John Murrel regentaba en Yorkshire un negocio de ganado y cabalgaduras de suficiente envergadura como para satisfacer cerca de cien libras anuales de arrendamiento. Contaba con esposa, hijos, una modesta hacienda aportada por su cónyuge y un comercio que frecuentaba desde la infancia. Sin embargo, una vez disipada su fortuna y decaído su negocio, se trasladó a Londres junto a su hijo, tomó por amante a otra mujer y se apartó por entero de su primera familia. Tiempo después, tras escuchar a un chalán llamado Brown jactarse de sus ardides y hurtos de equinos, Murrel sustrajo una yegua castaña perteneciente a Jonathan Wood. Esta postrer fechoría habría de conducirlo a Newgate y al patíbulo.
Sus progenitores gozaban de fama de probidad. Le enseñaron a leer, escribir y los rudimentos de la religión, formándole a la par en su oficio: apacentaban bueyes y caballos antes de conducirlos al mercado. Llegado a la edad adulta, Murrel asumió el negocio y arrendó una vasta finca de pastos en Yorkshire, comerciando por cuenta propia con considerables partidas de reses. Tomó por consorte a una joven doncella de hacienda modesta; de este matrimonio nacieron varios vástagos, cinco de los cuales aún vivían al consumarse su ejecución, residiendo con su madre en la pequeña heredad que a ella le pertenecía.
Durante algunos años, Murrel conservó una reputación intachable en la comarca. La crónica censura, no obstante, sus gastos desmedidos: tales dispendios consumieron tanto sus propios bienes como los de su mujer, arrastrando sus negocios a la ruina. Determinó entonces marchar a Londres en compañía de su hijo varón. En la metrópoli frecuentó nuevas amistades y se amancebó con una mujer de la que aguardaba sustento. Las actas no dilucidan si llegaron a celebrar legítimo desposorio; consignan que se desposó con ella, o que cohabitaron con semblanza marital, durante un largo periodo.
Las noticias de semejante vida no tardaron en llegar a oídos de su legítima consorte. Pese a que sus allegados procuraron disuadirla de emprender un viaje que solo agravaría sus pesares, la afligida mujer viajó a Londres con la vana esperanza de reconciliarse con su marido y devolverlo al hogar. Empero, Murrel negó que fuese su esposa e indujo a su propio hijo a renegar de su madre; el muchacho obedeció sumido en el miedo y la confusión. Repudiada y abrumada por la infamia, la mujer debió volver a su tierra, mientras Murrel persistía en la cohabitación con su nueva compañera.
En los meses sucesivos reanudó ciertas tratas de caballerías, si bien la relación histórica omite de qué caudales se sustentaba exactamente. El primer lance que lo enfrentó a la justicia concernió a la sustracción de una yegua propiedad de un vecino de Londres. Murrel alegó que la montura le había pertenecido con anterioridad y que el trato de venta había sido meramente verbal; juzgaba, por ende, que le asistía el derecho de recobrarla y traspasarla a un tercero. La crónica no menciona condena alguna por este incidente ni acredita deshonestidad previa a dicho litigio. El relato se traslada seguidamente a la feria de Newcastle, donde Murrel trabó trato con chalanes diestros en adquirir cuadrúpedos sin satisfacer su importe a los dueños originales.
Entre ellos se hallaba un natural de Yorkshire apodado Brown, antiguo camarada de Murrel. Éste refirió un episodio que desvelaba ante los presentes los insospechados derroteros del comercio de caballos robados. Cierto oficial militar acababa de adquirir una montura con intención de conducirla a Londres. Brown se apoderó de ella, la guio hacia el oeste del reino, alteró los crines y la cola, y la vendió a un clérigo por trece guineas, unas siete por debajo de su valor real. Dicho párroco administraba una segunda parroquia distante y dejaba la bestia encerrada en un pequeño establo, arrimado al cementerio, mientras oficiaba el servicio litúrgico.
