El 5 de febrero de 1840, un religioso capuchino sardo y su joven sirviente desaparecen en Damasco. Ningún cadáver es identificado con certeza. En la ciudad, la ausencia no tarda en trocarse en acusación: se propala que el sacerdote se adentró en el barrio judío y se afirma que los hebreos lo habrían degollado para apoderarse de su sangre. Semejante patraña, heredera de una vieja calumnia antisemita, comienza a propagarse antes de que pesquisa rigurosa alguna haya determinado la suerte corrida por los dos desaparecidos.
El padre Tomás residía desde hacía largo tiempo en la urbe. Practicaba la medicina y administraba vacunas, según refiere la crónica alemana publicada en 1857, y su ministerio lo había dado a conocer mucho más allá del convento latino. La fuente lo describe asimismo como un hombre acaudalado y de escasa simpatía popular. Tales rasgos, procedentes de una relación retrospectiva, nada revelan sobre el rumbo que tomó aquel día. La desaparición de su criado, un muchacho cuyo nombre la crónica silencia, permanece envuelta en idéntico misterio.
En el tablero político de 1840, Damasco se halla bajo la administración de las autoridades egipcias de Mehmet Alí. El cónsul de Francia, el conde Ratti-Menton, toma las riendas del asunto. Muy pronto, el rumor es erigido en directriz del sumario: se asegura que el religioso fue visto en la judería; ciertos vecinos hebreos habrían confirmado su paso; fuerza es, por ende, buscar entre ellos a los culpables. El Pitaval retrata un razonamiento cerrado sobre sí mismo: la culpabilidad preconcebida dicta los lugares que han de allanarse, y cada hallazgo es interpretado al sesgo de dicho prejuicio.
Un delator, llamado Mohammed el-Zeli según la grafía de la crónica, ofrece señalar las moradas sospechosas a cambio de ser excarcelado. Se le concede la libertad y dan comienzo los registros. Poco después, es arrestado el barbero Negrin. Niega de plano saber nada de la desaparición. Conforme a las fuentes recogidas por el Pitaval, permanece retenido en el consulado francés antes de ser entregado a las autoridades egipcias para ser sometido a tormento. Tras varios días de azotes y sevicias, acaba por denunciar a notables de la comunidad judía de Damasco.
La minuciosidad de su relato no constituye fianza de su veracidad. Se trata de una confesión arrancada mediante el dolor, en el seno de una instrucción persuadida de antemano de aquello que anhela descubrir. El texto no dilucida si los pormenores iniciales brotaron del propio Negrin, del rumor público o de las preguntas insidiosas de sus verdugos. Da cuenta, a renglón seguido, de la detención de siete varones, contados entre los más opulentos de la comunidad. También ellos proclaman su inocencia. Los interrogatorios devienen en sesiones de violencia sistemática, privación de sueño y tortura. Ciertos funcionarios consulares habrían presenciado tales desafueros o los habrían instigado, a tenor de la narración del Pitaval, que se apoya en particular en el testimonio del cónsul austriaco Merlato.
En Londres, el 22 de junio, sir Robert Peel resume ante la Cámara de los Comunes las noticias llegadas a suelo británico. Refiere que el barbero padeció tres jornadas de suplicio antes de acusar a siete notables judíos, y que al menos dos de los prisioneros habrían sucumbido bajo los tormentos. Describe confesiones «salvajes», arrancadas tras padecimientos sin tregua. El secretario de Asuntos Exteriores, lord Palmerston, confirma que el gabinete ha comisionado al cónsul británico en Damasco para esclarecer los hechos y elevar un informe, pliegos que aún no han alcanzado la capital. El diario de sesiones de Hansard da fe, pues, de lo que los parlamentarios afirmaban haber sabido y de las gestiones emprendidas, mas no de una presencia británica en el lugar de los autos ni de una verificación cabal de lo acontecido.
La relación de 1857 pormenoriza el modo en que las declaraciones se van transformando al compás de la coacción. Murad, doméstico de uno de los patricios apresados, habría sostenido al principio su negativa. Tras los golpes y la promesa de salvar la vida, hace suya la patraña de Negrin y le añade nuevos lances: ambos habrían dado muerte a fray Tomás, descuartizado su cuerpo y arrojado los huesos a una atarjea. Los pesquisidores hallan en la conducción osamentas y jirones de paño. Un facultativo los dictamina humanos; empero, nada en las piezas aducidas por el volumen autoriza a atribuirlos al padre Tomás. La propia crónica advierte que tales despojos bien pudieron pertenecer a cualquier otro desdichado.
