El 23 de julio de 1826, en el hospicio de Provins, Françoise Bourgine pudo por fin responder a su marido. Durante varios días no había articulado palabra alguna ni había sido capaz de hacer el menor gesto. Al preguntársele si conocía a quienes habían atacado a las dos mujeres de la casa, respondió en un primer momento: «un vecino». Su esposo y un primo comenzaron entonces a enumerarle a los habitantes de Villeflon. A cada nombre, ella respondía con una negativa, hasta que pronunciaron el de Ninonet. Solo entonces asintió. Aquel primer reconocimiento señalaba a un único culpable; no obstante, las declaraciones posteriores no tardarían en incriminar también a su mujer.
Nueve días antes, el 14 de julio, Marguerite Durand, viuda de Corpedanne, y su nuera Françoise Bourgine habían sido asaltadas en su propio hogar, en Villeflon. Al regresar a la vivienda, el marido de Françoise la encontró tendida en el suelo, con la cabeza apoyada contra una mesa. Despavorido, saltó por la ventana dando gritos, lo que alertó de inmediato al vecindario. Los vecinos acudieron e irrumpieron en la morada. Marguerite yacía sin vida sobre su lecho, con seis heridas en el rostro causadas por un instrumento contundente. Françoise presentaba múltiples lesiones en la cabeza y en la cara; sumida en la inconsciencia, parecía muerta, aunque aún respiraba cuando la depositaron en una cama. En aquel trance, se hallaba incapacitada para hablar o hacer señas.
Los vecinos y las autoridades hallaron diversos indicios en la casa. Un fragmento de cabrio, de unos tres pies de longitud, presentaba en uno de sus extremos manchas de sangre y huellas dactilares que se atribuyeron a la mano de un zurdo. Había desaparecido un fusil que colgaba habitualmente en una de las habitaciones; astillas ensangrentadas de madera aparecieron diseminadas sobre la cama y sobre una silla. Los pesquisas identificaron el arma a partir de las marcas que la culata había dejado en el rostro de Marguerite. En un cubilete de plata se detectaron asimismo huellas y restos de sudor asignados a una mano izquierda. La llave de la puerta que daba a la calle yacía en medio del aposento, sobre un charco de sangre. La crónica interpretó dicha posición como el indicio de que Françoise había intentado tal vez salir en demanda de auxilio.
Dos cómodas en las que el matrimonio Corpedanne custodiaba sus caudales y pertenencias habían sido forzadas con la paleta de la chimenea. Se echó en falta una bolsa de lienzo con treinta francos en piezas de cinco francos, algunas monedas de cobre, así como ropa blanca y prendas de vestir. El fusil sustraído pertenecía a la casa. La bolsa, las piezas de cobre y los efectos desaparecidos daban fe del despojo de las cómodas abiertas; el cabrio, el cubilete y la llave, en cambio, habían quedado abandonados en el lugar. Sin embargo, Françoise, la única superviviente del ataque, todavía no estaba en condiciones de señalar a nadie.
El 20 de julio fue trasladada al hospicio de Provins. Tres días más tarde, su esposo y su primo le preguntaron si conocía a los agresores. Comenzó afirmando que se trataba de un vecino. Mientras desgranaban los nombres de todos los habitantes del lugar, ella negaba de continuo, hasta que identificó a Ninonet. El juez de instrucción y el fiscal del rey se personaron a su vez para interrogarla. La hallaron todavía en un estado sumamente alarmante; Champagnac puntualiza que sus facultades mentales distaban de ser claras y que apenas comenzaba a recobrar la memoria.
En esta primera declaración más detallada, Françoise acusó a Pierre Ninonet. Sostuvo haberlo visto penetrar por la ventana, ataviado con un traje de paño azul, recalcando que no se trataba de una simple chaqueta. Relató que se abalanzó hacia él llamándolo por su nombre, pero que él no respondió. Según su testimonio, el intruso le exigió la bolsa o la vida y acto seguido la golpeó; después encendió una vela, se apoderó del fusil y huyó del domicilio. Aseguró haberlo visto completamente solo. Mencionó asimismo que Ninonet ya le había hablado en otras ocasiones acerca de la vivienda y sobre el hecho de que ella solía quedarse a solas allí. Afirmaba que el individuo acudía cada ocho días y presumía de conocer la casa mejor que ella. De este modo, su primera deposición señalaba a un único hombre, antes de que pasara a involucrar también a su cónyuge.
