D’Arconville llevaba consigo cuatrocientas libras para ayudar a dar con los asesinos. Llegaba con dinero, vínculos de parentesco y la firme voluntad de sumarse a las pesquisas. Entró en París maniatado a lomos de un caballo. Por el camino, los arqueros lo señalaban a los transeúntes como el homicida. La investigación apenas comenzaba; la calle ya tenía a su culpable.
Aquel vuelco de la fortuna se debía a un viejo asunto de familia. Mucho antes de que aparecieran los cadáveres, mediaron una donación, un matrimonio, otro matrimonio más y esas prudentes disposiciones con las que los hombres de leyes pretenden gobernar el porvenir. Charles du Moulin, afamado letrado, no pensaba en tomar esposa cuando cedió, en 1537, el señorío de Mignaud, en la Beauce, a su hermano Ferri. Este contraía nupcias. El contrato preveía una dote de viudedad de doscientas libras de renta, redimible por tres mil libras, según las condiciones que refiere la crónica.
Al año siguiente, Charles contrajo matrimonio a su vez. La generosidad del soltero puso en apuros al marido. Quiso recuperar su tierra, perdió ante una primera instancia judicial y logró después reintegrarse en Mignaud con la carga de respetar la renta viudal de su cuñada. Los dos hermanos volvieron a pleitear, hasta que transigieron en 1543. La paz renació entre ellos; sus contratos, harto menos complacientes, continuaron surtiendo efecto.
Ferri dejó una hija única. Su tutor le hizo aceptar la herencia a beneficio de inventario, cautela encaminada a impedir que las deudas excedieran los bienes recibidos. Mas esta condición de heredera entrañaba, en la partición familiar expuesta por Champagnac, un grave inconveniente: le vedaba a la doncella reclamar la renta de viudedad. La asignación de doscientas libras dejaba así de gravar Mignaud. A los herederos de Charles les convenía que nada mudase.
D’Arconville desposó a la hija de Ferri. Pronto echó cuentas: una vez saldadas las deudas, la herencia rendía menos que la renta a la que se había renunciado. Le aconsejaron aprovechar la minoría de edad de su mujer para impetrar cartas de rescisión contra la aceptación de aquella herencia. Las obtuvo. Una vieja obligación, que la otra rama de la familia juzgaba extinta, amenazaba de nuevo con cobrar vida.
Entretanto, Charles había fallecido. Su hija había casado con Bobie, abogado en el parlamento y baile de Coulommiers. D’Arconville acudió a su encuentro. Expuso sus motivos y propuso someter el diferendo al arbitraje de personas de nombradía. Bobie accedió. En aquel punto, el negocio aún podía zanjarse en torno a una mesa, entre dos familias lo bastante próximas para tratarse y lo bastante interesadas para requerir árbitros.
Entonces, entraron cuatro mil ochocientas libras en casa de Bobie.
Aquella suma procedía de la redención de un censo perteneciente a su esposa. Los criados estaban al tanto de su existencia, refiere la compilación. La moneda contante y sonante se hallaba allí, al alcance de la imaginación de cuantos frecuentaban la morada. Semejante suma brindaba al robo un móvil inmediato; con todo, habría de pesar menos, en las primeras diligencias, que una renta disputada desde hacía años.
Un sábado de enero de 1571, Bobie anunció su partida hacia Coulommiers. Vaciló en repetidas ocasiones y finalmente se puso en camino. Dejaba atrás a su esposa, a dos hijos, a un lacayo y a una sirvienta. El mayor de los niños contaba ocho años; el menor, veintidós meses. Transcurrió el domingo sin que la puerta se abriese. El lunes, nadie dio señales de vida tampoco.
Un vecino había oído ruidos. Sabía de las desavenencias del matrimonio y creyó reconocer una nueva pendencia conyugal. Según declaró, pensó que las aguas volverían solas a su cauce. Las violencias con que Bobie abrumaba a veces a su esposa, referidas por la crónica, habían ofrecido así una explicación familiar a un estrépito que debió haber puesto en guardia. Nadie quiso inmiscuirse en lo que creía comprender.
