A finales de diciembre, Ellen Riosn escuchó un leve rumor bajo su cama. Encendió una vela y halló a un niño acurrucado en la penumbra, vestido apenas con su camisón. Le pidió pan. Se hallaba tan extenuado que la vecina creyó vislumbrar a una criatura ya consumida por el hambre. Unas semanas más tarde, el 16 de febrero de 1867, volvió a verlo en la misma casa; falleció poco después. Sin embargo, en el juicio no fue un solo testigo quien desgranó la historia completa, sino una sucesión de retazos testimoniales —unos atisbados desde una ventana, otros evocados a destiempo—, conducidos todos a un mismo interrogante: ¿quién respondería por la negligencia que arrastró al niño hasta la tumba?
La causa se ventiló en el Central Criminal Court de Old Bailey el 8 de abril de 1867. John George Conde y Mary Conde, su esposa, comparecían acusados del asesinato deliberado de William Conde. Las actas impresas presentan a la procesada como madrastra del menor; John, por su parte, había admitido ante el juez de instrucción forense ser su padre biológico. El juicio no culminó en una condena por asesinato. Con todo, ambos acusados abandonarían el estrado con resoluciones dispares.
Ellen Riosn ocupaba una pieza en alquiler en el mismo inmueble. Apenas había visto a William en dos ocasiones. La primera, a finales de diciembre, cuando el pequeño se ocultó bajo su lecho; parecía débil, enflaquecido, y suplicaba un pedazo de pan. La segunda tuvo lugar el mismísimo día de su deceso. Creyó entonces reconocer una agonía causada por el hambre, mas el sincero reconocimiento de sus límites testimoniales pesó tanto como su desvelo: ausente casi todo el tiempo entre ambos encuentros, jamás había presenciado las comidas ni el curso cotidiano de aquella familia.
Su declaración preliminar suscitó un debate procesal. El abogado de la defensa impugnó las palabras pronunciadas por el niño en ausencia de los acusados. El juez resolvió que la súplica fuese admitida en tanto que manifestación elocuente de su estado material —una petición perentoria de sustento— y no como una relación factual cuyos pormenores debieran tomarse por prueba incontrovertible. De suerte que la petición de pan quedó incorporada al debate, desestimándose la tacha defensiva.
Jane Tucker habitaba en la acera de enfrente. Aseveró haber divisado a William desde su ventana en reiteradas ocasiones, en pie junto a la pared, a veces durante horas enteras. Rara vez lo veía apartarse de aquel rincón; cuando la mujer abandonaba el cuarto, el muchacho solía tomar asiento, para incorporarse de inmediato en cuanto ella regresaba. Tucker no se hallaba dentro de la estancia. Vigilaba desde la otra orilla de la calle, sobre todo en las horas que pasaba en casa, comúnmente por la tarde. La distancia le permitía distinguir la postura del chico y a los demás párvulos en torno a la mesa, mas no escuchar las palabras que se le dirigían cuando ella apartaba la vista.
Según su testimonio, los demás niños comían mientras William permanecía apartado; jamás lo vio recibir alimento alguno. La defensa la interrogó con minuciosidad sobre la disposición de los vanos, las horas de sus salidas y su labor como visitadora parroquial. Hubo de puntualizar que no pasaba el día asomada y que reparó en el chico porque saltaba a la vista su lastimoso estado.
Mary Voller, la propietaria del edificio, había visto al niño contadas veces. Declaró que le había suplicado pan y agua, que ella se los había procurado y que el menor comía con desesperada avidez. Había escuchado llantos que juzgaba provocados por golpes, sin poder discernir siempre de qué criatura provenían. Refirió un episodio en el que vio castigarle con una caña; este lance fue corroborado por Caroline Murray, otra inquilina presente en aquella ocasión. Murray precisó que William había tomado pescado seco y patatas de una alacena y que Mary Conde lo había azotado por ello. Añadió haber oído, durante meses, los alaridos de un niño en quien reconocía a William.
Murray había llamado asimismo la atención de un guardia montado hacia las magulladuras en los brazos de William. John Conde exhibió entonces al muchacho en plena vía pública para sostener que no pasaba hambre. Tras aquel altercado, relató la testigo, no volvió a inquirir sobre el origen de los lamentos: la familia se había mostrado agriamente ofendida. El recuerdo de aquella intervención malograda convergía de este modo con el eco de los golpes que atravesaban el tabique.