Al día siguiente, mientras su esposo permanecía a la cabecera de la cama, Françoise añadió a la mujer de Ninonet a su relato. Declaró que ambos cónyuges habían acudido juntos, que Ninonet la había golpeado mientras su esposa revolvía el mobiliario. Explicó que la mujer buscaba dinero y que había reconocido sus ropas: una saya de lana a rayas y un pañuelo azul con flores. Françoise conjeturaba que los asaltantes los creían acaudalados por pagar un arriendo más elevado. Aseguró que tan solo disponían de una decena de escudos en efectivo y que los trescientos francos aportados por cada uno al matrimonio se habían invertido en la vivienda. Dichas sumas y la conjetura de que el alquiler había atraído a los maleantes procedían de su propia declaración.
A las cinco de la tarde de aquel mismo día, su marido la instó a ceñirse a la verdad: «Si no ha sido Ninonet, no debes decirlo». Françoise replicó que jamás alteraría su testimonio: Ninonet había estado allí, y su mujer con él. Un día antes, la testigo afirmaba no haber visto más que al varón. Al día siguiente, agregaba a la esposa, detallando sus ademanes y sus vestiduras. Su esposo le suplicó una vez más que no faltase a la verdad; ella ratificó sin dudar aquella segunda versión y reiteró los mismos cargos durante el careo celebrado en agosto.
El 22 de agosto, los esposos Ninonet, que habían sido detenidos entretanto, fueron confrontados con ella. Al divisar a Pierre, Françoise exclamó: «¡Veo a mi verdugo! ¿Creías haberme matado?». Pasó entonces a reiterar los hechos ya narrados. Ante la esposa del acusado, recordó aquellos días en que, incapaz de articular palabra, la había visto entrar en su morada para ofrecerle agua y prestarle atenciones. Françoise afirmó haber temido entonces que viniera a rematarla o a envenenarla; aquello constituía su propio temor declarado, mas no una prueba material de intento de envenenamiento. Asimismo, le reprochó haberse presentado bajo una apariencia compasiva tras consumarse el asalto.
Ambos procesados negaron rotundamente los hechos. Pierre Ninonet contaba con treinta y seis años; su mujer, con veintisiete. La vista de la causa ante la audiencia de lo criminal de Melun se prolongó durante dos jornadas. Françoise testificó sobre los sucesos y sostuvo con firmeza sus acusaciones. Champagnac describe su deposición como clara y precisa, y da cuenta del profundo impacto con que fue acogida. Los encausados, por su parte, proclamaron sin tregua su inocencia. Los indicios materiales hallados en la vivienda —el madero, el fusil robado, el cubilete, las cómodas forzadas— formaban parte del sumario, pero ninguno de tales vestigios bastaba para dirimir los testimonios radicalmente opuestos que se escucharon en estrados.
El ministerio fiscal sostuvo la acusación con vehemencia. Ambos reos fueron condenados a la pena capital. Pierre rompió a llorar al escuchar el fallo; su esposa permaneció imperturbable. Su recurso de casación fue desestimado. El 20 de abril de 1827, se los trasladó desde la prisión de Melun a la de Provins. El fiscal del rey y el juez de instrucción acudieron nuevamente ante ellos para instarlos a confesar. Los dos persistieron en declarar su absoluta inocencia. La mujer de Ninonet replicó al magistrado que, si Dios le otorgara su poder, otros serían los juzgados a su debido tiempo.
Al día siguiente, 21 de abril, los dos condenados fueron ajusticiados en la plaza de Saint-Ayou, en Provins, ante una multitud congregada desde las comarcas vecinas. Hasta el último instante, refiere Champagnac, mantuvieron idéntico discurso. La superviviente había señalado a ambos cónyuges en sus testimonios y sostuvo dicha inculpación ante el tribunal. Los esposos Ninonet, por su parte, proclamaron su inocencia hasta el pie mismo del cadalso.
