Al amanecer del 29 de marzo de 1883, el mozo de cuadra de Georg von Majláth acudió a prevenir al viejo ayuda de cámara de que una corriente de aire recorría las habitaciones. La balconera del gabinete, que debía permanecer cerrada, parecía entreabierta. Poco después, regresó a la carrera: el amo yacía en el suelo, en su dormitorio. Cuando la policía penetró en el palacio de la Paradeplatz, halló al presidente del más alto tribunal húngaro maniatado, amordazado y sin vida. Por toda vestimenta solo llevaba la camisa de dormir y los pantalones.
La alarma, dada en un principio por una simple ventana abierta, devino escenario de un crimen. Las muñecas y los tobillos de Majláth estaban apretados por una cuerda que subía hasta el cuello. Un lienzo retorcido había sido introducido a la fuerza en su boca. El médico certificó la rigidez cadavérica y calculó que el fallecimiento se remontaba a varias horas atrás. En el cuerpo, arañazos y un profundo corte en la palma derecha atestiguaban una lucha. El dormitorio, sin embargo, apenas mostraba signos de desorden: la cama no estaba deshecha y la lámpara aún ardía sobre la mesilla de noche.
Majláth no era únicamente un hacendado opulento. Presidía la Corte Suprema y la cámara alta del Parlamento húngaro, y su muerte conmocionó tanto a la administración como a su propia estirpe. Semejante rango pesó sobre las pesquisas antes siquiera de que se señalara a un sospechoso. La prensa y el vulgo insinuaron venganzas familiares, antiguos criados e intereses pecuniarios. El cronista no tardó en juzgar el robo como el móvil más verosímil; deducción que en modo alguno suplía las pruebas que restaba acopiar.
Los primeros pesquisidores siguieron el itinerario que parecían haber recorrido los intrusos. Desde el gabinete se accedía al balcón por una puerta acristalada; una barra de hierro fijada a la balaustrada y una soga de nudos habían servido para descender a la calle. En el exterior se recogió un guante negro manchado de sangre y un cuchillo nuevo cuya hoja presentaba asimismo vestigios encarnados. Los efectos sustraídos confirmaban el móvil más elemental: un reloj de oro, una bolsa con unos 1500 florines, dos sortijas, monedas y cigarros se habían desvanecido. Los ladrones habían intentado forzar la caja fuerte sin lograrlo; otra suma, guardada en el cajón contiguo, había escapado a sus pesquisas.
El palacio distaba de ser un recinto desconocido para los autores del delito. La familia de Majláth se encontraba en Viena. El criado Berecz conocía las llaves, las costumbres nocturnas del amo y el aposento de los caudales y la caja de caudales. Uno de los cuartos vecinos pertenecía al secretario, quien habría podido escuchar el forcejeo de haberse acostado más temprano. Sin embargo, retenido por el trabajo hasta las dos de la madrugada, nada oyó. A ojos de la justicia, el silencio de la mansión se explicaba tanto por las circunstancias como por el concurso del sirviente.
Berecz fue el primer detenido. Negó cuanto se le imputaba, pero el relato de su mañana no tardó en resquebrajarse. Había afirmado al otro criado que la puerta del balcón estaba abierta; la corriente de aire procedía, en rigor, de un cristal fracturado. La balconera había sido atrancada por dentro tras la huida. Las llaves obraban en su poder. Asimismo, antes del crimen, se le había visto departir en voz baja con un individuo que observaba el balcón palaciego. Las pertenencias del juez habían desaparecido sin que los asaltantes se llevaran el dinero arrumbado junto a las llaves de la caja: conocían la casa, mas el apremio les había hecho desatender objetos de más valor que los hurtados.
Dos antiguos dependientes de la servidumbre, Paul Spanga y Michael Pitely, fueron puestos en busca y captura. En el aposento de Spanga, la policía descubrió el guante emparejado con el recogido ante el palacio. El retrato del sujeto fue grabado y difundido; se prometió una recompensa. Dio comienzo entonces una persecución que casi trocó en delirio colectivo. Hombres rubios, de corta estatura o con cicatrices visibles eran apresados por el mero hecho de guardar un vago parecido con Spanga. El prófugo, entretanto, empleaba un nombre fingido, frecuentaba figones, fondas y casas de recreo, y había abandonado Budapest con una herida en la mano.
