El 10 de septiembre de 1849 se halló en los cañaverales del Spree, entre Charlottenburgo y Spandau, un cuerpo decapitado. Quince pasos más allá yacía una cabeza destrozada, casi irreconocible. Los médicos que examinaron los restos concluyeron que un doble disparo de escopeta había destruido el cráneo y la masa encefálica, provocando la muerte; según su dictamen, la decapitación se había producido tras el disparo, probablemente de manera inmediata. Esta deducción ordenaba las heridas sin resolver la incógnita principal: las ropas parecían pertenecer a un hombre buscado por furtivismo y tráfico de caza, pero la identificación no convenció a todos. Cuando Franz Schall fue condenado a muerte, aún persistía una duda: ¿se había probado en verdad que hubiese dado muerte a Gottlob Ebermann, o sólo se había reunido en torno a él una cadena de indicios inquietantes? La causa no concluyó con el veredicto. Dos confesiones sucesivas, contradictorias en cuanto al móvil y a las circunstancias, motivaron una segunda investigación cuando la sentencia ya había sido confirmada.
El hallazgo del cadáver abrió múltiples pesquisas de manera simultánea. Los facultativos que examinaron el cuerpo advirtieron una herida por arma de fuego en la cabeza y una sección en el cuello. Las primeras diligencias atribuyeron la muerte al disparo; más tarde, el doctor Casper rebatió ciertos extremos de la autopsia y sostuvo una interpretación distinta de las lesiones. Dilucidar si el individuo había sido decapitado tras su fallecimiento o aún con vida se convirtió en motivo de controversia. La ausencia de los tatuajes esperados alimentó asimismo las dudas sobre la identidad de los despojos. Las prendas, los efectos personales y las testificales terminaron por hacer reconocer a Ebermann, mas varios juristas consideraron con posterioridad que la acreditación de su identidad distaba de ser irrebatible.
Charlotte Louise Glaser vino a enredar los primeros días de la instrucción. Se presentó bajo una identidad ficticia y afirmó reconocer al difunto como a su marido. Su relato incluía también el ataque de un varón rubio que la habría agredido. La crónica refiere estas declaraciones como una maniobra destinada a desviar la atención, si bien las pesquisas posteriores no permitieron dar por sentado cada detalle. Glaser fue desenmascarada como impostora; el hombre rubio jamás pudo ser identificado con certeza. Aquella falsa pista ya demostraba hasta qué punto un cadáver sin cabeza resultaba capaz de concitar los testimonios más convenientes.
Los pesquisidores dirigieron entonces sus pesquisas hacia el entorno de Ebermann. Este había frecuentado a Schall y a un individuo llamado Pfeffer, ambos conocidos en el hampa. Los tres hombres se habían tratado en prisión antes de salir en libertad con la amnistía de 1848. En poder de Schall se encontraron efectos atribuidos a Ebermann: un reloj, camisolas y un bastón. Cerca del lugar donde yacía el cuerpo se recogió una vara vinculada a Schall. Este ofreció explicaciones mudables acerca del reloj y las ropas; las deposiciones de Hanse, antigua compañera de Ebermann, contribuyeron a desmentir su versión.
El ministerio público articuló su acusación a la manera de una cadena inexorable. Hanse aseguraba haber visto a Ebermann junto a Schall en Berlín el 9 de septiembre, y haber presenciado la partida de ambos en dirección a Charlottenburgo. El reloj del occiso había sido empeñado por Schall poco después de su desaparición. En su morada se hallaron enseres de Ebermann, y diversos testigos lo situaron en las inmediaciones del paraje. Schall negó al principio haber acompañado a Ebermann. Justificó la posesión de aquellos objetos alegando transacciones pretéritas, mas incurrió en constantes variaciones. La acusación esgrimió asimismo sus apremios de dinero y su trato con prófugos; la defensa replicó que el pasado del procesado en ningún caso suplía la prueba material del homicidio.
Pfeffer ocupaba un lugar equívoco en este drama. Diversos testigos lo habían relacionado con Schall y Ebermann, pero el fiscal no sostuvo que hubiese participado en la muerte: los elementos de cargo no lo consentían. La defensa, por el contrario, pretendía ver en él al verdadero autor. Conjeturaba que Ebermann bien pudiera haber sobrevivido, que el cadáver perteneciera a un tercero o que Pfeffer hubiera dado muerte y decapitado a alguien con el deliberado propósito de incriminar a Schall. Ninguna de tales hipótesis llegó a probarse. Su predicamento nacía de la incertidumbre sobre la identidad del muerto y sobre el alcance de los indicios, no de una prueba fehaciente contra Pfeffer.
