En la noche del 15 al 16 de noviembre de 1847, un resplandor atrae a los vecinos de Le Fieu hacia la aldea de Petit-Massé. El fuego ha prendido junto a la modesta vivienda de Claude Gay, un anciano que vive en soledad. Al franquear el umbral, los primeros lugareños hallan su cadáver tendido en la entrada, con la cabeza ensangrentada y rodeado de platos y cucharas. Conforme a la narración de Der neue Pitaval, se atribuye en un principio el desenlace a una caída provocada por el humo. El examen pericial del día siguiente altera el rumbo de las pesquisas: la herida parece haber sido asestada por un tercero.
Gay ronda los setenta años. Es un hombre desprovisto de recursos, enfermo, dueño de escasas tierras, unas pocas viñas y varias barricas de vino. Los facultativos requeridos para inspeccionar los restos concluyen, según las actas, que recibió un golpe de martillo, que la muerte fue instantánea y que el cuerpo fue arrastrado tras la agresión. Se advierte un rastro de sangre junto al lecho; el pañuelo manchado no se corresponde con la herida. En la choza y en la bodega se descubren huellas sanguinolentas, duelas sueltas y un penetrante olor a vino. Aunque el conato de incendio es sofocado con presteza, las llamas han alterado el escenario del crimen.
La primera hipótesis vincula el homicidio al robo de las barricas. Gay poseía varias; ahora faltan. Un solo individuo parece tener un interés directo en su desaparición: Jean-François Dieudonné Lesnier, el joven maestro del pueblo, quien acaba de adquirir la propiedad mediante contrato de renta vitalicia. Estaba obligado a satisfacer a Gay una pensión mensual de seis francos con setenta y cinco céntimos. Si el vendedor expiraba pronto, la carga se extinguiría con rapidez. Se trata de un móvil que los investigadores no tardan en hacer suyo. Sin embargo, los toneles hallados en la bodega de los Lesnier no son reconocidos como los de Gay por el tonelero que los había reparado.
Lesnier cuenta con unos veinticuatro años, una familia humilde y copiosas deudas. El alcalde las estima en cerca de mil quinientos francos. El sumario le atribuye asimismo una relación íntima con Marie, esposa del tabernero Pierre Lespagne, y recoge supuestas manifestaciones en las que habría vaticinado el inminente fin de Gay. Estos decires circulan de boca en boca y son esgrimidos durante la vista; por sí solos, empero, distan de constituir la prueba fehaciente de un asesinato. El párroco Delmas declara que Gay solía lamentarse de la frialdad de su comprador. Por su parte, el médico Lamotte había constatado el quebranto físico del anciano, juzgando improbable que prolongase sus días por mucho tiempo.
Otros indicios parecen acumularse en su contra. El joven Lesnier demora en responder cuando los vecinos acuden a despertarlo; tampoco parece afanarse en extinguir el fuego. Un testigo asevera haberlo visto encaminarse hacia la morada de Gay. Se repara en una mancha encarnada sobre una puerta y en salpicaduras en una prenda del padre. No obstante, tales vestigios no son sometidos a peritaje concluyente, los testimonios incurren en contradicciones y varios vecinos aseveran que Lesnier permaneció en otro lugar durante la noche de un incidente posterior atribuido a ambos acusados.
Dicho incidente constituye la pieza más aparatosa de la acusación. El 21 de noviembre, el labrador Daignard asegura haber sido asaltado en el camino por dos hombres. Imputa el ataque en un primer momento a los Lesnier, para luego vacilar sobre la identidad del padre. El hijo opone una coartada sólida: cuatro personas declaran haber estado con él en casa de Catherineau, cenando y jugando a los naipes hasta las once de la noche. La crónica subraya que el propio alcalde tiene a estos testigos por personas de bien. Sus declaraciones debilitan la imputación de Daignard, sin disipar por ello la sombra de sospecha que pesa sobre Lesnier por la muerte de Gay.
La acusación no descansa en un testimonio presencial, sino en una concatenación de conjeturas y, muy singularmente, en la voz de Marie Lespagne. En fase de instrucción, la mujer sostiene que Lesnier le confió sus deseos de dar muerte a su esposo, que prometió apoderarse de la casa de Gay y que reconoció haber merodeado cerca del escenario del crimen. Sus declaraciones van ganando en pormenores a medida que se suceden los interrogatorios. La defensa insiste en estas mudanzas, en las enconadas rencillas que enfrentan a la familia Lesnier con el cura Delmas y en la falta de correspondencia demostrable entre las barricas sustraídas y las incautadas a los procesados.
En el juicio de 1848, Lesnier padre e hijo comparecen juntos en el banquillo. El progenitor resulta absuelto. El jurado desecha respecto al hijo el cargo de robo, pero lo declara culpable de homicidio e incendio con la concurrencia de circunstancias atenuantes. La condena impuesta es la de trabajos forzados a perpetuidad en presidio. La Gazette des Tribunaux, en sus ediciones de junio de 1855, rememorará este fallo al dar cuenta de las vistas de revisión; el pormenor de los careos del primer proceso procede fundamentalmente de la crónica alemana publicada treinta y ocho años después de los hechos.
