El 6 de octubre de 1828, Edward Barnett fue conducido de regreso a Monmouth tras haber sido arrestado en Liverpool. Fuller, el oficial que lo había aprehendido, lo llevó ante los magistrados. El joven aparentaba unos veintitrés años de edad. Vestía aún el pantalón y el chaleco que se presumía llevaba puestos el día del crimen; sus zapatos, según consigna Pelham, los había obtenido mendigando en un peaje cercano a Irenchester. El relato describe asimismo su viejo sombrero, su chaleco de terciopelo amarillo mancillado y las mangas sucias de su camisa; carecía de abrigo. La compilación sitúa su detención en Liverpool, mas apenas se detiene en los pormenores del juicio posterior.
El domingo 28 de septiembre, la puerta de la vivienda de Esther Stevens fue hallada abierta de par en par. Varias personas subieron a la planta superior y descubrieron su cadáver tendido en el suelo de la alcoba. Pelham señala que se la conocía por el sobrenombre de «Hall of the Kymin», apelativo tomado de las colinas próximas a Monmouth donde había nacido. Su marido, un barquero a quien sus faenas alejaban con frecuencia del hogar, fue el primer sospechoso; no obstante, las pesquisas determinaron con presteza que no había pernoctado en la casa aquella noche. Su vecino Pearce declaró que durante la madrugada se habían escuchado pasos y gritos. Puesto que las disputas conyugales eran habituales, no había considerado oportuno alertar a las autoridades.
En la habitación, una profunda incisión en la garganta revelaba la causa inmediata del deceso. Un cuchillo de mesa manchado de sangre yacía junto al cuerpo; la hoja, según apunta Pelham, parecía haber sido tomada del cajón abierto de una mesa. Huellas dactilares ensangrentadas señalaban la barandilla de la escalera; la cofia y los pendientes de la víctima habían caído en las inmediaciones. Barnett se había esfumado. En la estancia se encontró su morral de municiones, el cual contenía treinta libras en billetes, oro y plata, además de su chaqueta de caza y sus botas. Una tetera llena aún se calentaba sobre el fuego; los utensilios de la comida estaban dispuestos. Pelham conjetura que Esther se había levantado para preparar la estancia inferior y que Barnett, creyéndola de vuelta tras una ausencia, la había acometido. Semejante reconstrucción no deja de ser una hipótesis del compilador.
Antes del homicidio, Barnett había abandonado la casa materna con el propósito de persuadir a Esther de que regresase a Monmouth. La mujer había pasado la noche en los bosques de Kymin; a la mañana siguiente, se le vio despedirse de ella en el linde de la espesura. Al regresar a su morada, extrajo de su bolsillo una pistola cargada. En una misiva remitida a William Davis, Esther había escrito que un acontecimiento terrible estaba a punto de suceder. Pelham vincula estos indicios y presume que Barnett la había amenazado si regresaba junto a Davis, con quien había convivido bajo un nombre supuesto. El móvil de los celos que plantea el autor constituye una interpretación del cronista, no una declaración formalmente registrada.
El sábado, Barnett recibió una carta de Esther en la que le rogaba encontrarse con él. Salió de su casa y no volvió. Llevaba consigo la bolsa con las treinta libras y vestía, según los testigos, una chaqueta de caza y botas acordonadas. Al día siguiente, estos mismos efectos fueron hallados en la alcoba del crimen.
Las partidas de búsqueda se desplegaron por los alrededores de Monmouth. Se vio a Barnett vadear el río Wye desprovisto de abrigo, sombrero y botas. Partieron emisarios en diversas direcciones. Los rastros de sangre permanecían en la vivienda; la crónica omite qué pistas guiaron a Fuller hasta Liverpool. La persecución se resume en escasas líneas; su desenlace situó al fugitivo ante los magistrados el 6 de octubre.
