El miércoles por la mañana, se pidió a un joven que saltara el muro del jardín de los Franks. Una vecina deseaba saber si se había alimentado al cerdo. El muchacho obedeció, se asomó a la porqueriza y retrocedió despavorido ante lo que allí descubrió: la señora Franks, en paradero desconocido desde hacía dos días, yacía sin vida. Su grito de espanto alertó al molinero Dudgeon y a varios vecinos; estos acudieron presurosos a la vivienda, donde hallaron a Magdalene, la hija de la viuda. De este modo, refiere Camden Pelham, el silencio de un hogar que nadie creía desierto vino a quebrarse por una comprobación doméstica, desprovista de todo vínculo aparente con los crímenes que estaba a punto de desvelar.
El marido de la señora Franks había fallecido tres meses antes. Antiguo guardacaza de Lord Elcho, había abandonado el servicio cuando la edad le impidió desempeñar sus quehaceres; el noble, apunta Pelham, le había asegurado entonces un modesto sustento. Quedadas en la soledad, la viuda, de unos cincuenta años de edad, y Magdalene, de quince, habitaban una casa próxima a la pequeña aldea de Abbey, en East Lothian. La relación la sitúa a un centenar de yardas del poblado, resguardada tras un muro de jardín de más de seis pies de elevación. Los lugareños, acostumbrados a tratar con aquella familia y a ver su puerta siempre abierta, no habían interpretado su ausencia como indicio alguno de peligro.
El domingo 25 de octubre de 1829, madre e hija acudieron a la capilla del reverendo Hogg, conforme a su costumbre. Pelham sitúa los homicidios en esa misma noche. Relata que un hombre trancó primero la puerta del jardín y pretendió después entrar por una ventana cuyos postigos opusieron resistencia. Una segunda ventana cedió tras quebrarse varios de sus cristales. El intruso cruzó la estancia, un pasadizo y la cocina antes de alcanzar la alcoba de ambas mujeres. En la versión que ofrece el capítulo, Magdalene fue atacada en primer lugar; su madre, al intentar ganar la aldea por la puerta del jardín, fue atajada allí y luego asesinada. El testimonio es el de un compilador que escribe sesenta años después de los acontecimientos, no el de un testigo presencial identificado.
Perpetrados los asesinatos, y siempre según Pelham, el sujeto revolvió los cajones y escondrijos de la morada. Arrancó el yeso en torno a un ventanuco situado bajo la techumbre; el compilador presume que buscaba dinero oculto. La crónica asevera que a la señora Franks le fueron arrancados los pendientes, que de sus dedos se extrajeron tres sortijas de oro y que un reloj de plata desapareció. No ofrece, en cambio, cómputo alguno de las sumas sustraídas o recuperadas. Estos objetos forman parte de la narración de Pelham; mas no suplen las declaraciones juradas que no figuran en esta fuente documental.
El lunes y el martes nadie vio a la señora Franks ni a su hija. Dicha ausencia no inquietó al vecindario, convencido de que visitaban a la hermana de la viuda en North Berwick. Este lazo de parentesco no tardó en dirigir las sospechas hacia Robert Emond, precisamente el esposo de dicha hermana. Este había residido en North Berwick; Pelham consigna que manifestaba profunda aversión hacia su cuñada y la había conminado con tomar represalias, haciéndola responsable de las disensiones de su matrimonio. Tales son los móviles que retiene el compilador para fundamentar los recelos de la justicia. La fuente no reproduce las pesquisas íntegras ni los interrogatorios que habrían permitido calibrar su verdadero peso.
Emond fue arrestado a los pocos días del macabro hallazgo. En Liverpool, a decir de Pelham, formuló ante el oficial Fuller una confesión genérica de su culpabilidad que la compilación omite transcribir. Hubo que aguardar, no obstante, al 8 de febrero de 1830 para que compareciera ante el Alto Tribunal de Justicia de Edimburgo. Pelham asegura que fue declarado culpable y condenado a morir en el patíbulo el 17 de marzo. Su capítulo no pormenoriza el desarrollo de la vista oral, silencia los nombres de los testigos oídos y no distingue las diversas pruebas aportadas ante el jurado. Es menester, por ende, deslindar lo que esta relación asevera —una condena por sendos asesinatos— de lo que no permite reconstruir: la demostración judicial, con sus fases procesales y sus contradicciones.
