Borrow reproduce un documento fechado el 6 de mayo de 1536 que presenta como una carta de Ana Bolena dirigida al rey. En el texto, la reina reclama un proceso público y la posibilidad de responder ante jueces que no fuesen de antemano sus enemigos; asimismo, suplica que los hombres recluidos con ella no se vean arrastrados en su caída. Cuatro días después de su arresto, sabía bien que su vida dependería de las palabras recogidas en la corte.
Ana había sido reina durante tres años. Había dado a luz a una hija, Isabel, cuyo porvenir pendía de la suerte de aquel matrimonio regio, y había perdido un hijo varón antes de término a comienzos de 1536. Entretanto, Enrique VIII se había aproximado a Jane Seymour. Desde aquel instante, los hombres de la corte escrutaron cada mirada y cada conversación de la soberana. Una familiaridad pretérita se convertía en indicio; una chanza cortesana podía reinterpretarse como la confesión de un deseo. Cuando comenzaron a interrogar a sus allegados, Ana no fue conducida de inmediato ante un tribunal: se la apartó de su servidumbre y fue trasladada por el río hasta la Torre.
El 2 de mayo arribó al embarcadero privado de la fortaleza. En las aguas del Támesis, los consejeros le notificaron los cargos. Ella negó los hechos y solicitó ver al monarca; tal encuentro le fue denegado. Una vez en el interior, cayó de rodillas e imploró el auxilio divino, según relata Borrow. La reina que había recibido a embajadores y dispensado mercedes debió aguardar la visita de sus acusadores en una cámara donde la palabra más anodina corría el riesgo de llegar a la corte antes que ella misma.
Su hermano George, lord Rochford, fue arrestado, al igual que cuatro hombres de la casa real: Henry Norris, Francis Weston, William Brereton y Mark Smeaton. Todos fueron acusados de haber mantenido relaciones adúlteras con Ana; sobre su hermano pesaba además la acusación de incesto. A ello se añadía el cargo de haber conspirado contra la vida del rey. Las respuestas de los encausados distaron de ser unánimes. Borrow refiere que Smeaton reconoció la relación, mientras que los demás la negaron con firmeza. Las imputaciones circulaban con mayor celeridad que los hechos verificables, y la reina carecía de todo acceso libre a los testigos cuyos testimonios urdían la causa.
En un principio, apenas podía creer que el rey deseara verdaderamente su ruina. Poco después supo que los hombres detenidos se hallaban presos en la Torre, y comprendió que podía seguir su misma suerte. La correspondencia cortesana reproducida por Borrow describe a una mujer que transitaba de la oración al llanto, y de allí a la risa; el cronista del siglo XIX conjetura en ello un desorden de los nervios. Cabe advertir más bien, tras sus juicios, la honda zozobra de una prisionera que ignora qué palabras se han arrancado a sus allegados o si volverá a ver a su hija.
La reina insistió en que era la legítima esposa del rey e inocente de los tratos que se le atribuían. Cuando le hicieron creer que Norris la había acusado, evocó sus conversaciones pasadas. Le había preguntado en su día por qué tardaba tanto en desposarse; él había respondido que sabría aguardar. Ana replicó entonces que acaso esperaba la muerte del rey para ocupar su lugar. En otra ocasión, Smeaton le había manifestado que una sola mirada suya le bastaba. Tales réplicas, repetidas a posteriori, poseían la ligereza punzante de las agudezas de palacio; desgajadas de su contexto, podían erigirse en piezas de convicción. Ana no negaba haber hablado con aquellos hombres: negaba que aquellas frases demostraran el adulterio.
La epístola del 6 de mayo exigía un juicio legítimo y público. No se limitaba a proclamar «soy inocente»: insistía con rigor en el modo de acreditarlo. Ana era consciente de que sus acusadores triunfarían si el rey ya estaba convencido. Reclamaba que sus enemigos jurados no tomaran asiento como jueces y que la verdad fuese examinada a la luz pública. La súplica no la salvó, pero arroja luz sobre su mayor temor: que se confundieran la desgracia cortesana, las conversaciones de oídas y un crimen capital sin permitirle confrontar los testimonios.
El 12 de mayo, los cuatro hombres comparecieron ante una comisión en Westminster. Borrow afirma que únicamente Smeaton confesó; Norris, Weston y Brereton se declararon no culpables. Refiere asimismo que a Norris se le ofreció salvar la vida si incriminaba a la reina, extremo que este rechazó. El cronista interpreta esta negativa como una prueba de lealtad. Se acepte o no tal relato, subsiste un hecho: los hombres fueron juzgados antes que Ana, y Mark Smeaton, el único que admitió la relación, ya había sido condenado cuando a ella le correspondió comparecer. Jamás fue llamado a reiterar su acusación en presencia de la reina.
El 15 de mayo, Ana y su hermano fueron juzgados en la gran sala de la Torre ante sus pares. Su padre, Thomas Boleyn, no formaba parte del tribunal, pese al error que Borrow señala en otros cronistas. Ana se declaró no culpable. La acusación compendiaba las supuestas relaciones con los hombres de la corte, la ofensa a la sucesión regia y una conspiración para dar muerte al monarca. No obstante, Borrow declara no haber hallado el pormenor de las preguntas formuladas a la reina ni el de sus respuestas; señala únicamente que defendió su causa con mesura y pareció desvirtuar los cargos.
La endeblez de aquel proceso no radica en la imposibilidad de reconstruir cada minuto de la vista, límite al que nos abocan los documentos citados por Borrow; estriba ante todo en que la única confesión procedía de un hombre ausente del careo y sentenciado con anterioridad. Los pares declararon culpables a Ana y a George. El fallo dejaba a arbitrio del rey la elección entre la hoguera y la decapitación. Borrow refiere que el 17 de mayo la corte eclesiástica pronunció la nulidad del matrimonio real basándose en un supuesto compromiso previo de Ana con Henry Percy, aun cuando Percy negó bajo juramento la existencia de contrato esponsalicio alguno. Estas dos resoluciones herían a Ana y a su hija de formas distintas: una condenaba a la reina al cadalso; la otra despojaba a Isabel de su legitimidad.
En vísperas de su muerte, Ana recordó haber dispensado malos tratos a María, la hija de Catalina de Aragón. Hizo sentar a la esposa del lugarteniente de la Torre en una silla de respeto, se arrodilló ante ella y le encomendó que transmitiera sus disculpas a María. La soberana que había contribuido a apartar a Catalina y a su hija reconoció, en sus postrimerías, el agravio infligido a la joven. No siempre había sido magnánima con quienes la política situó en su contra; su última súplica no borraba tales actos, pero dificultaba reducirla a la víctima perfecta que sus defensores desearían ensalzar.
El 19 de mayo, Ana subió al cadalso en Tower Green, en el recinto de la Torre. Declaró al pueblo congregado que acudía a morir según la ley y rogó que oraran por ella. No entró en el detalle de las acusaciones ni señaló culpable alguno; oró por el monarca, a quien llamó su soberano y señor. Acto seguido, el verdugo traído expresamente de Calais le cercenó la cabeza. Su cuerpo fue depositado en un arcón común de madera y sepultado en la capilla de la fortaleza. Tras la anulación del matrimonio, Isabel, aún una niña, fue tenida por ilegítima; no obstante, con los años ceñiría la corona. Ana había suplicado que su causa se dilucidara a la luz del día. Fue escuchada por sus pares, mas la sentencia no le devolvió la vida ni su lugar junto a su hija; sus últimas palabras ya no podían torcer el curso inexorable de su destino.
