El lunes 2 de marzo de 1829, la señora Dyott regresó a la modesta vivienda de Prospect-row, en Portsmouth, donde solía ayudar a Christian Joliffe en el cuidado del señor Langtrey. La víspera, poco después de las seis de la tarde, se había presentado como de costumbre para colaborar en la preparación del lecho del anciano; nadie acudió a abrirle. Tras llamar con insistencia, se retiró bajo la impresión de que los moradores dormían. Al día siguiente, el mismo silencio la detuvo ante la puerta. Se requirió la presencia de un vecino y forzaron el acceso posterior.
Pelham sitúa luego a Joliffe, gobernanta sexagenaria, en la estancia de la planta baja; en el piso superior yacía Langtrey, un anciano al borde de los ochenta años y tan impedido que apenas podía abandonar su aposento. Cerca de la mujer se hallaron un martillo de techador perteneciente al anciano y varios fragmentos de un palo de escoba. Conforme a esta relación, ambas estancias ostentaban las marcas evidentes de una lucha encarnizada y golpes repetidos. En la habitación de Langtrey, gavetas y arcones habían sido forzados; papeles, ropas y caudales yacían dispersos en desorden. Una bolsa que al parecer contenía seiscientas libras había desaparecido.
Langtrey, antiguo fabricante de ladrillos, había amasado una considerable fortuna y gozaba de la reputación de custodiar en su domicilio abundantes billetes y oro. El móvil del robo se impuso desde el primer momento a los pesquisas, pero la autoría permanecía sumida en el misterio. Se solicitó auxilio a la policía de Londres para intervenir en Portsmouth. Durante varias jornadas, según refiere Pelham, el joven Stacey prosiguió con su labor habitual de aprendiz de barbero. Conocía a Langtrey, a quien afeitaba cuando el decaimiento de la edad impedía al anciano hacerlo por su cuenta; conocía igualmente la intimidad y costumbres de una casa donde Joliffe constituía casi la única compañía del enfermo.
Pronto, sin embargo, su actitud cobró un relieve sospechoso a ojos de los investigadores. Un viernes alegó dolores en una mano y solicitó permiso para ausentarse del trabajo; el lunes siguiente se le vio desembolsar dinero con insólita holgura, no obstante percibir un mísero jornal de dos chelines y seis peniques por semana. Partió de Portsmouth en un coche de alquiler, en compañía de dos mujeres, para disfrutar de lo que calificó de escapada festiva. No lejos del escenario del crimen, entre la vivienda de las víctimas y el domicilio de su progenitor, se había localizado un cuchillo cubierto de sangre y cabellos, de factura idéntica a una pieza que se le conocía en propiedad. El arma empleada para degollar a Joliffe no había aparecido dentro de la casa.
Tales indicios no bastaban por sí solos para armar una acusación cabal. Fue la declaración de Connamore, su compañero de aprendizaje y cuñado del maestro de ambos, la que fijó la hora precisa y el móvil de la tarde del domingo 1 de marzo. Aquel día, ambos jóvenes salieron juntos del taller magistral con dirección a la casa del padre de Stacey. El muchacho llevaba consigo un volumen titulado The Book of Martyrs, asegurando que estaba destinado al señor Langtrey. Con anterioridad había instado a Connamore a adelantarle el dinero preciso para costear el ejemplar, sosteniendo que el anciano se lo había encargado expresamente.
Hacia las seis menos veinte de la tarde, Stacey partió solo con el libro. No regresó sino al filo de las ocho. Connamore le franqueó el paso; el joven cruzó con presteza a su lado y subió las escaleras llamando en voz alta a su padre. Este acudió a su encuentro y ambos se enfrascaron en una prolongada conversación secreta. La madrastra de Stacey se sumó a ellos poco después. Connamore percibió entonces un trajín acuoso que le sugirió el lavado urgente de ropas en una cuba. Al poco rato, el padre lo envió a comprar pan y queso a un despacho distante. Al retornar del recado, el aprendiz vio a Stacey sentado junto a la chimenea sin camisa, mientras la madrastra ponía la prenda a secar y la repasaba con la plancha. Más tarde, de camino a casa, Stacey le confió que se había trenzado en una riña y que sus ropas habían quedado manchadas de sangre; Connamore reparó en su abrigo en una mácula tan extensa que, según afirmó, habría demandado rasparla a punta de navaja.
