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Justicia y escándalos · Países Bajos históricos (Holanda)

La travesía de Hoogvliet

En los alrededores de Leerdam, una pesquisa judicial quedó sin culpable tras el hallazgo del cadáver de Friedrich Christian Munter cerca de un transbordador. Nueve años después, el comerciante Christoph Bleeker dio muerte al tratante de caballos Roelf Zeegers; fue entonces cuando una deposición agonizante y una confesión tardía vincularon ambos casos. El capítulo del Pitaval transmite este relato mediante una adaptación que sus propios compiladores señalan como posiblemente apócrifa; en él se da cuenta de la condena y el suplicio de Bleeker, sin que la autenticidad de la crónica haya podido comprobarse de manera independiente.

El perro se detuvo entre las cañas antes que los hombres. Un buhonero y los barqueros que lo acompañaban lo vieron rehusar la barcaza, volver a la misma orilla y ladrar hacia el embarcadero del transbordador de Hoogvliet. Al aproximarse, descubrieron un cuerpo desnudo, ya rígido, con señales manifiestas de violencia. Hubo que trasladarlo a la casa consistorial e intentar vanamente reanimarlo antes de poder dar inicio a las pesquisas. El Pitaval señala que reproduce aquí un relato publicado en Groninga en 1830 bajo el título de «Nemesis». Sus compiladores advierten de que la historia bien pudiera pertenecer al orden de lo apócrifo, aun cuando le reconozcan un posible trasfondo fáctico. Esta fuente sitúa el hallazgo en el último tercio del siglo XVIII, en la isla de Putten, en Holanda, y vincula dos homicidios separados por casi nueve años a través de las últimas palabras de un moribundo.

El tabernero de Spijkenisse reconoció en el difunto al más joven de los dos viajeros que había visto pasar jornadas antes. El compañero de mayor edad regresó pronto a la región; aseguró no conocer a la víctima sino por habérsela topado en el camino, y afirmó ignorar el rumbo que tomó tras despedirse. De las declaraciones se dedujo otro detalle: el joven había solicitado de nuevo el paso fluvial hacia Spijkenisse con el designio de alcanzar Geervliet antes del anochecer. No llegó jamás. Algunos viandantes describieron a un viajero cuyas ropas se correspondían con las de Munter, pero la filiación y el itinerario exacto siguieron envueltos en la penumbra.

El camino desembocaba junto a un transbordador poco concurrido, arrendado por la dueña de una hostería. Al hallarse los criados ocupados en la siega, dos marineros se ofrecieron a transportar al viajero en su propia barca. Declararon haberlo desembarcado en la orilla opuesta. Varios testigos creyeron divisar más tarde a este mismo hombre sobre el dique; ninguno, sin embargo, supo relatar a ciencia cierta lo que allí acaeció. El cadáver presentaba una contusión mortal en la cabeza, propinada con un instrumento romo. Según el dictamen de los facultativos consignado en el volumen, habían transcurrido unas veinticuatro horas entre la muerte y el hallazgo. La tempestad, la caída de la noche y la fuerza de la marea explicaban, a juicio del cronista, el desplazamiento del cuerpo hasta el carrizal.

La justicia interrogó a caminantes, barqueros y mesoneros. El hombre de más edad que se había apartado de Munter compareció ante los jueces; los marineros ratificaron la travesía. Ningún indicio permitió entonces dar con los culpables. Se procedió al arresto de diversos sospechosos, los cuales hubieron de ser liberados a falta de pruebas o tras presentar justificaciones exculpatorias. El tribunal de Putten se vio en la imposibilidad de esclarecer la autoría del crimen. En las páginas del Pitaval, la causa quedó estancada en un recodo del camino desprovisto de testigos concluyentes, precipitándose en un prolongado silencio judicial.

La narración se traslada entonces a Leerdam, donde Christoph Bleeker se había establecido como mercader de abarrotes. La vecindad lo apodaba el «grimmige Stoffe». El compilador lo describe como un sujeto taciturno y severo, de pública devoción, pero advierte que recibía en su morada al tratante de caballos Roelf Zeegers. Este último frecuentaba con exceso las tabernas y regresaba no pocas veces embriagado. Ambos hombres mantenían, según las observaciones que recoge el texto, una camaradería que sus allegados apenas lograban desentrañar. Bleeker guardaba reserva sobre sus años mozos; las hipótesis acerca de su servicio en la marina y su establecimiento bajo el patrocinio del príncipe de Orange no pasan de ser conjeturas del propio impreso.

A medida que se exacerbaban las rencillas entre los partidarios del estatúder y los patriotas, Bleeker pareció intervenir con mayor notoriedad en las tertulias políticas. Zeegers, en cambio, se desentendía de tales enconos, aun sin abandonar el bodegón donde se dirimían. En el curso de una noche de feria, una agria disputa los enfrentó a la vista de los demás parroquianos. Los presentes terciaron y ambos contendientes sellaron una reconciliación meramente aparente. A tenor de sus testimonios posteriores, Zeegers reanudó la conversación con ligereza, en tanto que Bleeker permaneció en silencio, clavando en él una mirada hosca. Tal cuadro procede del memorial retrospectivo, sin que permita franquear el umbral de las intenciones íntimas de ninguno de los dos.