Con anterioridad a esta comparecencia, la investigación del juez de instrucción había congregado a treinta y tres individuos dispuestos a prestar fianza para comparecer ante las cortes de distrito. Sobre la mesa procesal se hallaban las ropas ensangrentadas de Esther, el cuchillo y las prendas y el dinero atribuidos a Barnett. La madre del reo se vio compelida a firmar su deposición y a comprometerse a testificar contra su propio hijo; Pelham evoca su mano vacilante al estampar su marca. El esposo de Esther y el padre de la víctima se encontraban igualmente presentes. Tales son los allegados a quienes la compilación sitúa en la sala, si bien no ha preservado sus declaraciones literales sobre dicho trance.
El jurado del juez de instrucción emitió un veredicto de homicidio voluntario contra Edward Barnett. El 6 de octubre, mientras se daba lectura a los testimonios en su presencia, permaneció erguido y atento, con la mirada fija en el escribano municipal. El magistrado instructor le indicó que le asistía el derecho de solicitar careos o formular preguntas; el secretario le advirtió de que no profiriese nada que pudiera incriminarle. Pelham refiere que Barnett exhaló un suspiro cuando el alguacil exhibió sus ropas, mas no manifestó turbación visible alguna ante el cuchillo. Interrogado sobre si deseaba manifestar alguna observación, guardó silencio en un primer momento; tras reiterársele la pregunta, pronunció tan solo un escueto «no». Acto seguido tomó asiento, al parecer extenuado; Pelham sugiere que el bochorno de la atestada sala bien pudo justificarlo. El cronista anota asimismo una leve crispación en sus labios y un suspiro durante la lectura de la declaración del marido.
La compilación asevera que el acusado formuló a Fuller una confesión genérica de su culpa en el instante de su detención, sin transcribir sus términos literales. En la vista ante el magistrado instructor, sus ropas no presentaban vestigio alguno de sangre, a decir de Pelham. El cronista describe sus cabellos de un bermejo claro, su tez que enrojecía por llamaradas y su compostura erguida; añade que sonrió en alguna ocasión y que su serenidad no pasó inadvertida. Estos rasgos, semejantes a su mutismo, no son más que impresiones de testigos consignadas por Pelham que nada prueban en rigor sobre la acusación formulada. Tras la lectura de los autos, se expidió el mandamiento de prisión preventiva y un coche de posta lo condujo a presidio, a la espera de las cortes de distrito.
Barnett aguardó entre rejas la apertura de las sesiones de la primavera siguiente. Pelham despacha entonces lo sustancial en una sola frase: las pruebas resultaron tan concluyentes que el jurado no halló otra alternativa que declararlo culpable. La pena capital fue impuesta de inmediato. El texto no pormenoriza los testimonios sustanciados en el juicio, ni las alegaciones de la defensa, ni la deliberación del jurado; tampoco aporta la transcripción de la referida confesión. Es preciso, por consiguiente, atenerse al desenlace transmitido, absteniéndose de fabular un debate procesal que los documentos originales no han preservado.
El jueves 9 de abril de 1829, Edward Barnett fue ajusticiado. Pelham asegura que conservó hasta el último instante su entereza y aplomo, subiendo al cadalso sin vacilación alguna. Este retrato final emana del mismo narrador que articuló las sospechas e indicios en torno a la alcoba de Esther. La crónica no dilucida por qué una mujer se vio envuelta en enconadas rivalidades que solo nos son dadas a conocer mediante la voz de los varones que hablaban de ella; entrega, en su lugar, meros objetos —una carta, una bolsa, un cuchillo— y el curso de un procedimiento judicial cuyos debates postreros se han perdido.
El expediente de Monmouth concluye de este modo con una condena y un patíbulo, pero no con una vista judicial cabalmente reconstruida. Unos curiosos franquean una puerta abandonada; un vecino relata unos alaridos que oyó sin mover un dedo; una madre rubrica una acusación contra las carnes de su vientre; finalmente, jueces y jurados pronuncian su fallo. La compilación decimonónica de 1891 nos transmite estas etapas dándoles la forma de un drama concluido. En modo alguno sustituye las actas del tribunal, ausentes de sus páginas. Lo único que nos es dado seguir, sin rebasar tal frontera documental, es el modo en que un puñado de objetos y declaraciones registradas condujeron el brazo de la justicia desde la alcoba de Monmouth hasta el pie de la horca.
