En Xanten, el presidente Kluth se vio en la precisión de suspender los debates para rectificar las afirmaciones de la prensa. Se había impreso que las manchas del saco incautado en el domicilio de Adolf Buschhoff eran de sangre y que las briznas de paja halladas en su interior correspondían a las que el niño apretaba en sus manos. Tres carniceros habían afirmado todo lo contrario respecto al primer punto; el maestro de escuela Kögel y el alcalde Schleß desmintieron categóricamente el segundo. En una causa donde la voz pública ya había señalado a un culpable antes de que fuesen sopesadas las pruebas, tales rectificaciones distaban de ser meras controversias de gacetilla: tocaban al meollo mismo del proceso.
El 29 de junio de 1891, Johann Hegmann, a quien su familia llamaba Joanchen, contaba cinco años y medio de edad. La criatura jugaba en la Kirchstraße en compañía de otros niños. La relación de Hugo Friedländer refiere que se le vio con vida por última vez hacia las diez de la mañana. No regresó a casa ni al mediodía ni a la hora del almuerzo. Se le buscó por calles y fincas linderas; hacia las seis y media de la tarde, fue hallado su cadáver en el pajar y cobertizo de frutas de Küppers. El juicio dejó constancia de que había sido asesinado, mas la identidad del autor material era precisamente la incógnita que los magistrados debían despejar.
La primera hipótesis no fue unívoca. Se conjeturó sobre un lance infantil, un ahogamiento en el molino o el arrebato de un demente. Entre los sospechosos figuró Clemens Knippenberg, tío materno del menor, quien había permanecido desaparecido durante varios días; su interrogatorio, inserto como anexo en el texto de Friedländer, no arrojó certidumbre alguna. Empero, pronto prevaleció otra sospecha. El cuello del muchacho había sido seccionado; se aseguró con liviandad que se advertía escasa sangre en el lugar del suceso y que el corte evocaba una degollina ritual. Buschhoff, carnicero judío que había ejercido como matarife de su credo, pasó a ser el blanco encarnizado de tal imputación.
Aquel relato del crimen ritual no pasaba de ser una falsedad antisemita, no un indicio que la historia deba cotejar en pie de igualdad con los hechos. La antigua calumnia de la sangre ya había servido en el pasado para azuzar las persecuciones contra las comunidades judías; en Xanten, metamorfoseó un homicidio aún no esclarecido en un motivo de inculpación colectiva. La crónica describe vejaciones y estragos perpetrados contra los bienes de la familia Buschhoff: cristales rotos, muebles destrozados, libros de oraciones rasgados y las leyendas «casa del asesinato» y «carnicero kosher» pintadas en los muros. El día de la inspección ocular, la morada parecía una ruina. El vulgo, por su cuenta, había alcanzado su convicción mucho antes que el tribunal.
Las primeras diligencias de la instrucción ordenaron la detención de Adolf Buschhoff, de su esposa y de la hija de ambos, el 14 de octubre de 1891. El antiguo juez de instrucción Brixius relató en estrados que fueron puestos bajo custodia asimismo porque su integridad física se hallaba seriamente amenazada. Brixius declaró que los tres habían sido excarcelados el 23 de diciembre, aun cuando las pesquisas proseguían; no obstante, la síntesis introductoria de Friedländer sitúa la fecha en el 24 de diciembre, discrepancia que las fuentes conservadas no permiten dirimir. Ulteriormente, un informe pericial firmado por el facultativo Bauer en torno a un cuchillo requisado a Buschhoff motivó un nuevo arresto del reo el 9 de febrero de 1892. Su esposa y su hija quedaron apartadas del enjuiciamiento; Buschhoff compareció solo ante el jurado acusado de homicidio voluntario.
La vista oral dio comienzo en Cléveris el 4 de julio. A lo largo de diez jornadas, la audiencia escuchó a médicos, vecinos, niños, policías y magistrados; se examinaron también las columnas de los periódicos, muchas de las cuales habían desfigurado las declaraciones testimoniales. El presidente Kluth prodigó las amonestaciones públicas e intimó a los miembros del jurado a ceñirse exclusivamente a lo que fuese expuesto en la sala de audiencias. El caso había cobrado notoriedad mucho más allá de los confines de la comarca, mas semejante celebridad no confería firmeza a los recuerdos de los deponentes. Exigía, sobre todo, discernir escrupulosamente entre lo que el testigo vio por sí, lo que oyó decir y lo que creyó colegir de los acontecimientos.
Entre los testimonios más gravosos se hallaba el de Mölders. Pretendía haber visto un brazo emerger de la vivienda de Buschhoff y atraer al infante al interior del zaguán. Ahora bien, no había manifestado tal escena sino transcurrido un tiempo dilatado, y las circunstancias se iban alterando con cada deposición: la distancia desde la que aseguraba haber presenciado el lance aumentaba de continuo. El juez Brixius había ordenado comprobar la posibilidad física del ademán; cerca del vano se interponía un mostrador, y las recreaciones demostraron que el movimiento resultaba punto menos que impracticable en los términos descritos. Practicada la inspección in situ, las pruebas evidenciaron que era dable introducir al niño sin mostrarse el agresor, mas no permitieron acreditar que tal contingencia se hubiese producido aquel día. Lo verosímil no bastaba para constituir prueba plena.
