El 20 de marzo de 1855, una escalera arrimada a la ventana de un pabellón berlinés atrajo las miradas de los transeúntes. Los vecinos de la finca deseaban comprobar si su convecina, una costurera a la que no veían desde hacía varias jornadas, se hallaba en su morada. La puerta permanecía cerrada; se temía algún desfallecimiento. A través del cristal, descubrieron el cuerpo inerte de Dorothea Storbeck suspendido de una soga, en una estancia donde todo parecía guardar orden riguroso. Los primeros médicos personados en el lugar creyeron hallarse ante un suicidio. El hallazgo posterior, empero, desplazó la causa de la desesperación al homicidio premeditado.
Storbeck, de unos treinta años de edad, tenía alquilada una habitación en una casa de la Anhaltische Communication, paso todavía poco transitado entre las puertas de Anhalt y de Halle. La puerta exterior de la vivienda estaba cerrada con llave, si bien esta se hallaba puesta en la cerradura; la interior tan solo permanecía entornada. Una cuerda ceñía su cuello y remataba con un nudo en el picaporte de una alacena de cocina. El hombro derecho rozaba la puerta y la espalda daba frente a la estufa. Una mancha de sangre teñía el entarimado junto a la jamba; había cabellos pegados a la sangre y un peine yacía a corta distancia.
Los facultativos advirtieron en el lado izquierdo del cuello un surco profundo de estrangulamiento que discurría bajo la mandíbula y tras las orejas. El lazo no se había ajustado por su propio peso. En la autopsia, los peritos concluyeron formalmente que Storbeck había perecido estrangulada y sofocada. Aquel dictamen médico desmentía la impresión inicial, mas no revelaba quién había anudado la cuerda ni qué había acontecido en el cuarto antes de la muerte.
Las últimas horas conocidas de la costurera correspondían al domingo 18 de marzo. Durante la tarde, una parroquiana acudió a encargarle una labor y la notó desasosegada, con el rostro más encendido de lo habitual. Poco después de las cuatro, un carpintero creyó haberla visto por la calle del brazo de un desconocido. Tras aquel momento, nadie pudo asegurar haberla visto de nuevo con vida. Por la noche, hacia las diez, una joven sirvienta de la vivienda contigua oyó un alarido o un sollozo en la alcoba de Storbeck; supuso que la costurera tal vez había tropezado con algún mueble y, como el sereno clausuraba por entonces el inmueble, no salió a inquirir.
Las pesquisas no tardaron en dirigirse hacia un joven que ya trataba con familiaridad a la víctima. Georg Kurt Dietrich Putlitz, de veinte años de edad, se había instruido en el oficio de guardabosques, pero arrastraba en Berlín una existencia desarraigada. Había visitado en repetidas ocasiones a la costurera; la crónica conjetura que mantenían trato íntimo, sin que el testimonio directo llegara a acreditarlo plenamente. Su familia, de rancio abolengo nobiliario, se indignó por la deshonra pública de su apellido. La fuente, no obstante, puntualiza que no era oficial ni heredero de bienes de fortuna: era hijo natural de una mujer soltera, y tanto su madre como su abuela subsistían en la precariedad.
Las deudas de Putlitz pesaban con mayor contundencia sobre la causa. Debía alrededor de quinientos táleros a artesanos y mercaderes, y regresaba a Berlín tras haber abandonado una plaza forestal. Un zapatero que le había suministrado calzado le apremiaba con los pagos. Tal estrechez volvía verosímil la búsqueda de fondos, mas el expolio nunca pudo demostrarse. Dos sortijas y los pendientes permanecían aún en el cadáver; se ignoraba el dinero que Storbeck pudiera guardar antes de morir, y tan solo se hallaron siete peniques. El pliego acusatorio únicamente le imputó haber dado muerte deliberada a la mujer, no haberla despojado de sus bienes.
Detenido el 21 de marzo, Putlitz rindió una primera declaración ante la policía tres días más tarde. Relató que había penetrado en la estancia de Storbeck hacia las nueve de la noche y que se había encendido una disputa a propósito de un retal vendido el año precedente para una chaqueta, el cual él había hecho pasar por lana siendo de algodón. Conforme a su relato, los reproches de Storbeck degeneraron en reyerta; ella intentó golpearlo y él la asió por el cuello para defenderse. Ambos cayeron por tierra. Aseguró haber apretado la garganta hasta que la víctima cesó de debatirse, percatándose entonces de que yacía sin vida.
En esta primera versión, Putlitz declaró haber movido el cuerpo y atado una soga al pestillo para simular un suicidio. Sostuvo no haber sustraído efecto alguno y haber vagado por las calles antes de reunirse con su madre a deshora. Dos jornadas más tarde, ante el juez instructor, ratificó dicha confesión. El detalle más incriminatorio resultaba ser el más contrastable: la disposición del cordel, las manchas de sangre y el estado general de la pieza coincidían puntualmente con sus descripciones.
