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Justicia y escándalos · Alemania

La puerta que quedó abierta

Núremberg, febrero de 1842: Luise Behold es hallada muerta en la alcoba familiar, con la garganta seccionada, mientras el arma homicida falta y la puerta de servicio permanece abierta. Médicos, sirvientes y allegados discrepan entre las hipótesis de asesinato o suicidio. El tribunal suspende la causa sin señalar a ningún autor; la crónica del Pitaval deja el misterio sin resolver.

Hacia las siete de la mañana del 18 de febrero de 1842, Barbara Forster bajó hacia la alcoba de su señora. La puerta de la sala de estar, habitualmente atrancada desde el interior con un cerrojo, cedió apenas un palmo antes de topar contra un obstáculo. En el suelo, frente al batiente, yacía Luise Behold, inmóvil, con el rostro cercado de sangre coagulada. Forster creyó en un primer instante hallarse ante un colapso repentino; ignoraba aún que la garganta había sido seccionada.

El primer facultativo convocado para examinar el cadáver fue un cirujano de la policía, a quien el mancebo de la casa había acudido a despertar. Al retirar el lienzo anudado alrededor del cuello, descubrió una profunda herida circular, de varias pulgadas de anchura. Las grandes venas cervicales y una arteria habían quedado cercenadas. El dictamen forense concluyó que la incisión había provocado una hemorragia fulminante y paralizado las vías respiratorias; ni siquiera un auxilio inmediato habría podido salvar a Luise. No se trataba, pues, de un vahído. Sin embargo, aquel hallazgo, por taxativo que resultase respecto a la causa fisiológica del óbito, no resolvía la incógnita que planearía sobre toda la instrucción judicial: ¿empuñó el filo la mano de la propia difunta o la de un extraño?

La casa de la calle Brunnen, en Núremberg, contaba con dos accesos. La entrada principal daba a la vía pública; la otra, que solía permanecer cerrada, comunicaba con un callejón angosto y conducía, a través de pasillos sombríos, a las caballerizas, al patio y a la escalera interior. Desde allí se alcanzaba la sala común y, a continuación, el dormitorio de Luise. Para un desconocido habría resultado arduo orientarse en tal penumbra; un antiguo morador, en cambio, podía conocer el trayecto al dedillo.

Luise, nacida Küster y oriunda de Erlangen, residía allí con tres hijos de seis, cuatro y dos años. Forster llevaba apenas dos semanas de servicio; el dependiente Albert Baier trabajaba en el comercio desde hacía siete años. El esposo, con frecuencia ausente por razones de negocios, se encontraba en Stuttgart desde el otoño. El texto impreso le atribuye dos nombres de pila: «Georg» al principio y «Leonhard» en la página 293; el facsímil confirma esta oscilación y, a falta de mayor constancia documental, nos limitaremos a llamarlo señor Behold.

La víspera del suceso, hacia las nueve de la noche, Luise había ordenado a Forster que se retirara a dormir antes de disponerse ella misma a acostarse. La sirvienta había entregado a su ama un paño para el cuello que cayó accidentalmente en un lebrillo de agua. Para impedir que los extremos húmedos le rozaran la piel, Luise se lo colocó alrededor del cuello a guisa de corbata. Aquella nimia precaución doméstica acabaría convertida en un indicio controvertido. Los niños dormían en la misma estancia que su madre; la criada, en el piso superior; el dependiente, en la planta baja. Ninguno de ellos afirmó haber oído forcejeo o grito alguno.

La pequeña de cuatro años fue la única que refirió un rumor, al que describió como un borboteo o un silbido. Se volvió a dormir enseguida; ni la hora exacta ni la naturaleza del sonido pudieron establecerse. Aquella manifestación infantil no permitía fechar el corte ni señalaba a sospechoso alguno.

Forster despertó a Baier y alertó al vecindario. Se despejó la puerta empujando el cuerpo hacia el diván, donde fue cubierto. Los regueros de sangre que iban de la estancia al umbral se taparon con serrín. El cirujano retiró el lienzo del cuello y dejó al descubierto la herida. La inspección ocular apreció asimismo ligeras contusiones en la cabeza y en la mejilla, sin vestigios indubitables de lucha o defensa.