La pista condujo hasta Viena. Un conserje reconoció a Spanga mediante una fotografía bajo la identidad de Michael Szabó, comerciante de Zenta. Se había alojado en la hostería del Carnero de Oro, si bien pernoctaba en otro sitio, y había dejado allí una valija. El equipaje contenía camisas marcadas con sus iniciales, guantes y un sombrero húngaro. Luego el fugitivo reanudó la marcha. El 12 de abril, un despacho de Presburgo anunció su captura tras un combate a mano armada cerca de unos baños públicos. Herido de bala, Spanga fue trasladado al hospital. La cacería concluía; podían comenzar los interrogatorios.
Durante su declaración judicial, Spanga negó al principio toda intervención. Alegó haber pasado la noche del homicidio en el teatro, en un café y jugando a los naipes. Atribuyó sus lesiones a una caída casual y la mancha del guante al corte de un dedo. Los magistrados le rebatieron señalando que él mismo había arrojado su agua de tocador la mañana del suceso, le opusieron el guante ensangrentado y el antiguo trato con Berecz. El 18 de mayo confesó por fin haber participado en la muerte junto a Berecz y Pitely. Este último no tardó en claudicar. Berecz, pese a los llantos y a las contradicciones evidenciadas por el juez instructor, se retractó de una confesión inicial y persistió en proclamar su inocencia.
La vista oral de Budapest dio comienzo en octubre. La versión de Spanga situaba a Berecz como cerebro de la trama: el criado habría elegido la ocasión propicia, franqueado las puertas del palacio y repartido los cometidos. Les había ordenado, según refirió, atar a Majláth, amordazarlo y despojarlo de la bolsa y las llaves; incluso les habría advertido de que no debían darle muerte si podía evitarse. Ya en el aposento, Spanga le habría exigido dinero al magistrado. Majláth despertó, arrebató el cuchillo y opuso resistencia. Pitely, según Spanga, lo derribó; le embutieron el lienzo en la boca, le trabaron las piernas y le ciñeron la soga a la garganta. Quien tenía el encargo de vigilar los accesos había facilitado de tal suerte el trance que costó la vida a su señor.
Pitely ofreció un testimonio más exiguo. Admitió que Berecz les había hablado del caudal y les había abierto el paso, pero sostuvo que Spanga trabó la lucha a solas y sofocó a Majláth antes de que él mismo acudiera a ligarle las piernas. Berecz increpó a sus antiguos cómplices por haberlo arrastrado al abismo. El fiscal reclamó la pena capital para los tres, en concepto de autores o instigador de homicidio y robo con fuerza. Las defensas impugnaron ante todo la calificación de asesinato: los encausados, arguyeron, solo pretendían robar y reducir al propietario; el óbito sobrevino en el forcejeo, huérfano de propósito premeditado de matar. La defensa de Berecz arguyó asimismo que Spanga tenía fundado interés en atribuir al criado el papel de cabecilla.
El tribunal, no obstante, dictó sentencia de muerte para los tres reos. La apelación varió la suerte de Berecz: la corte real lo exoneró del cargo de instigación al homicidio, lo consideró únicamente cómplice de robo y homicidio, y le conmutó el suplicio por quince años de reclusión mayor. Pero el ministerio público recurrió la sentencia. La Corte Suprema restableció el fallo primigenio; el consejo de indultos denegó la clemencia y el soberano dispuso que se cumpliera la pena capital.
Al clarear el 23 de febrero de 1884, se levantaron tres horcas en el patio de la prisión. Spanga y Pitely imploraron el perdón de la familia Majláth; Berecz proclamó su inocencia hasta el último aliento e increpó con maldiciones a los jueces. Esas postreras palabras no enmendaron las resoluciones de los tribunales ni las contradicciones de los reos. Solo recordaban que, en aquella causa, la puerta del palacio se había abierto desde el interior y que la justicia se había visto forzada a dirimir entre unos hombres que, al tiempo de saldar su deuda, continuaban señalándose los unos a los otros.