Cuando la inquietud se hizo insoportable, el vecindario alertó al teniente civil y criminal. Un comisario compareció con testigos e hizo franquear la puerta. La madre, los dos niños y la criada habían sido degollados. El lacayo había desaparecido.
Los bargueños y arcones habían sido forzados. La vajilla de plata permanecía intacta; el oro y el numerario se los habían llevado. En las letrinas hallaron sortijas, candelas y el capote del criado ausente. La casa ofrecía, pues, a los pesquisidores varios indicios materiales, entre ellos la fuga de un hombre que pertenecía al estrecho círculo de quienes se hallaban presentes a la partida del amo.
Bobie regresó el jueves. Al enterarse del desastre, presentó querella contra d’Arconville. Su lógica descansaba en el provecho que presumía en aquel deudo: la muerte de su esposa e hijos favorecía, a sus ojos, al hombre que impugnaba la liquidación de sus intereses. El litigio civil proporcionaba un nombre al sumario criminal. Siguióse un auto de prisión preventiva.
D’Arconville residía por entonces en La Châtre, en la comarca de Brie. Había arrendado sus tierras de la Beauce el agosto precedente y, a comienzos de 1571, realizado varios desplazamientos a dicha región, en particular para tratar con su colono y visitar a parientes del canciller de L’Hôpital, con quien estaba emparentado. Al conocer las muertes, tomó el camino de París. Lo acompañaban las cuatrocientas libras destinadas a las costas de la persecución de los reos.
El teniente de corte de toga corta le salió al paso en La Queue-en-Brie. Fue arrestado. Fue atado. Acto seguido, los hombres encargados de su custodia se esmeraron en pregonar por el camino el delito que le atribuían. En La Châtre se sucedieron nuevos arrestos: su esposa, sus criados. Los condujeron en carretas. Para los curiosos, ella trocóse también en la mujer del carnicero.
En París, se separó a los presos. Se embargaron los muebles y las heredades del matrimonio. Con todo, la investigación sobre la conducta de d’Arconville no recabó, según Champagnac, más que informes favorables. Interrogado al día siguiente de su encarcelamiento, opuso ante todo un hecho a la acusación: se hallaba de viaje por la Beauce al momento del crimen. Las respuestas de su esposa coincidieron puntualmente con las suyas.
Pasaron seis semanas antes de que ella y la servidumbre fuesen puestos en libertad. Su marido permaneció bajo la custodia de un comisario. Los cónyuges apelaron del decreto, de su prisión y de los embargos. Emplazaron a Bobie a sostener la acusación que había promovido. Este rehusó constituirse en parte civil y delegó la acusación en el procurador general, sin retractarse de su denuncia.
Étienne Pasquier asumió entonces la defensa de d’Arconville. Se enfrentaba a una dificultad que no figuraba en inventario alguno: el público y los magistrados albergaban hondos prejuicios contra su defendido. La crónica atribuye abucheos a su exordio, y luego a su alegato la fuerza precisa para mudarlos en aplausos. Tras aquel viraje del auditorio, el argumento cardinal seguía siendo la absoluta falta de testimonios de cargo frente a una incriminación urdida sobre la base del mero interés presunto.
D’Arconville quedó absuelto de la acusación. Bobie fue condenado en costas y al pago de tres mil francos por daños y perjuicios, según la cuantía consignada en los autos. Quien se había ofrecido a costear la busca de los homicidas obtenía desagravio por haber sido perseguido como uno de ellos.
El lacayo, por su parte, continuaba desaparecido. Champagnac lo tiene por el asesino y recuerda que un pasante había advertido a Bobie de sus idas y venidas nocturnas por la casa tras la llegada del caudal. La certidumbre del cronista no se acompaña del relato de juicio alguno contra el sirviente. Se ignora qué fue de él. En la casa asolada, cuatro personas habían perdido la vida; en el camino de París, otro hombre estuvo a punto de perder su honra y su nombre por haber pretendido cobrar una renta.
