En Perth, el 5 de agosto de 1600, el rey Jacobo VI de Escocia tomó asiento a la mesa de la casa de los Ruthven tras una mañana de caza. Había acudido acompañado por una escasa comitiva. Su anfitrión, John Ruthven, conde de Gowrie, había dispuesto el almuerzo; su hermano menor, Alexander, acababa de regresar de Falkland, donde había departido a solas con el monarca. Poco después de la colación, Jacobo subió a una galería. Cuando reapareció asomado a una ventana, con el rostro encendido y desprovisto de sombrero, comenzó a gritar que intentaban asesinarlo.
Tal es el cuadro que revelan las declaraciones recopiladas por George Borrow, las cuales fueron presentadas ante el Parlamento escocés tras la muerte de ambos hermanos. Su relato acusa a los Ruthven de haber atraído a Jacobo hasta una estancia con el propósito de secuestrarlo o quitarle la vida; la Corona los hizo declarar traidores de manera póstuma. Esta condición de reos difuntos no es un detalle menor: ninguno de los dos hombres pudo comparecer para replicar a los testigos cuyas palabras habrían de fijar la versión oficial de los hechos.
La jornada había comenzado antes del alba. Andrew Henderson, chambelán del conde, recibió la víspera la orden de acompañar a Alexander Ruthven a Falkland. A las cuatro de la madrugada, partió en compañía de otro hombre. El rey se disponía a salir de caza cuando el joven Ruthven le dio alcance. Tras una conversación de un cuarto de hora, despachó a Henderson de vuelta a Perth con un mensaje: Jacobo acudiría a almorzar a casa de su hermano, escoltado por un séquito reducido.
Henderson llegó alrededor de las diez. El conde le inquirió qué había dicho el soberano, de qué manera había acogido a Alexander y cuántos monteros cabalgaban a su lado. Acto seguido, ordenó a su chambelán que se vistiera con su cota de malla y mangas de acero. Al preguntarle la razón de tal atavío, respondió que debían apresar a un montaraz de las Highlands cerca de la puerta de Shoe Lane. La explicación distó de tranquilizar a Henderson. Más tarde, durante el almuerzo, recibió una nueva orden: pertrecharse de casco y guanteletes.
El rey hizo su entrada en Perth con Alexander, el duque de Lennox y varios acompañantes. El duque refirió que, durante el camino, Jacobo le había confiado la existencia de un tesoro oculto: el hermano de Gowrie aseguraba haber descubierto a un hombre en posesión de una jarra colmada de viejas monedas de oro. El monarca manifestaba su deseo de examinar semejante hallazgo. Lennox recelaba de aquella patraña; el rey, no obstante, prosiguió la marcha. Borrow reproduce este pormenor sin poder dilucidar su sentido exacto: el oro bien pudo servir de señuelo, o bien no fue más que una fábula urdida a posteriori para conferir coherencia a un encuentro que siempre permaneció en la penumbra.
En la residencia, el yantar transcurrió al principio en presencia de varios testigos. Se hizo esperar largamente el vino y, más aún, la comida del soberano. Concluido el servicio, el conde se retiró unos instantes junto a Jacobo. Regresó poco después para comunicar a los gentileshombres que el rey había partido por la puerta trasera y que podían alcanzarlo. El portero aseveró que dicho portón estaba atrancado y que Jacobo no había salido por allí. El conde porfió en su versión y echó a andar hacia la calle junto con los demás, mientras la zozobra cundía en el patio.
El duque de Lennox y el conde de Mar escucharon entonces una voz que clamaba sobre sus cabezas. En la ventana de un torreón distinguieron a Jacobo sin sombrero, con el semblante enrojecido y una mano junto a la boca. Demandaba auxilio a gritos e invocaba la traición. Los hombres corrieron hacia la escalera de caracol. La puerta del aposento alto resistía los embates. La aporrearon con una escala, que acabó partiéndose, y luego mandaron traer martillos. Fue menester forzar el paso a la fuerza.
