En la mañana del 15 de mayo de 1795, Ann Broadric descendió del carruaje procedente de Southend junto a la avenida que conducía a la mansión de los Errington, en Grays. Esta es la fecha que Borrow consigna en su crónica; más adelante, el criado George Bailey situaría la visita el 13 de mayo. Las actas judiciales conservan, pues, dos fechas distintas para dicha llegada. Concuerdan, en cambio, en la escena que sobrevino: Broadric exigió ver a Errington, lo halló en el salón y le disparó.
Poco antes, Errington la había avistado y había prevenido a su esposa. Deseaba que Mrs. Errington se retirase unos instantes; no obstante, esta prefirió encarar ella misma el encuentro e instó a su marido a refugiarse en el salón. Broadric entró por la cocina. El criado le indicó que su señor se encontraba en la casa y encomendó al jardinero que la condujera al recibidor. Ante la puerta, tropezó con Mrs. Errington. Al advertirle esta que Errington no podía recibirla, Broadric replicó que conocía la casa con excesiva intimidad para conformarse con tal respuesta, y marchó decidida a buscarlo.
En el salón, extrajo de su bolsillo una pequeña pistola de cañón de latón, provista de una piedra de pedernal nueva. La encaró hacia el flanco izquierdo de Errington, en dirección al corazón, anunciándole que acudía a cumplir su terrible promesa. El tiro partió. Mrs. Errington acudió despavorida y se desmayó al ver a su marido manar sangre. Errington, que se mantenía aún en pie, preguntó a Broadric qué le había hecho para merecer semejante suerte. Ella no contestó más que con una leve inclinación de cabeza, según el testimonio de Borrow. Al precipitarse los criados en la estancia, arrojó el arma sobre la alfombra y les gritó que la prendieran, que la ahorcaran, que hicieran de ella cuanto plugieran: ya nada le importaba.
El señor Miller, cirujano de la comarca, examinó la herida. La bala había penetrado cerca de la costilla inferior, había quebrado tres costillas y había atravesado la espalda hasta quedar alojada bajo el omóplato. Cuantas tentativas se hicieron por extraerla resultaron vanas. Tras aplicarle las primeras curas, el magistrado Mr. Button tomó declaración a Errington. Interrogó asimismo a Broadric acerca de qué motivos la habían impelido a semejante extremo. Ella respondió que había resuelto que ninguno de los dos sobreviviría largo tiempo a la pérdida de su sosiego espiritual. Errington suplicó al juez de paz que no la retuviera: abrigaba la certeza de que sanaría. Con todo, esa misma noche fue conducida a la prisión de Chelmsford.
La amenaza que había precedido al disparo constaba ya en autos. Una misiva fechada el 11 de septiembre de 1794 reclamaba una postrera entrevista y advertía que una mujer ultrajada podía tornarse más implacable que la tormenta. En ella, Broadric le recordaba que Errington le había dado a entender que ella era la dueña exclusiva de su amor; afirmaba desear verlo por última vez, amenazando con darle muerte si él se negaba. Borrow consigna que las peticiones de audiencia prosiguieron por carta. Sin embargo, durante el juicio, el testigo John Eves refirió otra esquela, entregada a Errington el 13 de mayo y devuelta sin abrir: en ella Broadric aludía a cuestiones pecuniarias y a una suma de dinero que afirmaba esperar. Los legajos no admiten confusión: el primero es una conminación violenta de septiembre; el segundo, una gestión de intereses en mayo.
La acusación fundó también sus cargos en la presencia de dos pistolas. El doméstico Bailey, que había visto a Broadric en el instante mismo de la detonación, había subido a la carrera al salón encontrando a su amo bañado en sangre. Despachó emisarios en busca del cirujano y regresó poco después acompañado por dos alguaciles. En la planta baja, un guardia reparó en que Broadric mantenía la mano oculta en la faltriquera. Cuando se dispusieron a colocarle los grilletes, rogó que le permitieran sacar algo. Interrogada acerca de una segunda arma, confirmó que la llevaba consigo y confió a Bailey que la destinaba a sí misma. Una criada la palpó y extrajo la segunda pistola. El designio de una muerte compartida no se sustentaba únicamente en la antigua misiva: las actas atribuyen a la propia Broadric, tras su detención, esta confesión sobre la segunda boca de fuego.
El encarcelamiento no suspendió el curso inexorable de las actuaciones. Refiere Borrow que Errington expiró pocos días después del atentado. Cuando la noticia le fue transmitida en Chelmsford, Broadric rompió en amargo llanto, lamentando con desesperación haber sido la causante de su muerte. El 19 de mayo, las pesquisas del juez de instrucción forense concluyeron con un dictamen de homicidio voluntario perpetrado por su mano. Este fallo del *coroner* no constituía aún el veredicto definitivo del tribunal de lo criminal. La vista de la causa se celebró el 17 de julio ante el juez supremo, el barón Macdonald. Broadric llegó a la sala en carruaje, escoltada por tres damas y su boticario. Vestía luto riguroso, sin polvos en el cabello. Pelham puntualiza que había abandonado la celda a las seis de la mañana para aguardar en un aposento del palacio de justicia. Fue conducida luego a una silla dispuesta en el estrado. Ante el concurso de los presentes, su aparente calma se vio rota por intermitentes crisis de agitación, consignadas por el cronista.
El alegato de la acusación corrió a cargo del señor Garrow. Al darse lectura al acta que le imputaba haber inferido una herida mortal en el pecho derecho de Errington, Broadric prorrumpió en un clamor: «¡Oh, Dios misericordioso!», y rompió a llorar deshecha. Bailey reiteró ante el tribunal el itinerario desde la cocina hasta el salón, el fogonazo, los alaridos de Mrs. Errington y la apremiante carrera en busca del cirujano. Describió asimismo la segunda arma y la confidencia que Broadric le había musitado. Eves dio cuenta de la esquela que había portado y traído de vuelta. El proceso confrontaba así dos pruebas de naturaleza discordante: una carta conminatoria enviada meses atrás y un billete reciente que Errington había rehusado abrir.
Los letrados de Broadric hicieron comparecer a varios testigos que declararon haberla visto dar inequívocas muestras de demencia en repetidas ocasiones. La crónica de Camden Pelham precisa que la fiscalía no impugnó este argumento de la defensa. Tras unos escasos minutos de deliberación, el jurado la declaró no culpable. Esta resolución penal no revocaba el dictamen del forense sobre la muerte violenta; respondía con estricto apego al pliego de cargos y a los testimonios escuchados en estrados.
Al término de las sesiones de las *assizes*, los magistrados ordenaron que Broadric fuese examinada por dos jueces de paz con anterioridad a su traslado, bajo su custodia, hasta su lugar de residencia. Añadieron a la providencia un mandato singular: que se le procurasen allí todos los cuidados y atenciones humanamente posibles.
