En la tarde del 5 de febrero de 1828, unos obreros que lavaban algodón a bordo de una barcaza oyeron, a orillas del Sena, la voz de un niño que gritaba «no». Pocos minutos después, divisaron a una mujer que caminaba por la calzada; esta negó haber escuchado nada y prosiguió su camino. De pronto, los gritos se reanudaron, esta vez muy cerca. Un joven criado y dos pescadores corrieron hacia el agua. Sacaron de la corriente a un muchacho exhausto, que no recobró el conocimiento hasta ser trasladado a la casa de un vecino de Ruan. Cuando le preguntaron cómo había caído al río, señaló a su madre.
Los primeros operarios trabajaban en una embarcación, al pie de la calzada de los Curandiers. Se hallaban a cerca de doscientos pasos del lugar de donde procedía la voz. Creyeron oír a un niño llamar a «mi pequeña Désirée» y decir que ya no la veía. No pudieron distinguir con claridad a la mujer que pasó después por la calzada. Ante su pregunta —si había visto a alguien en el Sena—, ella contestó que no comprendía a qué se referían y que no había oído nada. Aseguró no venir de la dirección que le señalaban y se alejó con premura.
Los nuevos clamores hicieron salir a un joven criado de la casa de su amo y atrajeron de nuevo a los obreros hacia la orilla. El niño se debatía en la corriente. Dos pescadores que descendían el río en barca acudieron a toda prisa y lograron sacarlo del agua. Había perdido el sentido. Lo trasladaron a casa de un vecino apellidado Delahaye, donde le prodigaron cuidados; solo al cabo de dos horas recobró el conocimiento. Fue entonces cuando pudieron interrogarlo acerca del peligro del que acababa de escapar.
Joseph Dubord, de seis a siete años de edad, relató que su madre lo había llevado hasta la orilla del río y lo había empujado a las aguas. La crónica de Champagnac atribuye estas palabras al muchacho durante las primeras pesquisas, y luego ante el comisario y el juez de instrucción. El texto recoge asimismo las negativas iniciales de la mujer Dubord y la confesión que prestó con posterioridad. Conviene mantener deslindados el testimonio del niño y las declaraciones de los demás testigos, aun cuando la causa fuera juzgada por el Tribunal de lo Criminal.
Aquella misma mañana, su madre le había pedido que se levantara para ir a trabajar a casa de Morel, un hilador. Joseph no había acudido; había pasado el día jugando con otros muchachos. Al anochecer, la mujer Dubord lo encontró en la plaza de Saint-Sever, lo tomó de la mano y lo condujo a lo largo de la ribera, hacia la pequeña calzada de Quevilly, frente a la casa de Alexandre. El niño declaró que ella lo había agarrado del brazo y arrojado al Sena. Logró en un primer momento salir a flote y asirse a las faldas de su madre; afirmó que ella lo empujó de nuevo al agua. La corriente lo arrastró hasta que los pescadores acudieron en su auxilio.
La mujer Dubord era viuda desde el 15 de enero y tenía tres hijos. Joseph era el único que vivía con ella; otro se hallaba con su abuela y el tercero con su cuñado. Su esposo había fallecido hacía menos de un mes. El relato refiere que la mujer ya había cumplido un año de prisión por hurto y que recibía a un hombre casado, Ballières, en el mismo lecho donde también dormía su hijo. Estos elementos conformaban el cuadro moral trazado por Champagnac, si bien no bastaban por sí solos para esclarecer las circunstancias materiales del intento de homicidio del 5 de febrero.
En los primeros interrogatorios, la madre negó los hechos. Al enterarse de que su hijo seguía con vida y que, por ende, estaría en condiciones de declarar, pidió comparecer nuevamente ante el juez de instrucción y reconoció la agresión, según el cronista. Explicó que deseaba deshacerse del pequeño; la fuente describe esta declaración como una confesión y sitúa en ella el móvil principal. También se hicieron constar episodios precedentes: Joseph había declarado que, cuando tenía unos tres años, su madre ya había intentado ahogarlo, tentativa que su padre logró impedir. Ello no deja de ser el testimonio del menor, recogido en el curso del sumario.