Brown urdió entonces una nueva estratagema: vistió casaca encarnada y arreos propios de soldado de caballería, descerrajó el establo y partió a lomos del animal mientras los feligreses permanecían en el templo. Llegó a Worcester con la máxima celeridad, mudó el uniforme militar por el ropaje de un honrado tratante de ganado y vendió la bestia a un médico, encomendándole encarecidamente que la dejase en los pastos un par de semanas para que reposara, hábil maniobra para retrasar cualquier sospecha. El facultativo asintió a tal consejo.
Al día siguiente, Brown divisó a las afueras de la ciudad al clérigo en compañía de su criado. Temeroso de que anduviesen tras su pista, no se atrevió a cruzar las puertas de la villa. Encaminóse, en cambio, a los cercados del médico, recuperó el equino y sustrajo una silla y una brida de la posada donde se alojaba, huyendo a uña de caballo hacia Essex. Allí permaneció guarecido hasta la feria de Northampton, donde colocó de nuevo la cabalgadura por veintisiete guineas a un oficial del mismísimo regimiento donde servía el comprador originario. Recién regresado de la campaña de Flandes, el oficial reconoció al animal y aportó las señas más exactas posibles del vendedor, empeñado en no perder su hacienda.
Otro oficial hizo publicar un bando que detallaba los rasgos del forajido y de la bestia, ofreciendo cinco guineas de recompensa por su aprehensión. El edicto atrajo la atención del clérigo y del médico, quienes sumaron esfuerzos para dar con el granuja. Brown fue finalmente capturado en Cornualles, juzgado y convicto. Conmovido por la asombrosa audacia y destreza del reo, el capitán que fuera su primer dueño intercedió para obtenerle una suspensión de pena y se lo llevó consigo allende los mares. Allí sirvió Brown hasta la Paz de Utrecht; retornado a suelo inglés, reanudó el tráfico ilícito adquiriendo cinco o seis monturas procedentes del sur para despacharlas en las ferias.
Aquella cadena de ventas, mudanzas de aspecto e identificaciones fortuitas había nacido de un robo y se había perpetuado a la vista de múltiples damnificados. Murrel escuchó con avidez la narración de Brown en Newcastle, celebró la treta y resolvió imitarla al punto; no obstante, su suerte distó de semejante desenlace: la yegua castaña que hurtó pertenecía a Jonathan Wood. Murrel fue prontamente arrestado y conducido a los calabozos de Newgate. En las sesiones inmediatas de Old Bailey, el cuerpo del delito se juzgó incontestable y el jurado pronunció veredicto de culpabilidad. Resultó condenado a muerte por este abigeato, y no por las fechorías de Brown ni por el litigio de la primera yegua amparado en un pacto de palabra.
Bajo la sentencia capital, Murrel manifestó sincero arrepentimiento de sus faltas, mas lamentó con amargura el rigor inexorable de unas leyes que castigaban con la horca el robo de una bestia. El cronista señala que tal castigo se le antojaba excesivo y que creía haber podido evitarlo. Lo que más desgarraba su espíritu era el patente desvío de su hijo y parientes, afanados en borrar todo vínculo con su persona. El eclesiástico que atendía sus quejas le echó en cara el despiadado trato que dispensó a su legítima esposa y a su primogénito cuando acudieron en su auxilio a Londres. Solo entonces, según la relación, comenzó el reo a vislumbrar en el abandono de su sangre la culpa original de cuya soledad apuraba ahora las amargas heces.
Cuando fue conducido a la sala para escuchar su sentencia definitiva, Murrel fingió con tal pasmo la rigidez cadavérica que los carceleros hubieron de regresarlo a Newgate creyéndolo muerto. Aquella estratagema tan solo le granjeó un efímero aplazamiento. En las sesiones siguientes se leyó el fallo fatal y marchó al suplicio. Murió ajusticiado el 27 de junio de 1726, contando entre cuarenta y cincuenta años de edad. Concluye así la crónica de un tratante de ganado que vivió largos años al abrigo de un oficio lícito, repudió su legítimo hogar y se precipitó finalmente en un robo de caballos cuya prueba irrebatible selló su ruina.
