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Venenos y herencias · Inglaterra, Cornualles

La taza que quedó sobre la mesa

Elizabeth Downing enferma tras tomar el té en casa de su yerno, el cirujano Robert Sawle Donnall, y fallece tras una segunda visita. La acusación vincula las crisis a dos comidas, a las deudas de Donnall, a la autopsia y a unos análisis químicos que pretenden demostrar la presencia de arsénico. Varios médicos de la defensa cuestionan la especificidad de tales reacciones y plantean otras causas. Tras un resumen judicial que distingue con pulcritud entre la causa de la muerte y la autoría del crimen, el jurado declara a Donnall no culpable. La crónica de la época no revela el razonamiento de los jurados.

El 3 de noviembre de 1816, en casa de su yerno Robert Sawle Donnall, Elizabeth Downing apenas había bebido unos sorbos de su segunda taza de cacao cuando comenzó a quejarse de violentas náuseas. Entregó el resto a su hijo Samuel, quien dejó la taza sobre la mesa. Dos semanas antes, ya había caído enferma tras haber tomado el té en esa misma vivienda. Regresó a su hogar casi de inmediato, presa de atroces retortijones. Al amanecer, yacía sin vida. Cinco meses después, Donnall comparecía ante el tribunal de Launceston, acusado de haber suministrado veneno. La acusación esgrimía deudas acuciantes, un cuantioso patrimonio, una taza y a un médico convencido de haber detectado arsénico; la defensa, por su parte, contraponía a dichos análisis una serie de experimentos capaces de reproducir idénticos resultados.

Elizabeth contaba unos sesenta y cuatro años. Viuda y madre de seis hijos, residía en Falmouth, muy cerca del domicilio de su hija Harriet y de su yerno. Donnall se había establecido allí unos años antes como facultativo y había contraído matrimonio con Harriet el verano anterior a los hechos. El fiscal, el sargento Lens, abrió la vista exponiendo un posible móvil económico. Donnall adeudaba importantes sumas a Gabriel Abrahams y a Samuel Downing, hijo de la finada. Elizabeth poseía una fortuna estimable, y su patrimonio había quedado debidamente blindado mediante las capitulaciones matrimoniales. Este cuadro reflejaba únicamente la tesis acusatoria; no constituía por sí mismo una prueba concluyente del crimen.

Abrahams declaró haber prestado cincuenta libras a Donnall en febrero de 1816, y otras cincuenta en mayo. El cirujano se había comprometido a liquidar la deuda tras sus nupcias. Poco antes del óbito de Elizabeth, Abrahams le reclamó el dinero con insistencia. Recordaba que Donnall le había contestado que la suma se pagaría en breve, pues «a la señora Downing no le quedaba mucho tiempo de vida». Sin embargo, durante el contrainterrogatorio admitió que no podía garantizar la literalidad de aquellas palabras; transmitía tan solo el sentido general de una conversación mantenida con un hombre a quien trataba con asiduidad. Semejante manifestación resultaba idónea para impresionar al jurado, pero la fragilidad de su formulación quedó de manifiesto desde el primer instante.

Una primera dolencia ya había vinculado la salud de Elizabeth con el hogar de Donnall. El 19 de octubre, tras haber cenado en casa de su hijo hallándose en perfecto estado, acudió a tomar el té con los Donnall. A su regreso, padeció vómitos intensos, fuertes dolores gástricos y espasmos. Permaneció postrada varios días, hasta que logró restablecerse. Su hija, la señora Jordan, refirió que le había aplicado paños calientes sobre el vientre, remedio que el propio Donnall le habría aconsejado. Para la acusación, este primer episodio prefiguraba la escena del mes siguiente. Para la defensa, no determinaba una causa única: idénticos síntomas podían obedecer a muy diversos orígenes clínicos.

El domingo 3 de noviembre, Elizabeth dudó antes de volver a la residencia de su yerno. Según se dijo, recordaba con aprensión el malestar de la visita anterior. Acudió, no obstante, a tomar el té. Su hijo Samuel Downing describió la disposición de la estancia: Elizabeth sentada junto al fuego; Donnall enfrente; otros miembros de la familia congregados en torno a la mesa. El cacao fue traído desde la cocina. Donnall se puso en pie, pasó por detrás de varios comensales y ofreció pan y mantequilla a su suegra. En ese mismo instante, se derramó té sobre el vestido de la mujer. Su hijo Edward le preguntó qué hacía, pero Donnall no respondió. Regresó a su asiento y, poco después, fue llamado fuera de la habitación para practicar una extracción dental.

