El palacete a orillas del Loira
En Saumur, en 1834, la residencia del general de Morell se había convertido en el receptáculo de una correspondencia que ningún correo reconocía haber transportado. Según la crónica que Remy de Gourmont consagró al caso casi un siglo después, aparecían en las alcobas notas injuriosas y amenazantes, depositadas sobre las mesas o sujetas contra la pared. Iban dirigidas en particular a Marie, la hija del general, de dieciséis años de edad. Las sospechas recayeron sobre Émile de La Roncière, un joven teniente de caballería que hasta entonces había frecuentado la casa.
Las cartas parecían imitar su letra. En un billete suelto, redactado —nos dice Gourmont— con motivo de un duelo, el teniente se habría llegado a confesar autor de los anónimos, si bien bajo estricto secreto. Este detalle, cuyas circunstancias no reproduce íntegramente la crónica, pesó más tarde como una confesión prematura. La familia Morell le cerró las puertas. El joven oficial abandonó Saumur; la distancia bien pudo haber apagado el escándalo. Mas las cartas comenzaron de nuevo.
Eran algo más que un medio de comunicación: hacían las veces de testigos, amenazas e indicios, sin dejar por ello de carecer de un autor acreditado. Cada una sumaba una pieza más al relato que la casa urdía acerca de su perseguidor. Existen causas donde la pluma precede al ademán; en otras, las palabras, por hallarse privadas de firma, se convierten ellas mismas en el ademán cuyo autor se busca afanosamente.
Una noche relatada por la acusación
El suceso que convirtió la sospecha en causa criminal tuvo lugar en la noche del 23 de septiembre de 1834. Los padres de Marie habían salido. La joven se encontraba en el piso superior en compañía de su institutriz, Miss Allen, y de algunas visitas. Tras la marcha de estas, Miss Allen inspeccionó las estancias, echó la llave del corredor y se recogió. El aposento de Marie, recuerda el acta de acusación citada por Gourmont, daba al Loira; una buhardilla contigua comunicaba con la del criado Samuel.
Hacia las dos de la madrugada, Marie fue presuntamente despertada por el ruido de un cristal roto. Declaró haber visto a un hombre entrar por la ventana, haber reconocido a La Roncière a pesar del gorro y del corbatón que le cubría el rostro, y haberle oído anunciar después que venía a consumar su venganza. La joven describió seguidamente una agresión y la llegada de Miss Allen, cuyos golpes en la puerta habrían precipitado la huida del intruso. El individuo habría dejado una carta sobre una cómoda antes de ganar de nuevo la ventana.
Gourmont reproduce aquí la versión del sumario de acusación y de Marie de Morell. El modo de acceso y la identidad del sujeto estaban aún por demostrar; sobre ambos puntos se debatió ante el tribunal del jurado.
La familia no acudió de inmediato ante la justicia. Una nueva amenaza, dirigida a Marie y en la que se anunciaban represalias contra sus allegados, habría terminado por resolver a los Morell a actuar. El billete se encontró justo después de que la joven sufriera un desvanecimiento. El 28 de octubre, La Roncière fue arrestado en París. Pese a ello, los anónimos no cesaron. Gourmont refiere que reaparecieron tras la detención, a menudo suscritos con las iniciales «E. R.», y que se hallaban incluso entre las ropas de Marie. Para unos, semejante persistencia no hacía sino confirmar la existencia de cómplices; para otros, volvía aún más espinoso atribuir los escritos al cautivo. La firma, pues, no resolvía el enigma: se limitaba a repetir, en cada billete, el nombre ya puesto en tela de juicio.
Los indicios de la ventana y los muros
La vista de la causa dio inicio ante la Audiencia de lo Criminal del Sena a finales de junio de 1835. Chaix d’Est-Ange asumía la defensa de La Roncière; Odilon Barrot y Berryer intervenían en representación de la parte civil. El público acudía atraído por un asunto ya entregado a las murmuraciones de corrillo, donde la reputación del bisoño oficial y el testimonio de la doncella se hallaban de antemano cargados de un peso moral determinante.
