En Edimburgo, John Porteous había recibido una casaca escarlata y la potestad de dispersar a las muchedumbres. La crónica de Borrow refiere de qué suerte recayó en él semejante empleo: merced a un favor que devendría más tarde en su propia condena. Nacido de padres humildes, había aprendido el oficio de sastre y trabajado como oficial. Un antiguo preboste que deseaba alejar a su amante sin arrojarla a la indigencia propuso que desposara a Porteous, prometiéndole una dote de quinientas libras. Ella rechazó en un principio la unión con un artesano; la cuantía del dote mudó su parecer. Porteous pudo entonces abrir taller, mas su apego a la vida disipada le fue mermando la clientela. Su esposa hubo de recurrir de nuevo a su antiguo valedor.
Acababa de quedar vacante una plaza de capitán en la guardia urbana. Cada compañía se componía de veinticinco hombres; el capitán percibía un sueldo anual y vestía casaca escarlata. El preboste asignó a Porteous tal cometido. El sastre que antaño subsistiera con el sudor de sus manos pasó a ser el brazo ejecutor enviado a reprimir a los amotinados. Borrow lo describe como hombre audaz, mas inclinado a propasarse en sus órdenes: golpeaba a los sospechosos con la culata del mosquete, y los tumultos que sofocaba se saldaban no pocas veces con piernas o brazos fracturados. La crónica le afea asimismo la humillación infligida a las mujeres detenidas en los lupanares, con algunas de las cuales había mantenido comercio carnal.
La discordia que habría de conducirlo al cadalso se originó lejos de Edimburgo, en Fife, a raíz del decomiso de un alijo de contrabando. El recaudador Stark congregó a varios hombres e incautó una partida oculta en casa de Andrew Wilson. Este, juzgándose despojado de lo suyo, regresó al depósito junto a Robertson y otros compañeros. Forzaron las puertas de la aduana, recobraron los fardos y se los llevaron en carreta. La noticia de semejante osadía llegó a oídos de los barones del Tribunal del Exchequer; el lord juez ordenó al sheriff movilizar al condado entero para prender a los culpables y restituir los bienes.
Varios hombres resultaron detenidos y luego puestos en libertad por falta de pruebas. Wilson y Robertson, en cambio, fueron condenados a muerte. El domingo previo a la ejecución, la escolta condujo a ambos reos al templo, con arreglo a la costumbre consignada por Borrow. Wilson, maniatado, aferró a un soldado con los dientes reteniéndolo el tiempo suficiente para gritar a Robertson que huyera. Este cruzó a la carrera las calles colmadas de feligreses, traspuso una de las puertas de la ciudad antes de su clausura y halló a un amigo que le retiró los grilletes y le procuró un caballo. Aquella misma noche zarpó de Dunbar con rumbo a Holanda. Porteous recibió la orden de capturarlo, mas fue incapaz de impedir la fuga.
El miércoles se alzó en el Grassmarket un patíbulo provisional para Wilson. Cincuenta guardias custodiaban al reo a las órdenes de Porteous. El capitán temía un intento de rescate; a instancias suyas, se dispuso un retén de tropa en las inmediaciones. La multitud no liberó a Wilson: lo contempló rezar, subir la escala y expirar. Cuando el verdugo ascendió a su vez para descolgar el cadáver, una pedrada le acertó de lleno en el rostro. Siguieron otros proyectiles. Porteous, enfurecido, bramó a sus hombres que abrieran fuego y disparó su propia arma.
A tenor de la relación de Borrow, un joven aprendiz de confitero pereció en el acto. Algunos soldados apuntaron por encima de las cabezas, alcanzando a varias personas que asomaban a las ventanas. Otros dispararon a las piernas del gentío, provocando heridas que exigieron posteriores amputaciones. Porteous intentó replegar a sus hombres hacia el cuartelillo, mas se revolvió con dos de ellos para abrir fuego de nuevo. La descarga segó vidas y causó numerosos heridos. La causa judicial impresa que custodia la Wellcome Collection enumera seis muertos, allí donde Borrow computa nueve. Efectivos del regimiento galés acudieron al fin para escoltar a la guardia hasta el puesto. El preboste sometió a Porteous a interrogatorio y lo remitió a presidio en espera de juicio por asesinato.