Las sábanas, los aposentos, las puertas y la tarima estaban salpicados de sangre; no se constató huella alguna fuera de las habitaciones. El instrumento cortante no apareció en el dormitorio ni en ningún otro rincón de la vivienda. Las actuaciones no precisaron si faltaba alguna navaja de afeitar ni si se habían inspeccionado los ventanales. Semejantes lagunas procesales no bastaban por sí solas para acreditar una intrusión ni un suicidio premeditado.

El brazo derecho yacía alzado, con los dedos contraídos como si la mano hubiese empuñado un cuchillo. El forense juzgó dicha postura compatible con un acto suicida, aunque sin considerarla dirimente: el espasmo agónico bien pudo haber provocado idéntico efecto. La ausencia de heridas de defensa tampoco descartaba un ataque perpetrado durante el sueño.

Ni los allegados ni las gentes de la casa aportaron mayores certezas. Forster no conocía a nadie sobre quien hacer recaer la sospecha de un homicidio. No había percibido melancolía alguna en su señora; la noche anterior, Luise le había deseado las buenas noches con semblante sosegado. Baier declaró que el ama había permanecido despachando en la tienda hasta última hora y atendido a sus quehaceres habituales, sin signo manifiesto de propósito suicida. El marido, llegado de Stuttgart tras las exequias, ensalzó la entereza y la piedad de su esposa y puso en duda que hubiera atentado contra su vida; no obstante, fue incapaz de señalar a un solo enemigo plausible.

El médico de la familia formuló una interpretación divergente. A tenor de su testimonio, las finanzas del hogar atravesaban momentos difíciles; la prolongada ausencia del cónyuge y las gestiones con los acreedores habrían hecho mella en Luise, quien padecía además, según dijo, de cierta debilidad nerviosa. Consideraba factible que, en un arrebato de desesperación, se hubiese asestado ella misma el golpe fatal. Tales extremos dimanaban de su juicio subjetivo y de cuanto conocía del entorno; no constituían un diagnóstico retrospectivo indiscutible. El médico forense se atuvo a una fórmula más cauta: a falta de indicios fehacientes en sentido contrario, cabía presumir el suicidio, si bien admitía que la naturaleza de la lesión no excluía la violencia infligida por un tercero.

Sobre la mesa reposaba asimismo una carta del señor Behold, fechada el 7 de febrero en Karlsruhe. El comisario de policía creyó vislumbrar en ella una situación mercantil descalabrada; el juez de instrucción, por el contrario, juzgó su contenido impertinente para las pesquisas. La misiva no se incorporó al sumario en los términos expuestos por el cronista. De este modo, la pieza que habría podido esclarecer los apuros económicos de la familia quedó reducida a impresiones encontradas, hurtada al examen documental del lector.

Una antigua sirvienta, que había permanecido año y medio en la casa antes de dejarla a causa de su gravidez, prestó también declaración. Había llorado al marcharse y tenía previsto, según afirmó, regresar tras el alumbramiento; con todo, no recordaba el menor síntoma de abatimiento en Luise. Su apego a la familia confería peso a su testimonio, pero nada podía revelar sobre lo acaecido en la alcoba al amparo de la noche. La criada que apenas llevaba quince días en su puesto, por su parte, trataba a su señora desde hacía muy poco tiempo como para arrojar luz sobre su estado de ánimo pretérito.

Bajo el cadáver se halló un trozo de cera. Forster pensó que pertenecería a los chiquillos; otra sirvienta creyó haber visto una vela en la sala la víspera. Ni su dueño legítimo ni su cometido llegaron a determinarse.

El paño del cuello planteaba un escollo aún más espinoso. Forster recordaba haber entregado a Luise, la noche anterior, una tela que su dueña se anudó tras haberla empapado. El cirujano consideró que la prenda que retiró del cuello presentaba manchas harto exiguas para haber cubierto la herida en el instante de producirse el corte. Unos meses más tarde, una mujer encargada de amortajar cadáveres presentó una toalla ensangrentada, sin que los testigos lograsen corroborar si se trataba del lienzo de marras. Dicha toalla no exhibía tajo visible alguno; su correspondencia material permaneció en la incertidumbre.