El tratado piadoso fue hallado en las inmediaciones del cuchillo ensangrentado. Otro testigo aseveró haber visto a Stacey franquear las verjas de la mansión de Langtrey en la noche del homicidio. Los pesquisidores descubrieron asimismo que un guante abandonado en la escena del crimen correspondía a un par obsequiado al muchacho por un caballero linajudo, y que el joven los llevaba puestos aquella jornada. Los objetos materiales, el registro horario desgranado por Connamore y la sospechosa premura de la familia se cerraban inexorablemente sobre el vacío horario del aprendiz.
Fue aprehendido en Porchester, guarecido en una casa en compañía de las mujeres que secundaban su fuga. Al divisar a los alguaciles, prorrumpió en una exclamación: «¡I am done!» («¡Estoy perdido!»), tentando esconderse en un pajar cercano. Conducido de vuelta a Portsmouth, compareció a interrogatorio judicial. Su padre corrió idéntica suerte de encierro; Pelham consigned que se le imputaba el cargo menor de encubrimiento y auxilio a su vástago.
Durante los primeros compases de su cautiverio, el compilador consigna que el joven dio escasas muestras de compunción. No obstante, tras la visita de sus tres hermanas, habría confiado su culpabilidad a un compañero de encierro, desgranándole con frialdad los pormenores del suceso. En esta confesión referida, aseguraba haber pretendido estrangular a Joliffe antes de apalearla con un candelero y con el cabo de la escoba rota; después habría ascendido para exigirle el caudal a Langtrey, quien intentó defenderse esgrimiendo su bastón. Stacey afirmaba haberlo arrojado al suelo para rematarlo a golpes de martillo. Al bajar y advertir un movimiento en Joliffe, la atacó de nuevo hasta seccionarle el cuello. Un ruido imprevisto a la entrada interrumpió su pillaje; tras ello procedió a desvalijar la vivienda, no sin antes degollar al anciano moribundo antes de asir el talego, con la sola intención de evitar su mirada. La crudeza de tales precisiones procede estrictamente de la confesión transcrita por Pelham, sin que deba equipararse con la inspección ocular independiente de la justicia.
Aquel mismo día, el padre formuló a su vez una declaración formal y reveló el escondrijo donde yacía la bolsa: sepultada bajo un trozo de césped cuidadosamente recortado. Se recuperó la práctica totalidad del botín, salvo unas treinta libras que el joven Stacey había dilapidado en un reloj de faltriquera, dijes y prendas de vestir. El despojo patrimonial no llegó a consumarse por entero; a su paso, no obstante, dejaba dos cadáveres y una estirpe encadenada a la infamia criminal.
La vista oral contra ambos encausados se celebró en Winchester ante el juez Burrough, conforme refiere la crónica. Pelham data la audiencia el jueves 30 de agosto de 1829, situando la ejecución el lunes 2 de septiembre de ese mismo año. Tales días de la semana no coinciden con las fechas numéricas señaladas; a falta de autos judiciales coetáneos que corrijan el asiento, procede mantener la cronología propia de la compilación sin enmendar el calendario por mera conjetura. La relación asienta el veredicto de culpabilidad para ambos acusados: el joven Stacey fue sentenciado a la pena capital en la horca; su progenitor, condenado a la deportación de por vida en calidad de cómplice encubridor.
El ajusticiamiento tuvo lugar, consigna Pelham, frente a la prisión de Winchester, coincidiendo con la concurrida feria de Magdalen Hill, ante una muchedumbre expectante. Stacey rehusó las oraciones del capellán penitenciario, a quien había despedido con desdén la víspera. Al pie del patíbulo pregonó que un segundo hombre había tomado parte material en los homicidios; el cronista añade que el sospechoso demostró posteriormente su absoluta inocencia. Aquellas postreras palabras no modificaron ni el fallo ni el suplicio, pero atestiguan cómo la memoria de un crimen sobrevive a sus protagonistas dejando tras de sí una imputación postrera, cuyo autor mencionado ni siquiera es revelado al lector.
Así concluye la relación legada por Pelham: un bolso recobrado, el caudal casi íntegro devuelto a su destino, un padre desterrado a perpetuidad y un hijo colgado del cadalso. Entre estos hechos se interponen una puerta que nadie abrió, la delación de un compañero de oficio y confesiones recogidas por labios ajenos. La crónica queda sellada por la sentencia judicial; los días impresos en el papel, empero, persisten en su discordancia, testimonio de que ni siquiera el relato más categórico en sus conclusiones logra a veces asentar con fijeza cada uno de sus hitos.