En la vista, Porteous admitió que los disparos habían causado las muertes reseñadas en el pliego de cargos, mas alegó legítima defensa y obediencia a los magistrados. Su letrado inquirió si un oficial acometido por el populacho podía mandar hacer fuego sin quebrantar la ley. Los jueces dictaminaron que, de haber disparado u ordenado disparar sin mandato de magistrado competente, los fallecimientos podían revestir la calificación de asesinato. Declararon cuarenta y cuatro testigos, según Borrow. La defensa arguyó que las autoridades habían armado a la tropa para asegurar la ejecución, que Porteous pretendía intimidar a la muchedumbre e incluso que había golpeado a uno de sus hombres por levantar el arma. Adujo asimismo que procuró retirar a la guardia y no intentó huir, prohibiendo expresamente la limpieza de las armas a fin de verificar cuáles se habían disparado. Sostenían sus defensores que el capitán quiso identificar a los tiradores y no borrar sus huellas.
Los fiscales replicaron que la misión del oficial expiraba con la ejecución de Wilson. En aquel punto, a su juicio, ya no ejercía el mandato para el cual se habían cargado las armas. Solo la previa lectura del bando contra tumultos habría justificado el fuego en caso de tentativa de rescate. La defensa de Porteous objetó que los magistrados, en vez de leer dicho bando, se habían guarecido en una casa dejando a los soldados a merced de las pedradas. La controversia gravitaba así sobre unos mismos instantes vistos desde ángulos opuestos: el hombre encargado de custodiar la horca sostenía haber repelido una agresión; sus acusadores inquirían en qué momento preciso había cesado su autoridad.
El jurado lo declaró culpable y el tribunal lo sentenció a la pena capital. Hallábase el rey por entonces en Hannover. Se promovieron gestiones para salvar a Porteous, y la reina le otorgó un indulto condicional hasta el regreso del soberano. La suspensión llegó apenas una semana antes de la fecha señalada para la ejecución. En la ciudad, la noticia cayó como una afrenta. La sangre vertida en el Grassmarket no se había olvidado; la moratoria se antojaba la promesa de que el oficial eludiría la responsabilidad de sus disparos.
El 7 de septiembre de 1736, una partida de hombres penetró en Edimburgo y se incautó de las armas de la guardia. Recorrieron las calles llamando a filas a quienes ansiaran vengar la sangre que consideraban inocente. Cerraron luego las puertas de la ciudad, apostando centinelas. Otro grupo marchó hacia la prisión. Los asaltantes aporrearon el portón exterior con martillos; al resistir el maderamen, le prendieron fuego cuidando, precisa Borrow, de contener las llamas.
En el interior, ordenaron al carcelero franquear la celda de Porteous. Al preguntar este qué pretendían, le replicaron que lo conducirían al Grassmarket, al mismísimo lugar donde había derramado sangre. Lo asieron por brazos y piernas y lo arrastraron fuera de la cárcel. En lugar de llevar una soga, forzaron una tienda para hacerse con una adecuada. Lo ahorcaron en el mismo sitio donde Wilson había expirado. Porteous había sido condenado por un tribunal; quienes se lo llevaron obraron como turba, revocando por su mano el plazo que el aplazamiento real le acababa de conceder.
Porteous intentó asirse al lazo corredizo; uno de los asaltantes le asestó un hachazo y la multitud se dispersó. Un bando prometió con posterioridad doscientas libras a quien delatara a un cómplice, mas los hombres arrestados fueron puestos en libertad por falta de pruebas.
