El 26 de diciembre de 1886, Clément Foucault debía partir hacia Argentan con su sirvienta, la muchacha Caumont. Su esposa, Rosalie Guibout, preparó la sopa y la sirvió. Según el acta leída en el juicio, un instante en que se quedó a solas le habría permitido extraer de un cajón un paquete comprado el 15 de diciembre, verter la mitad en la sopa de su marido y arrojar el resto al fuego. Clément comió. Bebió luego un café que encontró de mal sabor, pero que apuró de todos modos. El acta insistía en este punto: conforme a las confesiones que Rosalie habría prestado en la instrucción, el veneno había sido vertido en la sopa, no en el café.
El camino hacia Argentan quedó pronto interrumpido por los vómitos. Hacia el mediodía, Clément se sentía tan mal que hubo de detenerse en el hotel de las Trois-Croix, en casa de un tal Delaunay, y permanecer acostado durante varias horas. Se logró llevarlo de vuelta a Saint-Léonard. No toleraba ya alimento alguno; violentos dolores de entrañas le atenazaban el cuerpo, al tiempo que le atormentaba una sed inextinguible. Su dolencia había comenzado tras la colación, pero el médico llamado unos días más tarde ignoraba cuál era la causa.
Clément Foucault tenía veintiocho años y hasta entonces había gozado de buena salud. Falleció el 1 de enero, al mediodía. El doctor Malfilâtre, que lo había reconocido el 29 de diciembre, había constatado una viva inflamación del estómago y de los intestinos sin lograr ponderar su gravedad. Tras la muerte, la autopsia y el peritaje químico fueron presentados como ratificación de las confesiones de Rosalie. En el acta de acusación, estos elementos se invocaban para sostener que se trataba de un envenenamiento premeditado.
Los cónyuges no vivían en buena armonía, aseveraba el acta. A principios de noviembre, un mozo de quince años y medio, Aldonce Alléron, había entrado a su servicio. El acta acusatoria atribuía a Rosalie una relación íntima con el joven criado y afirmaba que Clément había acabado por ponerlo de patitas en la calle tras reparar en sus excesos de confianza. A partir de semejante expulsión, la acusación presentaba el veneno como el medio elegido para suprimir al marido y proseguir el trato ilícito.
El 15 de diciembre, según la acusación, Rosalie se había presentado en la botica de un farmacéutico de Argentan. Solicitó un paquetito de fécula mezclada con ácido arsenioso, diciendo que pretendía destinarlo a los ratones. El tóxico, sostenía el acta, iba dirigido a su esposo. Poco después, consumada la expulsión de Alléron, la criada Caumont habría escuchado esta amenaza: «Has echado a Aldonce; tarde o temprano, tendrás tu ración». La misma frase le habría sido repetida a Clément la noche del 25 de diciembre. La compra del tósigo, la amenaza referida por Caumont y su reiteración la víspera de la comida constituían, a ojos de la fiscalía, las etapas metódicas de un plan deliberado.
El acta añadía además que Rosalie había intentado con anterioridad verter veneno en el café, para renunciar después a este procedimiento porque una sustancia extraña habría resultado más fácil de advertir. Este preparativo se consignaba como declaración de la inculpada. El día 26, abierto el paquete, habría optado por la sopa, arrojando al fuego la segunda mitad. La muchacha Caumont aseveró en la vista, en contradicción con lo que había declarado previamente, haber permanecido en la cocina hasta el momento en que se consumió la sopa. La crónica judicial retiene las confesiones de Rosalie para situar el veneno en el plato. Esta discrepancia no anulaba ambos relatos, sino que los situaba frente a frente en el sumario elevado a la corte.
Durante la agonía, la moza Caumont cuidó al enfermo. El acta censuraba a la esposa que jamás se acercase a su lado ni procurase alivio alguno. Acusaba asimismo a Rosalie de haber enviado un recado a Alléron al día siguiente del almuerzo y de haberlo recibido el 29 de diciembre. El muchacho habría acudido a yacer con ella en el lecho donde ya se encontraba la criada, en una estancia contigua a la de Clément. Tras el óbito, Rosalie se recogió en casa de un vecino; la mañana fijada para el sepelio, marchó al hogar de la familia de su amante para no asistir a las exequias. Allí fue detenida al día siguiente.
