Una carta anónima prometía la muerte a un arrendatario general si no se depositaban trescientos sesenta luises cerca de una barca de los Inválidos. Señalaba el paraje, una marca trazada con tiza y la inutilidad de toda vigilancia. La policía dispuso dicha vigilancia; pronto no fue el autor de la conminación, sino un hombre que jamás había visto al destinatario —según afirmó—, a quien se condujo a presidio. El asunto de Joseph Garnier comienza en el sitio indicado y concluye sin que llegue a saberse el nombre del escribiente.
El 11 de octubre de 1773, hacia las seis de la tarde, Mazière recibió la misiva. Empleaba el plural, como el escrito de una cuadrilla resuelta, reclamaba las monedas de oro y advertía de que ninguna escolta salvaría a quien se negara a pagar. Mazière la entregó a la justicia. Varios agentes, capitaneados por un exento de policía, se apostaron en torno al poste donde se amarraba la maroma de la barca que cruzaba el río frente a los Inválidos. La carta estipulaba que la suma debía dejarse al pie de dicho poste; la policía aguardó, pues, a quien acudiese a la cita.
El martes 19 de octubre, hacia las seis de la mañana, un hombre se apartó del camino real y descendió a la zanja que separaba la calzada de la alameda de Cours-la-Reine. Se hallaba a una veintena de pasos del poste. Surgieron hombres de debajo del puente de madera y de detrás de los árboles. El individuo intentó remontar la orilla, recibió un golpe de bastón y huyó en dirección a París pidiendo auxilio a los carreteros de la vía. El exento se dio a conocer, lo arrestó en nombre del rey y mandó aherrojarlo. La detención, presenciada por los transeúntes, precedió a toda averiguación.
En la comisaría de la calle Saint-Martin, el hombre declaró llamarse Garnier y servir como mayordomo en casa del conde de l’Aubespine. Se le interrogó primeramente sobre sus movimientos del 11 de octubre, fecha de la epístola, y después sobre su presencia en Cours-la-Reine a hora tan temprana aquel 19. Explicó que su señor marchaba a pasar el invierno a Villebon, cerca de Chartres, y que la servidumbre había recibido orden de disponer el viaje. Garnier había reservado plaza en la diligencia de Chartres, cuya salida estaba fijada a las cinco desde la calle Contrescarpe. Habiéndose despertado tarde, creyó más seguro alcanzar directamente el camino real para no perder el carruaje. Una necesidad apremiante le había obligado a descender a la cuneta.
Semejante explicación entrañaba una sencillez que la acusación se afanaría en volver sospechosa. Restaba averiguar por qué el azar había llevado a Garnier tan cerca del punto señalado. El comisario sacó de su secreter la carta dirigida a Mazière y le ordenó leerla. Garnier aseveró no conocer al destinatario ni sus señas, ni haber oído hablar de él jamás. Solicitó escribir a su amo, gracia que le fue concedida. La misiva que redactó no partió: el comisario y el exento creyeron reconocer en ella los mismos trazos de la carta anónima y la retuvieron como prueba de cargo.
Tras siete horas de interrogatorio, Garnier fue conducido a prisión. La noche siguiente, el comisario, el exento y dos corchetes lo llevaron de vuelta al palacete de l’Aubespine en busca de indicios. La morada estaba vacía: el conde y la condesa habían partido esa misma mañana con su servidumbre. Se registraron los aposentos de Garnier y los de su hermana; nada sospechoso apareció. Con todo, un agente de policía permaneció junto al portero suizo de la residencia, a quien refirió que Garnier había sido sorprendido con las manos repletas de oro y que sus cómplices se habían dado a la fuga. Estos pormenores, que las fuentes consignan como habladurías de aquel guardia y no como hechos probados, se propagaron al compás del proceso.
El clamor público pronto fue modelado por la imprenta. En noviembre, el Journal politique ou Gazette des Gazettes pregonó la captura del autor de la amenaza en el paraje fijado, describiéndolo como criado de una casa frecuentada a menudo por Mazière. La versión impresa aproximaba a dos hombres que, según Garnier, jamás se habían cruzado. La sospecha cobraba ya silueta, itinerario, compinches a la fuga y un móvil para ocultar el oro; la absoluta carencia de pruebas quedaba sepultada bajo la minuciosidad del relato.