Un suceso imprevisto vino a trastocar el sumario. En agosto de 1851, Hanse resultó herida de un disparo. Atribuyó el atentado a un individuo a quien vinculaba con Pfeffer, si bien el reconocimiento reseñado en la causa pecaba de cautela. La vista hubo de aplazarse. A ojos de la acusación, el atentado parecía dirigido a silenciar a una testigo capital; para la defensa, reforzaba ante todo la sospecha de que otro hombre tenía fundado interés en acallar a Hanse. Estando Schall bajo custodia carcelaria, no cabía señalarlo como ejecutor material de la agresión. Las pesquisas no lograron esclarecer quién había jalado el gatillo.
Cuando la causa se ventiló por fin ante la audiencia criminal de Berlín, en 1852, Schall asumió su propia defensa con notable sagacidad. Rebatió la identidad del cadáver y el valor probatorio de los objetos reconocidos. Su letrado recordó que las señas corporales que debían figurar en Ebermann no aparecieron y que la ciencia médica se hallaba dividida. El reloj, argumentó, bien pudo haber cambiado de manos antes del crimen; una vara semejante a la de Schall no constituía una pieza insólita. Por lo demás, los testigos disentían acerca de las horas y los itinerarios. Al término de los debates, el presidente del tribunal resumió pormenorizadamente los elementos sin imponer su particular criterio.
Los miembros del jurado respondieron afirmativamente a la cuestión principal por una mayoría superior a siete votos. Desestimaron, no obstante, las variantes relativas a una coautoría o participación colectiva. La sala condenó a Schall por el asesinato premeditado de Ebermann a la pena de decapitación. Schall protestó por el trato dispensado a los testigos e invocó el juicio de Dios. Su recurso de nulidad fue desestimado en junio de 1852; seguidamente, elevó una súplica de gracia.
Antes de que la sentencia fuese confirmada, el tribunal regional dirigió al monarca un dictamen con reservas: a su juicio, ni la identidad de los restos ni la atribución del delito a Schall descansaban en pruebas directas suficientes. El fiscal Riem y el expresidente del jurado, Holzapfel, redactaron un contrainforme favorable al fallo, por juzgarlo sólidamente fundado en el concurso de las circunstancias. Corría el persistente rumor de que Ebermann seguía vivo; un tabernero creyó reconocerlo, pero el sujeto avistado resultó ser un viajero ruso. Ambos memoriales contradictorios fueron elevados a la Corona antes de adoptarse una resolución.
Mediante real ordenanza de 23 de diciembre de 1852, el soberano confirmó la sentencia; su publicación tuvo lugar el 10 de enero de 1853. Al día siguiente, tras ser enterado de la confirmación, Schall solicitó comparecer ante otro magistrado. Confesó haber dado muerte a Ebermann, si bien alegó haber obrado en legítima defensa: ambos habrían reñido a golpes, Ebermann habría sacado su escopeta amenazando con matarlo; los dos cañones se habrían disparado en el forcejeo y, acto seguido, Schall le habría seccionado la cabeza ignorando que su camarada ya no respiraba. Los peritos médicos descartaron de plano tal dinámica, considerándola del todo imposible. El confesor tampoco advirtió en él muestras sinceras de arrepentimiento. El aparato judicial no incoó un nuevo procedimiento ordinario, habida cuenta de que el fallo era firme e inapelable y de que Schall no deducía recurso de revisión ni pedimento de gracia alguno.
El 10 de febrero, en vísperas de subir al cadalso, Schall prestó una última declaración. Confesó haber liquidado a Ebermann a sangre fría, movido por la codicia y el afán de librarse de él; una disputa originada en el plan de saquear la cripta de Mirow habría hecho estallar la discordia. Reconoció haber disparado contra Ebermann para luego cercenarle la cabeza. En esta ocasión, omitió toda alusión a la legítima defensa. Detalló asimismo un robo perpetrado en Mirow en compañía de Pfeffer y otros cómplices, aunque la compilación observa que su relato entremezclaba precisiones verídicas con elementos presumiblemente urdidos para sembrar la confusión sobre la fecha del crimen. Semejante confesión postrera no pudo ser verificada en todos sus extremos.
El 11 de febrero de 1853, Schall fue ejecutado en el penal de Moabit. Ante los testigos allí congregados, proclamó haber dado muerte a Ebermann con premeditación y demandó el perdón de cuantos hubiese agraviado. El cadalso puso término material a la causa, mas no desvaneció las sombras que gravitaban sobre el sumario. La propia crónica no oculta los reparos de aquellos juristas que juzgaron insuficientemente probadas tanto la identidad de los despojos como la culpabilidad de Schall, al tiempo que da cuenta de la confirmación definitiva del fallo. Entre la negativa inicial, la tardía excusa de la legítima defensa y la postrera confesión de una muerte a sangre fría, la palabra del reo mudó en repetidas ocasiones. La justicia, por su parte, se atuvo invariablemente al veredicto del jurado y a la confirmación de la Corona.