A estar de lo expresado en el acta, Rosalie había confesado de forma casi inmediata, señalando las circunstancias del delito. No discutía la compra del veneno ni su administración; la autopsia y el dictamen químico venían a apuntalar lo instruido en el sumario. A modo de descargo por su acto, habría alegado haber dado muerte a Clément porque este había metido bajo su techo a la criada Caumont, antigua amante suya. Dejaba entrever que la correspondencia epistolar entre ambos no se había interrumpido desde el servicio militar de Clément. El acta imputaba a Rosalie no haberse opuesto al arribo de Caumont y haber facilitado incluso su acomodo; esta lectura acusatoria replicaba a la justificación que la prensa le atribuía.
En la audiencia del 30 de abril, Rosalie, viuda Foucault, contaba veintisiete años. El periódico la retrató como una mujer impasible. Interrogada, admitió los extremos consignados en el acta acusatoria y otros desvelados por la instrucción judicial. Al observar el presidente que resultaba inverosímil que hubiese matado a su marido por celos, guardó silencio. La reseña recogió asimismo otra conminación que Rosalie reconoció haber pronunciado: «No te morirás sino de mi mano». Cuando Clément, ya indispuesto, partió para Argentan, ella le habría dicho que tomara el aire, que eso le sentaría bien.
La relación de la vista agregaba que la procesada reconocía haber dejado a su cónyuge desasistido durante los dos días de enfermedad, haberse negado a amortajarlo y haberse reunido con Alléron el día del entierro. Tal duración no cuadra con las fechas que el acta precisa en otros pasajes, desde la comida del 26 de diciembre hasta el fallecimiento el 1 de enero; la crónica no armoniza estas divergencias. Declaró asimismo que su amante había aprobado la maquinación cuando ella se la confió, y que la felicitó consumado el envenenamiento. Estas expresiones no bastaron para sentar a Alléron en el banquillo. El presidente censuró con aspereza su conducta, si bien hizo notar que la mera aprobación de un delito no constituía complicidad en derecho. Dirigió asimismo una severa reprensión al boticario Peschard por haber despachado varios gramos de un potente tóxico sin receta médica.
La posición de Caumont en el hogar continuó envuelta en controversia. Negó en estrados haber mantenido comercio íntimo con Clément. Sin embargo, diversos testigos afirmaron haber visto a Rosalie en poder de cartas amorosas, de un mechón de cabellos y de un retrato fotográfico sustraídos a su marido. Esta versión prestaba asidero a los celos invocados por la defensa, sin alterar por ello los restantes elementos del envenenamiento referidos en la causa. El diario describe a Alléron con una edad de quince años y medio. El presidente le afeó haber aplaudido el designio criminal; no por ello fue procesado junto a Rosalie.
El fiscal Sourdat recapituló las circunstancias del óbito, las amenazas y la conducta observada por Rosalie antes y después de la comida. A su parecer, el único móvil residía en la desordenada pasión que profesaba a Alléron. No solicitó explícitamente una pena tasada, dejando al prudente arbitrio de los jurados la apreciación de circunstancias atenuantes. El letrado Boivin-Champeaux, por la defensa, reclamó precisamente dicha conmiseración. Trazó la crónica del matrimonio, insistió en las misivas de Caumont y describió los celos de Rosalie como el resorte propulsor de su crimen. Lejos de negar su culpabilidad, alegó que la equidad demandaba la concesión de atenuantes.
El tribunal del jurado acogió la tesis defensiva en este extremo. Rosalie Guibout fue condenada a la pena de trabajos forzados a perpetuidad. En el debate de esta causa, el curso de la dolencia de Clément, las confesiones arrastradas y las encontradas declaraciones de Caumont y de Rosalie desembocaron en un veredicto en que se hermanaron la culpa y el beneficio de la atenuación. La crónica de prensa concluye con esta sentencia, sin consignar el destino ulterior que aguardaba a la reclusa.
