La sangre aún estaba fresca en la casaca de Rivière. Acababan de extraer de un estanque el cadáver de un abogado desaparecido, y he aquí que, en mitad de las preguntas del juez, una o dos gotas prometían poner nombre al asesino. Rivière explicó que había sangrado a dos caballos. Trajeron a las bestias; mostraron los instrumentos, todavía manchados. El magistrado pareció satisfecho. La explicación, por tanto, había resistido la prueba. No habría de impedir, sin embargo, que el hijo y el padre Rivière perdieran la libertad, ni que uno de ellos dejara en ella la vida.
El abogado se llamaba Pain. Retirado de Ruán al campo, conservaba una habitación en una alquería de su propiedad que tenía arrendada a un hombre llamado Mauger. No habitaba en un pabellón apartado donde cualquiera pudiera ir y venir a espaldas de los demás: su aposento se hallaba en el cuerpo principal de la casa del colono. Las gentes de la casa veían sus entradas y salidas. Su familiaridad con Mauger era tanta que la hija de este se ocupaba de su servicio doméstico. Pain jamás pasaba la noche fuera, asegura la crónica. Su ausencia, por ende, no podía pasar inadvertida.
En los primeros días de agosto de 1766, desapareció. Mauger y los suyos declararon haberle oído salir durante la noche del 8 al 9, antes del amanecer. Desde entonces, no habían vuelto a verle. La relación de Champagnac conserva asimismo las declaraciones de la familia acerca de ciertos ruidos escuchados en la estancia: detalle que asombra al autor, pues nadie habría subido a ella. Este reproche presagia ya la postura del cronista. Desearía que la justicia hubiese interrogado con mayor rigor a los ocupantes cercanos de la vivienda; tal anhelo no basta, empero, para señalar de entre ellos a un homicida.
El cadáver fue hallado en un estanque, a cierta distancia, con una vasija llena de arena atada al cuello. Los oficiales de justicia procedieron al levantamiento el 18 de agosto. Los médicos y cirujanos concluyeron que se trataba de un asesinato: su informe describía una violencia infligida en las partes genitales, seguida de estrangulamiento, y situaba la inmersión en el agua con posterioridad a la muerte. Esto es lo que el examen revelaba sobre el destino de Pain. No decía qué mano había apretado su cuello, ni quién había transportado su cuerpo hasta el estanque.
Las sospechas recayeron sobre su tío y su primo hermano, los dos Rivière. Champagnac los presenta como hombres muy apegados al difunto y atribuye la acusación a sus enemigos. Su indignación es absoluta; los hechos que refiere permiten, ante todo, sopesar los cargos esgrimidos contra ambos reos. El hijo se encontraba, en el momento del crimen, en Saint-Sauveur-le-Vicomte, a más de veinte leguas de distancia. El padre era anciano. Para el autor, semejante lejanía fundamentaba la coartada del primero, y la debilidad del segundo volvía imposible un delito perpetrado en solitario. Son estos los argumentos de su defensa, no el relato de unas pesquisas que hubiesen dado con otro culpable.
Durante el levantamiento del cadáver, el juez interrogó al hijo sobre los enemigos de Pain y sobre los autores del homicidio. Rivière respondió que los ignoraba y que los habría denunciado de haber sabido algo. Fue entonces cuando se reparó en la sangre de su casaca. Los caballos y los instrumentos proporcionaron una explicación inmediata. Se halló también en su morada un par de zapatos, que fueron cotejados con unas huellas cerca del bosque próximo al estanque. Champagnac rebate con viveza el alcance de tal semejanza: un calzado de idéntica horma y tamaño puede dejar pisadas similares. La comparación, en su relato, había alimentado la sospecha más que identificado a un hombre.
El juez habría declarado incluso a varias personas que los Rivière eran inocentes y víctimas de enemigos resueltos a perderlos. No obstante, el teniente de lo criminal de Bayeux incoó sumario. El 30 de agosto, doce días después del levantamiento del cadáver, el padre y el hijo fueron objeto de un auto de prisión corporal. Entre una respuesta tenida por convincente y un arresto no había mediado, según los elementos que recoge la crónica, el hallazgo decisivo que el lector esperaría.
El padre se entregó voluntariamente. Transcurrieron siete meses sin que se le careara con testigo alguno. Su hijo, aconsejado por unos amigos, se había refugiado en Caen; allí fue prendido al cabo de tres meses, por orden del rey, y conducido después a Bicêtre. Cuatro meses más tarde, el padre se reunió con él en dicha prisión. En ella murió. Champagnac atribuye su final a la indigencia y al pesar, y refiere que protestó hasta el último aliento su inocencia. La causa contaba ya con un muerto más, pero seguía careciendo de respuesta sobre el asesinato del abogado.
Para el hijo, la reclusión se prolongó durante nueve años. Reclamaba jueces, pedía la oportunidad de probar su inocencia. La crónica acusa a ciertos parientes suyos, movidos por la codicia, de haber impedido que sus súplicas surtieran efecto. No detalla sus maniobras; resultaría fácil colmar este silencio con cartas secretas y componendas entre enemigos. El relato conservado muestra más bien lo esencial de su situación: un hombre encerrado cuya única demanda era ser juzgado al fin. La espera no constituía una condena dictada tras un proceso contradictorio; le arrebataba, sin embargo, los años como si lo fuera.
Un memorial acabó por llegar a manos del canciller de Francia. En septiembre de 1775, Rivière obtuvo su traslado a las cárceles de Bayeux. El cambio de prisión franqueaba esta vez el camino hacia el juicio que tanto reclamaba. Tras la instrucción, la bailía lo declaró libre de culpa y lo restituyó a la libertad el 1 de julio de 1776. Cerca de diez años separaban la sangre advertida en su casaca de aquella resolución. El padre ya no podía beneficiarse de ella. Al hijo, la justicia le devolvía una libertad presente; no le restituía ni la vida familiar ni los años consumidos en solicitarla.
Al término del capítulo, Champagnac regresa a Mauger. Considera los indicios que habrían podido afectarle más apremiantes que los esgrimidos contra los Rivière, al tiempo que declara no querer acusar a personas acaso inocentes. Conviene sostener al unísono ambas proposiciones. El colono no se convirtió en el asesino por el mero hecho de que la acusación contra los parientes de Pain hubiese fracasado. El verdadero culpable permanece desconocido en esta crónica. Es esto lo que confiere al caso su particular crudeza: el hijo recobra al fin su libertad, pero la muerte de Pain queda huérfana de autor conocido. Una casaca manchada y unos zapatos habían parecido ofrecer una senda; ante todo, habían conducido a dos hombres a presidio.