Antes de este suceso, Joseph había estado ingresado en el hospicio. No había regresado con su madre sino quince días antes. Esta había explicado al comisario que el chico se negaba a trabajar y había contemplado la posibilidad de enrolarlo en la marina. El hospicio se lo había devuelto; la marina lo había considerado demasiado joven para subir a bordo. Estas gestiones, tal como las presenta Champagnac, preceden de cerca a la escena del Sena y permiten comprender las alternativas que barajaban los adultos, sin que el niño tuviera potestad alguna sobre las decisiones que afectaban a su existencia.
Ballières compareció en calidad de testigo. Hilador de veintiocho años, declaró no haber tenido conocimiento alguno del crimen y haber protegido al menor en varias ocasiones cuando su madre lo maltrataba. La noche del 5 de febrero, hacia las once, le había preguntado a la mujer Dubord dónde se encontraba el muchacho. Ella le había respondido que lo ignoraba y que creía que se había marchado a Gisors. Ballières le había objetado que un niño de seis años no podía realizar semejante trayecto a solas y que a buen seguro lo traerían de vuelta al día siguiente. Negó haberle aconsejado jamás arrojar a Joseph al agua; afirmó haberle sugerido recurrir al hospicio o a la marina.
La mujer Dubord tomó la palabra a continuación, anegada en llanto. Declaró haberse encariñado con Ballières y haberle preguntado si consentiría en vivir con ella si ya no tuviera hijos a su cargo. Según su versión, él le habría contestado que era preciso internar al niño en el hospicio o colocarlo en la marina. Al no saber dónde meterlo, afirmó, lo había precipitado al río; no obstante, añadió que Ballières nunca le había aconsejado quitarle la vida. Esta declaración vincula la confesión a una conversación previa, pero no transforma el proyecto de acogida en una orden homicida: Ballières rechazó toda incitación y la fuente no consigna que fuera procesado por la tentativa.
El juicio se celebró el 23 de mayo ante el Tribunal de lo Criminal del Sena Inferior. Los testigos corroboraron las principales circunstancias del auto de acusación. Ballières reiteró en la vista que ignoraba el crimen y que jamás había deseado la muerte del menor. El fiscal general expuso los elementos que, a su juicio, acreditaban la premeditación; el letrado designado de oficio para la defensa intentó desvirtuar dicha calificación jurídica. El jurado respondió afirmativamente a las cuestiones sometidas a su deliberación y la mujer Dubord fue condenada a muerte.
La condenada interpuso recurso de casación e impetró el indulto soberano. Ambas solicitudes fueron desestimadas. La sentencia fue ejecutada el 31 de julio de 1828 en la plaza del Vieux-Marché de Ruan. La crónica no refiere el destino posterior de Joseph tras su rescate y el juicio; nada dice acerca de dónde fue ubicado el menor ni quién cuidó de él tras la ejecución de su madre. Esta omisión deja el desenlace de la causa centrado en el castigo, mientras que el niño, cuya voz había alertado a los testigos, se desvanece de las últimas líneas del registro judicial.
El drama se consumó a orillas de un río donde una mujer aún podía alejarse sin ser vista y donde un niño no podía más que implorar el auxilio de quien acertara a oírlo. Los obreros que faenaban a doscientos pasos no distinguieron su rostro; el joven criado y los pescadores divisaron más tarde al pequeño entre las aguas. Su oportuna intervención le devolvió la voz. Tras el rescate, en la casa de Delahaye, fue interrogado; su relato se reprodujo luego ante las autoridades y fue confrontado con las iniciales negativas y la posterior confesión materna. El veredicto de 1828 fue inexorable; la crónica se extingue sin revelar qué fue de aquel niño que logró sobrevivir a la corriente.