La puerta de servicio fue hallada abierta, sin señal alguna de efracción. El antiguo cochero aseguró haber dejado su llave en poder del dependiente; una antigua criada aseveró haberla depositado en la cocina. En efecto, se localizó una llave en dicha estancia, pero la cerradura funcionaba con normalidad y nadie supo explicar de qué modo se había franqueado el paso. Se barajó la hipótesis de una segunda llave o de una ganzúa, sin que mediara prueba alguna.

Los instructores examinaron asimismo la pista de Barkel y Hofer, dos antiguos aprendices recientemente excarcelados tras una causa por hurto de platería y estafa, que se hallaban sujetos a vigilancia. Conocían la casa y las ausencias consuetudinarias del señor Behold. No fue posible averiguar dónde había pasado Barkel la noche del 17 al 18 de febrero; el gendarme situaba a Hofer en Bruck y no había hallado nada sospechoso entre sus pertenencias. El conocimiento del terreno alimentaba la sospecha, pero distaba de constituir una prueba.

Häring, en el prólogo del volumen, refiere que el estudio se ciñe estrictamente a las actuaciones reunidas por un funcionario bávaro. Con todo, el capítulo no constituye un sumario íntegro y no zanja la causa de la muerte. Analiza sucesivamente el asesinato y el suicidio, desgranando los supuestos exigidos por cada hipótesis: el arma retirada o escondida, la puerta franqueada por un intruso o por la propia Luise, el lienzo identificado o confundido con otro. Se detiene asimismo en teorías médicas y prejuicios decimonónicos sobre la condición femenina que distan de ser hechos probados y no deben tenerse por pruebas de convicción.

El 30 de mayo de 1842, el tribunal de apelación de Franconia Media sobreseyó provisionalmente la causa. No se designó a culpable alguno y la muerte de Luise Behold quedó sin esclarecimiento judicial conocido en las páginas de la crónica. En un caso donde cada objeto parecía destinado a abrir una puerta —un paño, una llave, un cabo de cera, un acero ausente—, ninguno franqueó una cancela lo bastante ancha para desembocar en una certeza. La vacilación del juez y la duda del cronista no constituyen el veredicto de un juicio: se limitan a señalar la frontera de los autos conservados. Al término de la pesquisa, no queda más que una mujer muerta en el umbral de su alcoba, una instrucción inconclusa y dos hipótesis que los indicios custodiados jamás lograron dirimir.

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Capítulo completo «Die Kaufmannsfrau Behold. 1842. Mord oder Selbstmord?», Der neue Pitaval, XXI. Theil, Zweite Folge, Neunter Theil, 2.ª ed., Leipzig, F. A. Brockhaus, 1861, pp. 284–320, líneas OCR 12561–14057. El capítulo siguiente, «Abraham Thornton», da comienzo en la línea 14059 y queda excluido. El prefacio de Häring señala que el análisis del caso descansa estrictamente en actuaciones procesales recopiladas por un funcionario bávaro; dichos autos originales no han sido consultados. La relación concluye con la suspensión provisional de la instrucción el 30 de mayo de 1842, sin dilucidar si medió homicidio o suicidio. La fuente consigna dos nombres de pila para el marido: Georg en la p. 284 y Leonhard en la p. 293; cotejadas las reproducciones del facsímil, se confirma dicha discrepancia de imprenta. La p. 292 del facsímil precisa asimismo que la antigua doméstica sirvió durante año y medio («1½ Jahre»), y no once años como insinúa erróneamente el OCR; la narración se atiene a la página impresa. Por consiguiente, el texto emplea únicamente el apellido Behold. Las conjeturas sobre el móvil, la psicología y la dinámica final corresponden al compilador decimonónico y no se enuncian como hechos probados. El OCR Fraktur contiene erratas; las páginas 284, 292, 293 y 294 han sido confrontadas con el facsímil para verificar los epígrafes y la variante onomástica, sin que medie un cotejo integral. No se han consultado fuentes coetáneas independientes ni las actas judiciales matrices.

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