se habían acercado en días previos ni demuestra que los cuatro hombres y las dos mujeres divisados en la primera cita tomaran parte en el allanamiento.
El registro sacó a relucir pertenencias bien distintas. Clayton portaba una gran navaja de muelle y una moneda falsa de un dólar. En poder de Jenkins, los agentes hallaron una pistola, dos monedas adulteradas y otros efectos. En la vivienda descubrieron un acopio de bienes preparados para el expolio. Varias estancias y alacenas habían sido forzadas, y los asaltantes se disponían a descerrajar un arcón cuando se vieron sorprendidos. Los preparativos habían dejado, de este modo, huellas materiales en puertas, cerraduras y enseres descolocados; el relato en ningún momento infiere que Mary hubiera sido cómplice de la fractura. La posición de los agentes revela asimismo las limitaciones de su propio testimonio: apostados al principio en el edificio de enfrente, vigilaban a distancia; más tarde, oyeron las voces tras los muros y atisbaron por el ojo de la cerradura. No dan cuenta, por tanto, de una escena presenciada de un solo vistazo, sino de una sucesión de indicios, ruidos e intervenciones, cuyas costuras recompone el capítulo sin brindarnos las actas de los interrogatorios.
En el juicio de Old Bailey, que Pelham sitúa el 15 de enero sin reiterar el año en esa frase, Mary Wakelin compareció como testigo. Refirió el episodio del hombre presentado bajo el apelativo de Wilson, la supuesta misiva, los encuentros y las bebidas. Declaró no haber visto a Jenkins hasta la noche del 1 de enero. Su declaración pormenoriza los contactos previos al asalto y delimita su conocimiento de Jenkins; no basta por sí sola para corroborar todos los detalles de la vigilancia que Pelham prodiga en su introducción. La relación no reproduce el interrogatorio íntegro, ni los alegatos, ni las cuestiones sometidas al jurado.
El tribunal declaró a Clayton y a Jenkins culpables; ambos fueron sentenciados a la pena capital. Pelham señala que la sentencia se ejecutó ante la puerta de los deudores de Newgate el 19 de febrero de 1812, a la hora y con las formalidades de costumbre. Clayton contaba veintiocho años; Jenkins, treinta y cinco. La fecha del allanamiento —el 1 de enero— y la del proceso —el 15 de enero— no consignan aquí el año de forma expresa. Es la ejecución de febrero de 1812 la que permite deducir que la causa atañe a comienzos de dicho año; deducción que no debe confundirse con una fecha de audiencia corroborada en un legajo independiente.
El último párrafo atribuye a Clayton, una vez liberado de sus grilletes, unas palabras dirigidas a Jenkins: habría calificado el trance de pavoroso, exhortándole a morir con entereza, reconociendo la justicia del castigo y haciendo votos para que su escarmiento apartase a otros hombres de las malas compañías. Semejante arenga procede, asimismo, de la compilación retrospectiva. La puerta de Bury Street se había franqueado bajo la intimidación, antes de que los guardias irrumpieran impidiendo el despojo de los enseres; lo que el capítulo retiene con mayor fijeza es la captura de dos hombres y el subsiguiente veredicto, mientras que el primer encuentro y diversos momentos del allanamiento continúan narrándose con arreglo a versiones divergentes.