Apenas concluido el juicio, según este mismo relato, Emond confesó haber perpetrado los crímenes que se le imputaban. Pelham no proporciona transcripción alguna de tales declaraciones. Prefiere resumir la actitud que atribuye al reo: Emond habría presentado la muerte de la señora Franks como un acto justificado por la conducta previa de la difunta, mientras que el fin de Magdalene habría despertado en su pecho el más acerbo remordimiento y la desesperación. El compilador añade que exclamó entonces que la sangre inocente clamaba venganza. Semejante fórmula no puede suplir las actas procesales ni una declaración fielmente cotejada; pertenece, por entero, al relato retrospectivo que estructura el caso.
Al aproximarse la fecha de la ejecución, Pelham se detiene en una visita que la esposa de Emond le dispensó por vez primera durante su cautiverio. Al principio, la mujer permaneció en el umbral del calabozo. Su marido le rogó que se acercase y le estrechara la mano; ella vaciló, mas cedió al cabo ante los ruegos del capellán. Cuando él pretendió asegurarle que siempre la había amado, ella le replicó con frialdad que su comportamiento jamás lo había demostrado. La crónica cuenta que la plática derivó muy pronto en mutuos reproches y que se juzgó oportuno ponerle fin con presteza.
La presencia de la señora Cron, que acompañaba a la esposa, desató un nuevo arrebato de cólera. Emond la acusó de haber atizado las disputas de su matrimonio y declaró que de buen grado la habría visto a ella en el lugar de Magdalene. Llegó incluso a amenazar, conforme a los vocablos que transcribe Pelham, con vengarse de ella si recobraba la libertad. Tal conminación revela menos una explicación plausible que un extravío del rencor: la muchacha, a quien la narración presenta como ajena a las querellas de los adultos, resulta así mencionada en los labios de un sentenciado que persiste en buscar culpables a su alrededor. Conviene, con todo, mantener esta escena en sus justos términos: es una conversación transmitida por una obra compilada, no un acta oficial de prisiones. El viernes previo al suplicio, la señora Cron acompañaba a la esposa en su primera visita; el documento sitúa, pues, dicha amenaza en el marco de esa misma despedida colmada de recelos, y no en el curso de una indagatoria o de una confesión judicial formal.
El 17 de marzo, Emond fue conducido al cadalso de Libberton’s Wynd. Pelham describe una multitud congregada desde Edimburgo y los contornos; el reverendo Porteous compareció hacia las seis de la mañana y ofició las preces de rigor, tras lo cual se dispuso al reo para la ejecución hacia las siete. Su hermano se reunió con él junto al ministro y tomó parte en las oraciones. Pelham refiere que se mantuvo firme y sereno, si bien mudó de semblante en varias ocasiones cuando el verdugo dio comienzo a su faena. El relato concluye con el traslado de su cadáver al colegio de cirugía para ser sometido a disección pública. Este postrer destino, que prolongaba el castigo más allá de la muerte, evoca la severidad de una pena cuyo juicio apenas ocupa unas pocas líneas en las páginas de la compilación.
Resta, pues, una causa narrada a través de su desenlace, pero muda en lo tocante a la mecánica de la prueba: dos mujeres ultimadas en una vivienda que jamás se cerraba a los convecinos; el marido de la hermana de la viuda, inculpado al socaire de rencillas domésticas; un veredicto de culpabilidad y, ulteriormente, una confesión resumida antes que transcrita. La relación de Pelham echa el cierre al expediente al pie mismo del patíbulo, hurtándonos los debates forenses que hasta allí condujeron. Semejante limitación no aminora el alcance de los hechos que nos transmite; únicamente previene de no confundir la voz del compilador con las palabras atribuidas al reo ni con lo que las piezas de convicción judiciales habrían podido acreditar.