La declaración de Mallmann ofreció un cuadro distinto: describía un saco conducido hacia el granero por Hermine Buschhoff, la hija del procesado, y un hombre que le hacía señas desde el huerto. No obstante, Mallmann guardó silencio sobre este pretendido avistamiento cuando fue interrogado el 1 de julio, e igualmente cuando Buschhoff se querelló contra él por haberle increpado como asesino en plena vía pública. No acudió a deponer ante la autoridad hasta el 22 de julio. Tiempo después, la supuesta testigo que él citaba en su auxilio, la señora Winthuis, adujo haber visto únicamente a un muchacho no identificado, sin percibir ademán ni señal alguna. El presidente se vio obligado a desmentir una vez más a las prensas: tres maestros matarifes dictaminaron que las manchas del saco eran presumiblemente de hollín y no de sangre; asimismo, la paja del saco era de naturaleza dispar a la que asía el pequeño Hegmann.
Otras declaraciones tardías chocaban de bruces entre sí. El mozalbete Heister no evocó sus recuerdos sino semanas después de acaecida la muerte, cuando la especie de Mölders ya corría de boca en boca. El juez de instrucción coligió que los menores habían podido recibir el influjo de las personas adultas y de la agitación circundante. Una mujer repitió una conversación que afirmaba haber oído furtivamente en un vagón de tren; otros refirieron sentencias anónimas atribuidas a judíos del vecindario. Llamados al estrado, no pocos testigos desmintieron las palabras que se les achacaban o puntualizaron que jamás presenciaron lo que otros juraban haberles oído referir. Al rumor no le faltaban pregoneros; lo que le faltaba era una confirmación incontestable e independiente.
Los peritos médicos examinaron asimismo el cadáver, los restos hemáticos y el cuchillo catalogado con el número 13, incautado en el haber de Buschhoff. El doctor Bauer había emitido el parecer de que el filo bien pudo haber servido al designio criminal; dictamen que sirvió de apoyo al segundo arresto. Sin embargo, los restantes peritos discreparon. Declararon que el cuchillo resultaba inadecuado para ocasionar la herida observada, la cual no presentaba los caracteres de una escisión litúrgica, y juzgaron que la lesión pudo haberse infligido con un cuchillo ordinario. El volumen de sangre hallado en el cobertizo, explicaron los forenses, concordaba con la hemorragia previsible del cuerpo; de modo que en nada sustentaba la fábula de una extracción para ritos. La paja y las manchas del saco tampoco arrojaron vinculación con el crimen. Las conclusiones reseñadas por Friedländer emanan de los peritos juramentados en la causa: en modo alguno revelan al matador.
La defensa no descansaba meramente en la inconsistencia de los objetos. Desbarató la acusación oponiendo la coartada de Buschhoff, consolidada por testigos fidedignos que pormenorizaron sus desplazamientos a lo largo de la mañana de aquel 29 de junio. Las horas quedaron cotejadas a partir de los tañidos de campana del oficio divino. El 13 de julio, el procurador general Hamm interesó a los miembros del jurado que respondieran negativamente: pese a otorgar crédito al testigo Mölders, la coartada del acusado se imponía con fuerza irrefutable. Al día siguiente, el primer fiscal Baumgard ahondó en dicha coartada, a la que atribuyó un peso exculpatorio incontestable, y formuló por su parte la petición formal de absolución. De ello no se deducía que el tribunal hubiera desvelado la mano homicida; se desprendía, sin resquicio de duda, que el cargo contra Buschhoff no podía sostenerse en derecho.
El 14 de julio, tras una deliberación de apenas media hora, el jurado dictó un veredicto de inculpabilidad a la cuestión formulada: ¿había Adolf Buschhoff dado muerte con alevosía a Johann Hegmann? El presidente pronunció la sentencia absolutoria y mandó al punto su inmediata excarcelación. Buschhoff rompió en llanto. La crónica asienta que el público congregado acogió el fallo con muestras de alborozo; no asienta que se diese con el autor del homicidio. El tío Knippenberg, los testigos demorados, el cuchillo, el pajar y el saco habían ocupado larguísimas sesiones, pero la resolución de la justicia tenía un alcance más sobrio y taxativo: aquel reo no era culpable del crimen atroz que se le atribuía.
Así concluyó el proceso, mas no el misterio del fallecimiento. La crónica de Friedländer ilustra hasta qué punto una instrucción criminal puede extraviarse cuando el prejuicio social dicta de antemano el desenlace y constriñe cada indicio material a encajar en una trama preconcebida. La calumnia del asesinato ritual jamás iluminó las sombras que rodeaban la muerte de Johann Hegmann: sólo sirvió para cebar la inquina contra los vecinos hebreos y viciar el cotejo sereno de las declaraciones. El jurado devolvió la libertad a Buschhoff, mas el juicio no proporcionó el nombre del asesino. Es deber inexcusable del historiador conciliar ambas certezas: la absolución del acusado es un hecho incontrovertible; la identidad del homicida, a la luz de las fuentes compulsadas, permanece envuelta en la oscuridad.
