Las llaves del Hôtel-de-Ville acabaron sobre una mesa, pero no acallaron los clamores. Aquel a quien se acusaba de haberlas retenido se hallaba en medio de una sala aún repleta de las noticias de la Bastilla; a su alrededor, las palabras de traición y de venganza se respondían sin que explicación alguna lograse detenerlas.
El 14 de julio de 1789, la fortaleza encomendada al gobernador Delaunay fue sitiada y tomada. Champagnac sitúa el origen del movimiento en la noche precedente, cuando los vecinos de los arrabales marcharon hacia la Bastilla. Relata que ciertos cabecillas habrían lanzado el grito de su conquista y que algunos cuadernos de quejas provinciales habían exigido su demolición. Su crónica mezcla hechos transmitidos, rumores y pareceres políticos, los cuales conviene deslindar con rigor.
En el Hôtel des Invalides, varios hombres se habían apoderado de piezas de artillería y de una gran cantidad de fusiles, a pesar de la resistencia del comandante, el señor de Sombreuil. Los sitiadores alegaban que los cañones de la Bastilla amenazaban a la villa y que era forzoso adelantarse a su fuego. Thuriot-de-la-Rozière, diputado de un distrito, solicitó entrar en la plaza; Delaunay lo recibió y recorrió con él las torres en conversación. Añade la crónica que terminaron por indisponerse y estuvieron a punto de llegar a las manos, si bien refiere este lance en condicional, como relato cuya certidumbre absoluta no garantiza.
A lo largo de la mañana, dos correos del gobierno fueron detenidos. Los pliegos que se les incautaron contenían, según Champagnac, la orden impartida a Delaunay de resistir hasta la llegada de refuerzos, previstos para esa misma tarde en las inmediaciones de la capital. La noticia convirtió la defensa de la fortaleza en presagio de un ataque inminente. Semejante interpretación avivó el ardor de cuantos avanzaban hacia ella; con todo, no basta para esclarecer el desconcierto que cundió acto seguido entre los hombres encargados de su custodia.
La guarnición habría sumado treinta y dos suizos y ochenta y dos inválidos. Algunos sostuvieron que había sido ganada de antemano y que había advertido a los jefes de las columnas mediante señales convenidas. Otros, en el relato que recoge Champagnac, quisieron capitular, al tiempo que los soldados adictos a la corte se disponían a rechazar el asalto. Se dispararon cañonazos contra los hombres que habían penetrado en el primer patio, matando a varios de ellos. El cronista deduce de tales versiones que se trataba quizá menos de una felonía concertada que de un desorden espantoso. La toma no puede, pues, reducirse a la estampa de una determinación única y diáfana: las narraciones del asedio se contradicen hasta en las señales que habrían precedido a la apertura de la plaza.
La muchedumbre armada, secundada bien pronto por guardias francesas, cercaba la fortaleza por doquier. Delaunay, al no vislumbrar el socorro, asió una mecha y pretendió, afirma la fuente, volar la plaza. La guarnición se lo impidió y lo obligó a rendirse. Se abatió un puente, los atacantes se aproximaron prometiendo que no se causaría daño alguno y, de inmediato, la multitud invadió los patios. Los suizos consiguieron ganar la fuga; las guardias francesas protegieron a los inválidos cuando estos fueron acometidos.
En medio de aquella irrupción violenta, una joven, a quien se suponía hija del gobernador, fue apresada y conminada a ser pasto de las llamas. Champagnac señala al señor de Montigny, uno de los sitiados, como su verdadero padre: el hombre, al advertir a su hija entre el fuego, bajó en su auxilio y recibió dos impactos de fusil. Un individuo llamado Bonnemère logró apartar a quienes la retenían. Tiempo después, Bailly recompensó esta hazaña con una corona cívica y un sable, que la doncella huérfana entregó públicamente a su libertador. La crónica aporta estos nombres y estos ademanes; empero, no permite desenredar todas las versiones que corrían acerca de la identidad de la muchacha.
Delaunay fue descubierto. El gobernador intentó atravesarse con una hoja, mas el granadero Arné le arrebató el arma. Élie y Hulin, guardias francesas, lo asieron y luego cubrieron su cuerpo con los suyos propios frente a la turbamulta. Ellos mismos resultaron heridos al procurar cumplir su promesa de conducirlo hasta el Hôtel-de-Ville. Pese a sus desvelos, la multitud los arrastró un instante lejos del cautivo. Delaunay, que forcejeaba en las proximidades de la muerte, cayó derribado; poco después, su cabeza ensangrentada fue alzada en vilo en medio del vocerío. La crónica no disimula la honda distancia entre el empeño de sus defensores y el desenlace de la comitiva.
El mayor de la plaza, Delosme-Solbrai, se vio envuelto en idéntica violencia. Champagnac lo describe como el amigo de los presos, de quienes habría sido el consuelo durante veinte años. Un antiguo recluso, el marqués de Pelleport, se arrojó entre la turba, lo abrazó y proclamó que le debía más que la propia vida. Algunos hombres parecieron conmoverse; otros bramaron que se pretendía engañarlos para arrebatarles una víctima. Pelleport fue golpeado mientras pugnaba por resguardar a su benefactor. Uno de sus amigos derribó al agresor, y entrambos fueron asaltados. Pelleport logró alcanzar el Hôtel-de-Ville, pero cayó desvanecido sobre las gradas. Delosme-Solbrai fue muerto, y su cabeza paseada junto a la de Delaunay. La narración se nutre aquí de testimonios transmitidos por Champagnac; su tono patético no exime de adscribir pormenorizadamente los detalles a dicha crónica.