El 28 de marzo, no obstante, se retractó de sus declaraciones. Alegó haber urdido aquella patraña para obtener la libertad de su madre y de su tío, a quienes suponía arrestados, así como para amparar a su anciana abuela enferma. El comisario instructor negó haberle prometido excarcelación alguna a cambio de una confesión. Putlitz aseveró a renglón seguido no haber visto a Storbeck en toda la noche del crimen y bosquejó un itinerario alternativo por diversas tiendas y tabernas. Los testigos no corroboraron varios de los encuentros alegados; el dueño de un mesón y otros comparecientes lo situaron en parajes distintos o manifestaron no recordar su presencia.
Durante varias semanas, los investigadores rastrearon vestigios materiales para deshacer aquel choque de versiones. Un joven con atuendo de guardabosques había comprado una cuerda en la cordelería de Guttschmidt dos días antes de la muerte de Storbeck. Guttschmidt no pudo aseverar en estrados que el comprador fuera Putlitz, aunque describió una indumentaria semejante a la suya. Su criada, Henriette Hamann, reconoció en cambio con absoluta certidumbre al preso al celebrarse la rueda de reconocimiento: era, sin vacilar, el hombre que había adquirido el cabo. La soga hallada al cuello de la costurera procedía inequívocamente de aquel mismo taller. A la vista de tales datos, el ministerio fiscal elevó la acusación a la categoría de asesinato.
La vista oral, abierta el 31 de julio, congregó a un gentío inusitado. Putlitz mantuvo una compostura serena y rebatió los cargos con soltura de ánimo. Los facultativos reiteraron la imposibilidad del suicidio. La doméstica de la casa colindante confirmó el rumor escuchado poco después de las diez; otros indicios del aposento, singularmente el candil consumido y los restos de un té servido, probaban que Storbeck había recibido visita antes de expirar, mas por sí solos no demostraban que aquella visita fuera la de Putlitz.
La acusación descansó sobre el hallazgo de la soga, el testimonio inequívoco de Hamann, las deudas del reo, sus mudanzas de declaración y la precisión inicial de sus confesiones. La defensa recordó que los reconocimientos practicados tras el clamor público del crimen adolecen de fragilidad, que Guttschmidt jamás reconoció con certeza a su parroquiano y que la confesión había sido retirada. Su letrado adujo que los agentes habían soplado al acusado los pormenores del escenario. La policía replicó que el reo había permanecido bajo estricta vigilancia y no había podido pisar el aposento desde el 18 de marzo. La crónica del Pitaval reproduce estas posturas sin incorporar las actas literales que permitirían contrastar cada alegato.
El intento de coartada sobrevino de forma tardía. En la tercera sesión del juicio, Putlitz señaló entre el público a Bertha Schulz, una moza conocida de los tribunales, afirmando haber pasado con ella la hora fatídica. La aludida confirmó al principio su versión, para dudar poco después y alterar el cómputo de las horas; su deposición dejó de suministrarle coartada para el instante del crimen. Al término de la audiencia quedó arrestada bajo sospecha de falso testimonio. El tribunal no podía tener semejante revés por prueba concluyente, pero el incidente desnudaba la desesperada maniobra final del procesado.
El jurado debía decantarse entre tres tipificaciones: homicidio en arrebato, homicidio voluntario o asesinato premeditado. Optó por esta última. El tribunal condenó a Putlitz a la pena capital por decapitación. El relato subraya el aplomo del reo al escuchar la sentencia, menciona la interposición del recurso de casación y evoca su conducta hasta el cadalso, sin precisar fecha ni detalles de la ejecución. Tampoco da por acreditado el móvil del robo. La condena recayó estrictamente sobre el asesinato de Dorothea Storbeck.
La causa quedó así sellada bajo una certidumbre judicial más sólida que la impresión primera de los médicos, pero con un móvil sumido en la penumbra. Putlitz había ofrecido de entrada una versión minuciosa para repudiarla después; la prueba material de la cuerda y el testimonio de la criada apuntalaron la acusación, mientras la identificación del maestro cordelero permanecía en duda. La relación del Pitaval suele mudar la conducta del procesado en semblanza moral. Conviene guardar cautela ante semejante tono: lo juzgado por el jurado, lo afirmado por los testigos y las interpretaciones del recopilador no pertenecen al mismo orden de hechos.
En aquel aposento casi en orden, la soga pareció en un principio la más sencilla de las explicaciones: Storbeck habría querido acabar sus días en soledad. El escalpelo forense deshizo tal engaño; a la justicia le correspondió averiguar quién había urdido con aquella cuerda una postrera mentira. La acusación fue tramándose a fuerza de pequeños indicios, una confesión desmoronada y el testimonio que identificó al comprador de la soga. El veredicto falló asesinato. No obstante, al concluir la crónica, ni el despojo ni el resentimiento amoroso figuran como certezas jurídicas. Una mujer yacía muerta, un hombre fue ajusticiado, y el lazo que los unió en aquella aciaga velada jamás se dejó reducir a una sola verdad.