No obstante, la ventana y los muros se examinaron con minuciosidad. El arquitecto Girard situó la habitación a veintiocho pies del suelo; la ventana de la buhardilla superior se encontraba catorce pies más arriba. Un saliente exterior formaba un ángulo de escasos pies. Girard no halló señales de escalada, ni restos de sogas en la techumbre o en el cuarto de Samuel, ni sangre sobre las baldosas. No juzgaba la ascensión imposible: a su juicio, una subida preparada de antemano podía eludir los vestigios que habría dejado una trepada apresurada. El vidriero Jorry, convocado el 27 de septiembre, describió un agujero de tres a cinco pulgadas; los fragmentos de vidrio descansaban en el alféizar exterior. Estimaba dificultoso alcanzar la falleba a través de aquella obertura. Una doncella aseguró no haber barrido escombros en el interior. Por último, el pasador entre las estancias de Marie y de Miss Allen encajaba con dificultad en su cerradero. El ministerio público podía invocar las precauciones de un allanador; la defensa oponía tales pormenores a la entrada descrita por la joven.
Las cartas bajo examen
Otro cuerpo de piezas de convicción atañía a las cartas. Oudard, uno de los peritos calígrafos, dictaminó que una epístola firmada por Marie de Morell y dirigida a d’Estouilly era la única de las catorce trazada con letra franca y sin disimulo. Las trece restantes procedían, a su entender, de la misma mano, embozada para imitar los rasgos de La Roncière. Un amigo de la familia reconoció la autenticidad de la carta suscrita por Marie; testimonio este que venía más a corroborar que a desmentir el criterio de Oudard. Los peritos se situaban, por ende, en el eje de una controversia que giraba sobre los propios billetes y la manera de interpretarlos.
Una defensa que vuelve la acusación del revés
La defensa mudó entonces los términos del litigio volviéndolos contra la propia familia. Sugirió que Marie bien pudo haber fabricado las cartas y escenificado las acusaciones. Barrot compendió esta tesis desgranando, con una vehemencia oratoria que Gourmont documenta, los hechos imputados a la muchacha. En la sala lidiaban dos relatos irreconciliables: el de un oficial amenazador, autor material del ultraje; el de una joven delatora que, a juicio de los letrados defensores, habría podido forjar los anónimos y la agresión. Ninguna de las dos posturas desvanecía las zonas que permanecían en la sombra.
Barrot expuso a los peritos a la befa del auditorio; Gourmont estima que la acusación particular desactivó por esa vía su eficacia probatoria. Chaix d’Est-Ange, en el patrocinio del encausado, se veía forzado a replicar a dos acusaciones privadas y al ministerio público. La defensa no podía limitarse a negar el asalto: debía forzosamente proponer un origen alternativo a las cartas e impugnar la verosimilitud del conjunto.
El veredicto y sus consecuencias
El presidente Férey previno al jurado de que ciertos negocios permanecen insondables a la sagacidad humana y de que un misterio pertinaz debe infundir prudencia en el ánimo de los jueces. Gourmont cita estas palabras para anatematizar la resolución que les sucedió. Da noticia asimismo de una carta remitida por el padre de Marie, publicada el 25 de agosto de 1835 en L’Observateur des Tribunaux.
El jurado declaró, sin embargo, a La Roncière culpable. La sala lo condenó a diez años de reclusión mayor. Gourmont atribuye el fallo a la presión del clamor popular y a las concepciones imperantes en su época sobre la honestidad de las doncellas. Su juicio es el de un cronista que diserta largo tiempo después de acallados los debates forenses.
Tras la sentencia, las cartas continúan enseñoreándose del expediente tal y como Gourmont lo ofrece a la lectura. ¿Quién las escribió, y por qué se tomó su remedo por una confesión llana? El jurado resolvió; la crónica, andando el tiempo, tomó partido. En Saumur, un pliego sin firma había cruzado las antesalas, los estrados y las gacetas. Y no había dejado de ser anónimo en el instante mismo en que el tribunal pronunció su condena.