Hacia la una de la madrugada, la clientela desalojó la taberna. Bleeker y Zeegers se demoraron todavía unos instantes. En un albergue situado frente a la vivienda de Bleeker, algunos testigos aún oían rumor de voces cuando la calle parecía ya desierta. De pronto, un alarido y un sordo golpe contra el suelo hicieron salir a los moradores. Hallaron a Zeegers tendido sobre los adoquines, con el semblante ensangrentado y el cráneo destrozado por graves heridas. Cuando recobró el sentido, señaló a Bleeker como su agresor e insistió en que nada había hecho para provocar el ataque. El cirujano dictaminó que las lesiones eran de necesidad mortales.

El ventero cruzó la calzada para dar aviso a las autoridades. En ese instante, un individuo abandonaba presuroso el zaguán de Bleeker. Varios hombres le dieron alcance al final de la calle: se trataba de Bleeker, ataviado con ropas de camino y cargando un pequeño fardo. La crónica consigna que, al ver a Zeegers malherido, reconoció haberle asestado el golpe. Quedó de inmediato bajo custodia. Al día siguiente, Zeegers halló arrestos para declarar ante la curia: sostuvo que su agresor había perpetrado con él, nueve años atrás, el asesinato de un viajero para robarle el caudal. Poco después expiraba. Aquella postrera confesión abría a la justicia una vía que ningún otro testimonio parecía capaz de corroborar.

Bleeker admitió haber asestado la contusión que causó la muerte a Zeegers, si bien negó toda intención de cometer homicidio. Imputó el hecho a la embriaguez, a una afrenta verbal y a una disputa sobrevenida de improviso ante su propio portal. Los testigos del bodegón no confirmaron el altercado callejero alegado por el reo; antes bien, recordaban la tregua pactada en la taberna y el sombrío mutismo de Bleeker durante el trayecto. Ciertos vecinos hicieron mención de comentarios sueltos de Zeegers, quien solía jactarse de que su socio jamás lograría desembarazarse de sus secretos compartidos. Bleeker negó tajantemente haber tenido participación alguna en la muerte de Munter, reduciendo la acusación del difunto a un postrer acto de rencor.

El tribunal de Putten sólo disponía, respecto al antiguo crimen, de la palabra de un agonizante, partícipe a su vez en la felonía que imputaba a su cómplice. El capítulo no consigna sentencia motivada alguna sobre la culpabilidad de Bleeker en el óbito de Munter con anterioridad a su confesión final. En cuanto a la muerte violenta de Zeegers, los magistrados desecharon de plano la tesis del accidente provocado por el vino. Fundamentaron su convicción en las circunstancias de la noche, las deposiciones de los testigos, las amenazas referidas y la fuga precipitada de Bleeker. El tribunal lo declaró reo de asesinato con premeditación y lo condenó a la pena capital.

Al aproximarse la hora del suplicio, Bleeker requirió ser interrogado de nuevo. Confesó entonces su participación material en el crimen de Friedrich Christian Munter. Conforme a esta declaración, él y Zeegers, oriundos de la misma aldea en las inmediaciones de Bolduque, servían antaño en la armada. Habrían coincidido con Munter en un mesón, conviniendo en franquearle el paso del Mosa, para luego urdir su perdición tras haber atisbado su bolsa de dinero. Según el tenor de la confesión transcrita, le dieron alcance sobre el dique, le asestaron un golpe contundente en la cabeza, le quitaron la vida a la vera del agua y arrojaron el cuerpo al río, fondeando sus vestidos y su zurrón con una piedra. Tras repartirse las monedas, continuaron su marcha.

Bleeker justificó más tarde sus largos años de convivencia en el terror continuo a que Zeegers revelase el crimen. La tardía confesión achacaba asimismo a la culpa y a la zozobra el porte austero y recogido con que Bleeker había vivido en Leerdam. Tales móviles son los que el compilador deduce al verter la confesión judicial, sin que conste el menor refrendo por parte de otros testigos. Ajusticiado Bleeker por la muerte de Zeegers, el texto concluye afirmando que sus últimas revelaciones arrojaban luz sobre el destino de Munter; no obstante, omite todo testimonio documental acerca de una revisión formal del sumario o de una sentencia emanada expresamente sobre el primer delito.

La feria de Leerdam presta su marco a un proceso que comenzó en el linde de un transbordador, con el despojo de un hombre innominado. Dos muertes que la justicia mantuvo inconexas durante cerca de una década acabaron entrelazándose en las últimas palabras del moribundo Zeegers y en la confesión atribuida a Bleeker en capilla. El tribunal pronunció el castigo de muerte por el degüello de Zeegers; la declaración postrera vino a disipar las sombras sobre la suerte de Munter, sin que el registro judicial dé fe de una resolución separada a este respecto.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El texto empleado procede del expurgo de un registro local por OCR del capítulo correspondiente en Der neue Pitaval. La fuente manifiesta adaptar un relato de Verhalen van geheime Misdaden (1830), bajo el título de Nemesis; los editores advierten expresamente sobre su condición de arreglo literario y su probable naturaleza apócrifa. No se ha tenido acceso a reproducciones facsimilares ni a las actuaciones judiciales originales. Los hechos se consignan conforme al testimonio de la fuente impresa, sin que puedan tomarse por verdades procesales históricamente corroboradas.

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