En el Hôtel-de-Ville, otra inculpación cobraba cuerpo contra Flesselles, preboste de los mercaderes. Se le reprochaba haber prometido pertrechos sin llegar a entregarlos. En una sala atestada, los electores procuraban disculparlo; hombres recién salidos de la refriega entraban con los heridos, los agonizantes y los prisioneros. La cólera apenas distinguía los descargos del reo de los rumores ya esparcidos. Flesselles declaró, a tenor del relato, que debía retirarse en vista de que sus conciudadanos recelaban de él. Un elector le afeó no haber entregado las llaves del almacén donde se custodiaban las armas y los cañones. Él las extrajo del bolsillo y las depositó sobre la mesa.
Se deliberó sobre el paraje al que debía ser conducido: el Châtelet, el Palais-Royal o la reclusión en calidad de rehén. La multitud se aferró al Palais-Royal, cual si el término prefigurase ya la sentencia. Flesselles descendió la escalera escoltado por una guardia hostil que, hasta ese instante, no lo golpeaba. Se dirigía a los hombres que lo circundaban e intentaba persuadirlos de que le sería dable justificarse. Al pie de los peldaños, un desconocido se le aproximó y le descerrajó un pistoletazo. La muchedumbre se abalanzó acto seguido sobre sus despojos; su cabeza fue clavada en la punta de una pica.
Una carta que se decía hallada en la faltriquera de Delaunay habría mostrado a Flesselles prometiendo entretener a los parisinos con escarapelas y vanas esperanzas, en espera de los refuerzos. Champagnac puntualiza que no pocos historiadores rebatían esta anécdota. Procede, pues, dejarla en su debido lugar: una acusación referida y controvertida, mas no una prueba indubitable de la traición del preboste. Dos inválidos, denunciados asimismo como traidores, fueron colgados de una farola; semejante estampa se tornaría bien pronto en clamor de amenaza. A medida que la noticia verídica y el rumor se confundían, la sospecha adoptaba la forma de un veredicto ejecutado en plena calle.
Pocos días después, el 22 de julio, la plaza del Hôtel-de-Ville fue de nuevo escenario de ajusticiamientos. Foulon, antiguo intendente a quien la fuente retrata como severo y codicioso, había sido apresado en Viry tras haber hecho circular la especie de su propia muerte. Se le afeaba haber proferido que el pueblo debía comer heno. Le ciñeron ortigas al cuello, cardos en las manos y una bota de heno a la espalda antes de conducirlo a París. Su yerno, Berthier de Sauvigny, fue detenido en Compiègne en virtud de supuestas órdenes de la comuna que, según Champagnac, jamás se habían dictado; la comuna escribió de inmediato para obtener la excarcelación del preso, sin lograr que se le permitiese marchar.
Foulon permanecía expuesto a la turba cuando Berthier se aproximaba a París. Lafayette había recabado que el anciano fuese procesado con arreglo a derecho, mas los electores requeridos rehusaron asumir tal cometido en semejantes circunstancias. Bailly y Lafayette fueron finalmente designados. Mientras el general procuraba apaciguar a los congregados, Foulon aplaudió una de sus palabras. Un testigo interpretó aquel ademán como la seña de una colusión secreta. La multitud se arremolinó; Lafayette intentó salvaguardar a Foulon, pero se lo arrancaron de las manos y lo ahorcaron de un farol. Su cabeza fue ensartada en una pica. Al llegar Berthier, se la mostraron sin que él reconociera en un principio los rasgos de su suegro. Conducido al Hôtel-de-Ville, expresó su indignación; se zafó un instante, empuñó un arma y se defendió antes de caer abatido a su vez.
Sostiene Champagnac que el arresto de Foulon y el de Berthier habían sido urdidos por enemigos personales, al paso que el furor que se abatió sobre ellos fue espontáneo. Esta elucidación pertenece al cronista y no trueca ambos homicidios en sentencias legítimas. Bailly y Lafayette, que se habían opuesto a ello, quedaron sobrecogidos de dolor y de indignación; Lafayette presentó su dimisión del mando de la milicia burguesa, y no lo reasumió sino tras vivas e insistentes súplicas.
En aquellas jornadas de julio, la demanda de pertrechos, los temores a una embestida y la caída de la Bastilla abrieron un tiempo en el que la maledicencia pudo condenar antes de que juez alguno hubiese escuchado los descargos de los encausados. Flesselles había depositado las llaves sobre la mesa; no bastaron para desarmar a quienes daban ya su acusación por demostrada. Así fenecieron los días que Champagnac agrupa en torno a la Bastilla y al Hôtel-de-Ville, no al dictado de una sentencia legal, sino a merced de una muchedumbre convertida en juez y verdugo.