Eliza Hawke, quien había ocupado otra habitación del inmueble, confirmó que escuchaba a menudo una suerte de gemido sofocado. Creía identificar la voz de William. Afirmó haberlo visto consumido y haberle ofrecido pan con mantequilla cuando imploraba en el patio. Los otros muchachos, según dijo, parecían mejor alimentados. En cierta ocasión, rogó a la patrona que subieran juntas para interceder; Voller se negó y Hawke no se atrevió a subir en solitario.
Mary Wood evocó un tiempo aún más pretérito: cuando residía junto a la familia cuatro años atrás, William ya le parecía enjuto y quebradizo. Otra vecina, Caroline Jane Brabham, describió a un muchacho a quien recordaba de pie junto a una ventana, asustado y aislado de los suyos; situó el suceso con cinco años de distancia. Ambos recuerdos se remontaban mucho antes de las postreras semanas del niño.
El cirujano George Charles Kernott fue requerido el sábado 16 de febrero, poco antes del mediodía. Encontró a William todavía con vida, sumamente postrado, con el cuerpo frío, y le administró estimulantes. Conforme a su testimonio, la criatura expiró pocas horas después. El juez de instrucción forense ordenó la autopsia. El facultativo describió un cadáver en extremo consumido, con el estómago casi desierto y absoluta ausencia de panículo adiposo subcutáneo; apreció, asimismo, leves contusiones. Concluyó que el óbito obedecía a la inanición y estimó que los castigos reiterados pudieron agravar el declive de un cuerpo privado de sustento. Tal dictamen no carecía de salvedades: en el contrainterrogatorio reconoció una afección pulmonar incipiente y evitó jurar con absoluta certidumbre que el menor no hubiera perecido de dicha dolencia. Con todo, perseveró en que la privación de víveres constituía la explicación más plausible del cuadro hallado.
El letrado Besley apremió a Kernott en este extremo. ¿Podía aseverar con rigor que las comprobaciones de la necropsia descartaban una muerte debida a la afección pulmonar? El perito distinguió un mal que apenas principia de una enfermedad prolongada capaz de caquectizar a un paciente. Interrogado a renglón seguido sobre los fundamentos de su opinión, reiteró la falta de tejido graso, la vacuidad gástrica y el estado de las demás vísceras. Su veredicto pericial continuó siendo la inanición, mas la duda sembrada quedó asentada en autos. Kernott puntualizó asimismo que jamás había sido sometido con anterioridad al interrogatorio de un defensor.
John Conde había prestado declaración ante el magistrado instructor, texto que fue leído en la sala a requerimiento de la defensa. En él sostenía que William era hijo suyo, que había padecido escarlatina unos meses antes y que él mismo había atravesado un largo desempleo previo a su ocupación en el patio de picapedreros de la parroquia. Hacía mención de las raciones y socorros percibidos, afirmaba que el niño comía más que sus hermanos e insinuaba haber visto a su esposa maltratarlo. Aseveraba también que William había estado jugando en la calle el viernes, que cayó enfermo poco después y que expiró tras la visita médica del sábado. Sin embargo, en esa misma deposición aseguraba que el muchacho llevaba seis meses sin franquear la puerta de la casa, salvo para asomarse al patio.
Tras la clausura de las pruebas testificales, el tribunal falló que no procedía trasladar al jurado acusación alguna por asesinato. La defensa únicamente hubo de responder ante los legos de un cargo de homicidio involuntario por negligencia culpable. El jurado halló a Mary Conde culpable de este extremo y la corte le impuso la pena de doce meses de reclusión. John Conde resultó declarado no culpable. Así, los dos encausados por asesinato no compartieron el mismo destino procesal: solo recayó condena sobre Mary, y únicamente en calidad de homicidio imprudente.
La crónica judicial concluye en este punto: un año para Mary y la absolución para John. No sigue el cumplimiento de la condena ni el destino de los otros hijos. Al abrirse la vista, Ellen relató lo que una humilde vela le había revelado al pie de su cama. Otras mujeres aportaron la mirada atenta desde una ventana, el llanto tras el tabique o un trozo de pan entregado en el patio. Aquella casa desgranó sus testimonios. En la primera declaración, el ruego no era más que el clamor de un niño hambriento: pan.