Las misivas reproducidas por el Pitaval retratan a un reo que proclama su inocencia ante su padre, al tiempo que procura reconfortarlo. Lesnier rehúsa, a tenor de estos escritos, implorar el indulto por considerarlo una renuncia a la revisión formal de su causa. Es conducido al presidio de Rochefort y trasladado con posterioridad a Brest. El cronista detalla el grillete remachado al tobillo, las fatigas cotidianas, la enfermedad y el destino como escribiente que logra gracias a la conmiseración de un oficial del presidio. Estas notas transmiten la severidad del castigo, mas no dejan de ser la recreación retrospectiva del compilador y no un legajo penitenciario reproducido íntegramente.
Su padre no ceja en el empeño. Reúne nuevos testimonios y apela a las autoridades. El giro decisivo sobreviene con la llegada de un nuevo fiscal a Libourne, Charaudeau, quien retoma la instrucción de la causa en 1854. El comisario Nadal interroga de nuevo a los lugareños. Daignard confiesa haber urdido el asalto del camino: Lespagne, con quien mantenía una deuda por suministro de pan, lo había conminado a declarar contra Lesnier bajo amenaza de demandarlo y embargarle los muebles. Lespagne llegó incluso a desgarrarle la casaca para dotar de mayor verosimilitud a la fingida agresión.
Marie Lespagne se desdice igualmente de cuanto había aseverado. Confiesa que le dictaron las respuestas y que acusó a Lesnier para encubrir a un tercero. Durante la vista de 1855, compromete al párroco Delmas y al alcalde Sarrazin, asegurando que ambos la instruyeron y la animaron a perjurar. Estas imputaciones contra las dos autoridades son rebatidas en versiones recogidas por la misma fuente, por lo que su culpabilidad no puede darse por judicialmente probada. El dato concluyente es de orden más estricto: la testigo reconoce la falsedad de sus antiguas deposiciones contra Lesnier.
Lespagne acaba por admitir que acudió a casa de Gay para cobrarse en vino una deuda de pan. Reconoce haber empujado al anciano, quien cayó al suelo, pero niega toda intención homicida. Manifiesta haber dejado una luz encendida, circunstancia que pudo desencadenar el fuego. Sus testimonios incurren en contradicciones: con anterioridad había aludido a un golpe o a un martillo, para retractarse luego aduciendo haber sufrido intimidaciones. Los magistrados confrontan sus declaraciones con las de Daignard, las de su esposa y las de la gendarmería. El móvil del vino y la estancia demostrada de Lespagne junto a la choza reemplazan definitivamente la trama crematística imputada a Lesnier.
Una primera resolución adoptada en 1855 no zanja el litigio. El Tribunal de Casación anula los veredictos concernientes a la muerte de Gay, por entrar en contradicción con la sentencia previa que ya había condenado a Lesnier por el mismo delito. Resulta obligado someter de nuevo la causa a un jurado distinto. La Gazette des Tribunaux sigue con detenimiento los debates de la Haute-Garonne a partir del 25 de junio: describe las pruebas testificales sobre el terreno, las vacilaciones de Lespagne y la retractación pública de Daignard sobre su falso relato. La entrega del 29 de junio continúa con las declaraciones; la del 30 proclama el veredicto definitivo.
En esta ocasión, Lesnier es absuelto de todo cargo. El jurado declara a Lespagne culpable de homicidio e incendio, concediéndole el beneficio de circunstancias atenuantes. El tribunal lo condena a trabajos forzados a perpetuidad. Este desenlace difiere del primer pronunciamiento de 1855, que había considerado probadas unas lesiones inferidas por Lespagne que causaron la muerte sin constatar dolo homicida; la casación había invalidado aquellos veredictos, ordenando la celebración de una nueva vista. Las crónicas de la época corroboran así las dos conclusiones capitales, si bien no ofrecen el examen íntegro de las piezas procesales. Las causas instruidas por falso testimonio discurrieron por cauces independientes, sin que deban confundirse con el fallo dictado sobre la muerte de Gay.
El texto del Pitaval se clausura con una emotiva escena de despedida: se dice que llevaron flores a Lesnier, mientras el presidente del tribunal le rogaba que abandonase discretamente la sala para hurtarse a las aclamaciones populares. Da cuenta a continuación de una indemnización imperial, de un modesto empleo y de su temprano fallecimiento en 1858, a la edad de treinta y cinco años. La prensa contemporánea confirma su absolución; no basta, empero, para verificar cada pormenor de este epílogo. Lo que permanece incontrovertible es ya de enorme gravedad: en 1848, una urdimbre de suspicacias y testimonios fluctuantes envió a un maestro de escuela a presidio; siete años más tarde, la confesión de otro hombre y la retractación de los testigos derrumbaron aquel fallo. El juicio no restituyó a Lesnier los años arrebatados. Hizo patente, al fin, la distancia irreconciliable que media entre un móvil conjeturado y una prueba sometida a rigor judicial.