Tras la diligencia en el palacete, Garnier fue incomunicado. Transcurrieron seis días antes de un nuevo interrogatorio. El teniente de lo criminal le afeó haber escogido el 19 de octubre a sabiendas de que el conde partía el 20: según esta conjetura, habría podido apoderarse del caudal y proseguir su marcha antes de que comenzaran las pesquisas. Garnier replicó que la partida no se había determinado hasta el 17, mientras que la carta fechaba del 11. Alegó asimismo otros elementos encaminados a demostrar que no era el autor.
Se tomó declaración al portero de Mazière. Su testimonio pareció demoledor: aseguraba haber reconocido a quien entregó el escrito. No obstante, el 5 de noviembre, hallándose ya Garnier entre rejas, Mazière recibió una segunda nota amenazante; una tercera, con idéntico propósito y de la misma caligrafía que la primera, llegó el 15 de noviembre. No cabía que procediesen del calabozo donde yacía encerrado Garnier. Dicha circunstancia abría una brecha indiscutible en la acusación, mas no bastó para desvanecer las demás sospechas. El Châtelet, tras cuatro meses de instrucción, decretó una ampliación de sumario por seis meses, durante los cuales el reo continuaría preso.
Vencido el plazo, Garnier elevó una súplica al Parlamento de París, que acababa de ser restituido en sus funciones. Una nueva instrucción recabó testimonios favorables a su conducta y a su lealtad para con la casa que lo empleaba. La condesa de l’Aubespine escribió al procurador del rey: había concedido tiempo a la justicia para hallar al verdadero culpable; al no haberse encontrado prueba alguna contra su criado, y teniendo por cierta su inocencia, reclamaba su inmediata libertad.
Fue preciso, sin embargo, reexaminar la declaración del portero, pues la pieza que parecía zanjar el litigio descansaba sobre un reconocimiento que el careo puso en entredicho. Sostenía haber visto a un hombre con casaca gris y sombrero llano. Garnier rebatió que veinte personas podían atestiguar que en aquella ocasión vestía casaca verde, chaleco amarillo, calzón negro y sombrero galardonado de oro. El portero adujo en principio que Garnier se habría mudado de ropa; empero, sus explicaciones se tornaron confusas al inquirírsele cómo podía identificarlo, no conociendo a Garnier con anterioridad y no habiéndolo visto jamás, según este último, en casa de Mazière. El magistrado le conminó a no aseverar nada más allá de su certeza. Finalmente, el portero hizo asentar que solo creía reconocer a Garnier, sin poder asegurarlo.
El tribunal advirtió la fragilidad de este testimonio. El 31 de julio de 1775, dictó sentencia absolutoria a favor de Joseph Garnier, librándolo de las quejas y cargos incoados en su contra, mandó cancelar su asiento en el registro carcelario y le autorizó a mandar imprimir y fijar el fallo. En cuanto a la indemnización de daños y perjuicios que solicitaba, declaró no haber lugar. Habían transcurrido más de dieciocho meses de cautiverio; la resolución le devolvía la libertad, pero cargaba sobre las espaldas de quien había sido tildado públicamente de extorsionador los costes de su propia defensa.
El autor de las cartas no fue descubierto jamás. La crónica refiere que el letrado defensor de Garnier juzgaba que aquellas misivas acaso fuesen una chanza; el texto no eleva este parecer a verdad consumada. Nada permite señalar al bromista, atribuirle un propósito cierto ni reconstruir su plan. Queda el hecho pavoroso de que una amenaza anónima acarreó una detención pública, seguida de un prolongado encierro para un hombre cuya presencia junto a la barca obedecía tan solo a una posta perdida y a un lance ordinario del cuerpo. Las notas del 5 y del 15 de noviembre, llegadas de fuera mientras Garnier languidecía entre muros, debieron obligar a la justicia a mirar hacia otro lado. Seguían sin revelar quién empuñaba la pluma. Solo probaban que la carta proseguía su curso, lejos de la mano a la que en un principio se había querido imputar.