Elizabeth apenas había comenzado su segunda taza de cacao cuando su semblante se descompuso. Manifestó encontrarse sumamente indispuesta y entregó el resto a Samuel, quien depositó la taza sobre la mesa. Suplicó que le abriesen la puerta y se marchó a su casa. Poco después comenzó a vomitar y pidió una palangana. Su hija, la señora Jordan, recordó que temía revivir los tormentos padecidos en octubre. La escena hogareña distaba de ser truculenta: la crónica judicial se articula en torno a gestos domésticos ordinarios, una taza apartada a un lado y una serie de recuerdos reconstruidos meses más tarde ante el estrado.

Durante la noche, Samuel sugirió requerir a un médico. Donnall replicó que convenía recurrir a remedios más suaves y afirmó haber administrado a su suegra un preparado para asentar el estómago. Hacia las cuatro de la madrugada se personó el doctor Edwards. Encontró a Elizabeth en estado de somnolencia y con un pulso casi imperceptible. Donnall le mencionó un cuadro de cólera morbo, una afección digestiva aguda. Edwards la juzgó en peligro de muerte. Hacia las ocho de la mañana sobrevino el desenlace fatal. Las declaraciones atestiguaban sin duda la extrema gravedad del cuadro, mas distaban de coincidir en qué lo había desencadenado.

Tras el fallecimiento, Donnall dispuso que se preparara de inmediato el ataúd, aduciendo que el cadáver se hincharía y que ya manaba una secreción por la nariz. El doctor Edwards declaró no haber advertido tales signos ni la urgencia de proceder a una inhumación prematura. Donnall se trasladó asimismo al cementerio de Morley, donde se acondicionaba la sepultura familiar. Explicó que debía visitar a ciertos pacientes en Elford o Monachorum y que el camposanto le pillaba de camino; sin embargo, un barquero afirmó no haberlo visto cruzar aquel día. Samuel Downing testificó haber ido después al cementerio para comprobar que Donnall había apremiado a los operarios. Cada uno de estos pormenores cobró en el juicio la apariencia de un indicio incriminatorio; ninguno, tomado por separado, bastaba para probar el envenenamiento.

Una misiva anónima remitida al alcalde de Falmouth convirtió las sospechas familiares en una causa judicial abierta. Denunciaba que Elizabeth había enfermado gravemente tras tomar sendos tés en casa de su yerno, asimilando su cuadro al de una intoxicación por veneno. Samuel mostró una copia de la carta a Donnall. Recordó que a su cuñado le temblaban las manos al leerla y que se le cayó al suelo. Donnall habría exclamado que aquella acusación supondría su ruina en la localidad. Samuel precisó que por aquel entonces no sospechaba de él y que había tomado el anónimo por una calumnia malintencionada. El opúsculo refleja así la distancia existente entre la impresión retrospectiva construida en el juicio y lo que el testigo aseguraba haber pensado en el momento de los hechos.

El cadáver fue exhumado y examinado pocos días después de la muerte. Edwards abrió el estómago y vertió su contenido en una vasija, ordenando expresamente que nadie la tocase. Al darse la vuelta, el recipiente se hallaba vacío. Donnall reconoció haber arrojado el fluido en un bacín con agua, alegando que no lo creía de importancia. El agua había diluido la muestra, obstaculizando sobremanera los análisis periciales. Edwards apreció una intensa inflamación gástrica e intestinal; dictaminó que semejante aspecto no podía explicarse por vías naturales y concluyó que el arsénico había sido la causa inequívoca del fallecimiento.

Los ensayos químicos de Edwards constituyeron el núcleo de la controversia pericial. Añadió nitrato de plata al fluido gástrico y observó la formación de un precipitado amarillento; al tratarlo con sulfato de cobre, obtuvo un precipitado verdoso. Juzgó estas reacciones como prueba irrefutable de la presencia de arsénico. El doctor Street corroboró la inflamación visceral y dictaminó asimismo la ingestión de una sustancia corrosiva. Sin embargo, no se logró aislar el arsénico en su estado metálico elemental: la escasa muestra restante, excesivamente diluida por el agua del bacín, no bastaba para practicar las pruebas concluyentes que los especialistas de la época exigían.