El rumor adopta entonces su cariz más arcaico y siniestro: se acusa a los judíos de haber empleado la sangre del clérigo en un rito sacrificial. Se trata de la calumnia del «crimen ritual», falacia desprovista de fundamento que se desempolva aquí para transmutar la ausencia de un individuo en culpa colectiva. Semejante fábula brinda a los inquisidores un móvil expedito y a la plebe una fábula que parece justificar cada encarcelamiento. Las confesiones distan de ser independientes: los reos son interrogados en las mismas estancias, confrontados con idénticos cargos y sometidos a idénticas conminaciones. Más tarde se retractan. La confesión arrancada en el potro no abre atajo alguno hacia la verdad; deja constancia, ante todo, de la violencia que la engendró.
El hallazgo de los huesos no zanja el expediente. Los restos mortales del capuchino jamás son identificados con certeza, y el sirviente sigue en paradero desconocido. El Pitaval recuerda otras hipótesis, en particular una reyerta referida entre fray Tomás y ciertos varones musulmanes acaecida pocos días antes de su desaparición. Trátase asimismo de un testimonio indirecto, no de una certidumbre. Lo que tal pista patentiza, ante todo, es que los encargados de la causa disponían de otras líneas de investigación que desdeñaron proseguir con parejo denuedo.
El volumen alemán de 1857 no es un acta judicial ni un ejercicio de historia desapasionada. Reúne crónicas de viajeros, despachos de prensa y correspondencia consular, teñidos a menudo de virulencia polémica. Censura acerbamente a Ratti-Menton por haber dirigido una instrucción encarnizadamente de cargo y reproduce las protestas del cónsul de Austria. Mas su propia prosa arrastra los prejuicios de su tiempo: despliega la calumnia con profusión de sórdidos detalles y atribuye a las partes intenciones que es incapaz de documentar. Preciso es, por tanto, deslindar las diligencias procesales narradas, los testimonios invocados y las valoraciones subjetivas del compilador.
La suerte de los cautivos deviene en causa célebre internacional. Las juderías de Europa alzan su protesta; diversos cónsules extranjeros se rebelan contra los métodos empleados. El 19 de junio, ante los Comunes, Peel vuelve a denunciar públicamente las inculpaciones e insta al gobierno de Su Majestad a valerse de su ascendiente para que resplandezca una justicia imparcial. Tres días después, Palmerston manifiesta haber apremiado a las autoridades egipcias a examinar el estado de las cosas y obrar en consecuencia, si cabe deslindar responsabilidades. Sus palabras denotan una mudanza de tono: en Londres ya no se trata de hacer eco a las confesiones, sino de inquirir si los encausados gozaron de un proceso con garantías y si obran en autos elementos fidedignos.
Una delegación encabezada por Moses Montefiore, venido de Londres, y por el letrado francés Adolphe Crémieux, comparece ante Mehmet Alí. El Pitaval refiere sus negociaciones y la ulterior excarcelación de los reclusos en virtud de un decreto del virrey. Una síntesis histórica de Cambridge confirma que los nueve supervivientes obtuvieron la libertad tras la mediación de dicha embajada. Semejante desenlace no dimana de un juicio de revisión: ninguna vista contradictoria llega a dilucidar el destino del fraile ni el de su criado. Emplear el vocablo «absolución» resultaría equívoco. El cese del encierro puso término a los martirios; en modo alguno suplió la investigación judicial que jamás llegó a sustanciarse.
En su balance postrero, el Pitaval fija por sí mismo el lindero que sus páginas pudieron desdibujar: nada ha quedado demostrado, ni el hecho criminal, ni los autores, ni el móvil. Concluye que los indicios esgrimidos contra los reos se reducen a confesiones extorsionadas, despojos sin filiación y una acusación secular nacida del odio. La crónica no resuelve el enigma de fray Tomás ni el de su criado. Tampoco permite desentrañar quién urdió la versión primigenia ni qué abrigaban en su fuero interno los pesquisidores a lo largo de los interrogatorios.
Permanece, en cambio, una secuencia descrita con meridiana claridad: una ausencia se trueca en sospecha; la sospecha designa a sus víctimas propiciatorias; el tormento les arranca las palabras deseadas, y tales palabras revisten al rumor con los ropajes de una causa formal. Unos huesos exhumados de una cloaca parecen apuntalar una trama ya pergeñada, sin identificar jamás a los difuntos. Luego, al compás de la mediación de testigos foráneos, la diplomacia clausura el expediente sin disipar sus sombras. El asunto de Damasco no desvela la verdad sobre dos desaparecidos: ilustra cómo el encono fanático es capaz de fabricar confesiones y usurpar el lugar de la prueba.