El chambelán Henderson ya se encontraba en el interior. Alexander lo había conducido hasta allí y lo había encerrado en un pequeño gabinete, después de que el conde le instara a permanecer junto a su hermano y prestarle obediencia. Henderson vestía armadura, espada y daga, pero carecía de celada. Relató que se había arrodillado a rezar, persuadido de que se cernía una desdicha. Alexander regresó sujetando al monarca por el brazo. Tomó el arma de Henderson e intimó a Jacobo a seguirlo en calidad de prisionero, invocando la memoria de su padre, William Ruthven, ejecutado en 1584.
El rey contestó, según el testimonio, que él no gobernaba aún cuando William pereció y que no toleraría ser atado. Alexander aseguró que no atentaba contra su vida, sino que pretendía obtener una promesa en favor de su hermano. Salió de la estancia, echó el cerrojo y dejó a solas a Jacobo con Henderson. Cuando el rey preguntó al chambelán qué hacía allí, este le respondió que lo habían encerrado como a un perro. El soberano quiso abrir la ventana. Alexander reapareció y se abalanzó sobre él; Henderson declaró haber arrancado una liga con la que pretendían maniatarlo. El rey y el muchacho forcejearon hasta el alféizar. Henderson logró alzar el postigo y Jacobo prorrumpió en gritos.
John Ramsay, un cortesano que portaba el halcón real, irrumpió en la cámara en el fragor de la refriega. Aseguró haber herido a Alexander con su espada, después de que el monarca le conminara a asestar los golpes abajo porque su adversario llevaba jubón acolchado. Jacobo empujó a Alexander hacia la escalera. Otros hombres se precipitaron al interior de la casa. Sir Thomas Erskine refirió que Alexander, malherido en el rostro y el cuello, bajaba los peldaños balbuceando que ignoraba lo que estaba ocurriendo. Quienes lo rodeaban lo tildaron de traidor y lo acometieron. Expiró antes de que el rey lograse salir.
Gowrie, por su parte, se hallaba en la calle rodeado de hombres armados. Las versiones de los testigos no concuerdan en cada detalle, mas coinciden en que regresó hacia la mansión con el yelmo calado y una espada en cada mano. El chambelán Henderson lo vio junto a la entrada. Lennox relató que el conde negó en un principio tener noticia de lo sucedido, para luego abrirse paso violentamente hacia el interior. Erskine le salió al paso en la escalera; el conde lo atacó y lo hirió en una mano. Ramsay y los hombres del rey respondieron al embate. Gowrie cayó herido de muerte. En medio de la confusión, los suyos pudieron por fin rodear al soberano.
Las voces que articulan esta escena pertenecen casi en su totalidad al bando regio. La acusación contaba con los testimonios de Henderson, Lennox, Mar, Ramsay, Erskine, el portero y otros muchos declarantes; veintidós declaraciones complementarias corroboraban ciertos extremos o aportaban detalles accesorios. No obstante, los hombres a quienes incriminaban yacían muertos. El Parlamento no los juzgó en un proceso contradictorio: el 15 de noviembre examinó un acta de traición dirigida contra sus herederos y declaró culpables a los hermanos a título póstumo.
La sentencia rebasaba sus personas físicas. Confeccionaba la confiscación de sus bienes, borraba su nombre y memoria, abolía sus blasones y conculcaba los derechos de su linaje. Los hermanos supervivientes y sus descendientes perdieron la facultad de heredar o de ejercer cargos públicos. Incluso antes de que se pronunciara este fallo, tres criados del conde habían sido ajusticiados en Perth. El proceso transformó así el violento fin de dos jóvenes nobles en la proscripción inapelable de una casa entera.
Henderson, consumada la lucha, regresó a su hogar y anduvo largo tiempo vagando cerca del puente. Su esposa le preguntó qué había acaecido en la mansión. Él le respondió que, de no haber mediado su presencia, el rey habría recibido dos estocadas, y añadió después que lamentaba profundamente lo ocurrido. Esta breve respuesta, consignada en el cuerpo de las declaraciones, aúna el alivio de haber salvado al soberano y la pesadumbre de haber visto perecer a los dos hermanos a quienes servía. No despeja el enigma de Perth, pero deja entrever aquello que las sentencias no lograron extinguir: una jornada iniciada con un recado de caza había concluido en sangre, con una estirpe proscrita y una versión oficial a la que ninguno de los acusados podía ya replicar.