La defensa presentó entonces los testimonios de varios médicos y químicos. El doctor Neale, John Tucker y el doctor Cookworthy sostuvieron que ninguna de aquellas dos reacciones cromáticas era infalible. Ciertos ácidos presentes de forma natural en el organismo humano o diversas sustancias alimenticias podían arrojar precipitados análogos. Recordaron que Elizabeth había cenado conejo con cebollas, y reprodujeron en el laboratorio un precipitado verde idéntico mediante una mezcla de caldo de cebolla y sulfato de cobre. Los peritos de la defensa no pretendieron demostrar que Elizabeth hubiese muerto de cólera morbo, sino rebatir que las pruebas analíticas fuesen concluyentes para determinar la presencia de arsénico. Varios facultativos añadieron que la sintomatología descrita encajaba a la perfección con aquella enfermedad infecciosa.

La defensa aportó asimismo testimonios sobre la vida cotidiana de la casa. La criada declaró que el cacao se había preparado enteramente en la cocina; tras la precipitada marcha de Elizabeth, ella misma se había bebido el resto de la taza sin padecer malestar alguno. Un joven sirviente confirmó que una mujer había acudido aquella noche del 3 de noviembre para que Donnall le extrajera una muela, motivo por el cual el cirujano se había ausentado del salón. Colegas y allegados describieron al acusado como un hombre caritativo y de intachable trato humano. Aquella semblanza moral no resolvía la cuestión material de la taza, pero formaba parte indispensable del cuadro ofrecido al jurado.

El folleto impreso aclara que el magistrado Charles Abbott resumió los hechos «de forma aproximada» en los términos allí recogidos. En su alocución, el juez planteó dos cuestiones nítidas e independientes: ¿había muerto Elizabeth envenenada? Y, en tal caso, ¿fue Donnall quien le administró la sustancia? Repasó minuciosamente las indisposiciones tras ambas veladas, el dictamen del doctor Edwards y las objeciones analíticas de la defensa. Respecto a la segunda pregunta, recalcó que nadie había visto quién sirvió la primera taza ni qué ingredientes contenía exactamente. El desplazamiento de Donnall por detrás de su suegra pudo haberle brindado una ocasión propicia, pero ningún testigo lo vio verter sustancia alguna. El magistrado recordó asimismo que la turbación ante un libelo anónimo o una presunta maniobra de evasión no equivalían inexorablemente a una confesión de culpabilidad.

Tras apenas veinte minutos de deliberación, el jurado regresó a la sala con un veredicto de no culpabilidad. La crónica no especifica si los miembros del tribunal concluyeron que se trató de una muerte natural, si descartaron el envenenamiento o si consideraron insuficientes las pruebas aportadas contra la persona de Donnall. El texto no autoriza a transformar el fallo en un certificado médico concluyente de inocencia, del mismo modo que las sospechas fiscales no podían elevarse a verdades de cargo. El proceso concluye en esa frontera irresoluble: una mujer fallecida tras dos visitas al hogar de su yerno; una serie de reacciones químicas y conductas inquietantes sometidas a debate; y un jurado que, llamado a juzgar la conducta de un hombre y no una hipótesis aislada, dictó su absolución.

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Transcripción y lectura del registro OCR íntegro de las 22 páginas impresas (8.834 palabras, SHA-256 a179a10836115d920a23ea98e4b98a5f3ac76ccca0ac9097962cd451260abe59). En el archivo digital de Wellcome, compuesto por 31 imágenes, la página 6 corresponde a la portada, la 7 a su reverso en blanco y las páginas 8 a 27 albergan el cuerpo del texto hasta la constancia del veredicto y el pie de imprenta; las cubiertas digitales, portadillas y guardas en blanco han quedado excluidas del análisis de la fuente. La portada consigna la edición de T. Besley en Exeter (1817), la apertura de sesiones en Launceston el 31 de marzo y la presidencia del magistrado Charles Abbott. El encabezamiento reza «on suspicion of poisoning» sin anticipar el desenlace; el último folio recoge el fallo de no culpabilidad tras una deliberación de unos veinte minutos. Las pruebas analíticas practicadas por Edwards arrojaron precipitados amarillos y verdes, si bien el arsénico jamás pudo ser reducido a su fase metálica elemental; los facultativos de la defensa rebatieron la especificidad de tales reacciones ante la posible interferencia de los alimentos ingeridos. La causa exacta del deceso permanece indeterminada en la fuente histórica. La Wellcome Collection cataloga la obra bajo la Marca de Dominio Público, permitiendo su libre reutilización para todo fin, incluidos los comerciales.

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