Las huellas en los campos de Keulos
A las seis de la mañana del día de Todos los Santos de 1855, Johann Adam Maul partió de Künzell con su escopeta de dos cañones. Como guardabosques, debía vigilar los sotos donde se habían colocado lazos furtivos. Pocos días antes, había mostrado aquellas trampas al guardabosques mayor Kaufholz y señalado al herrero Benedict Blösser como el hombre que las forjaba. Maul había manifestado que regresaría a los setos de Keulos, advirtiendo de que no consentiría que el furtivo prosiguiera con sus andanzas.
No regresó jamás. El 3 de noviembre, su cuerpo fue descubierto cerca de Pilgerzell, apartado de un camino. Su escopeta, su morral y su sombrero permanecían allí; sus bolsillos conservaban sus efectos personales. El robo, por tanto, no explicaba la muerte. El examen médico-forense concluyó que había recibido un disparo de perdigones a distancia, seguido de heridas en el cuello y en la cabeza. Los facultativos estimaron que los golpes en el cráneo habían causado el deceso. Para los investigadores, el orden de las violencias debía permitir esclarecer si Maul había intentado defenderse y en qué instante el ataque había cobrado un cariz homicida.
El lugar del hallazgo no era el escenario del ataque. La tierra arcillosa adherida a las ropas no correspondía al terreno donde yacía el cadáver. Los pesquisas siguieron un rastro de arrastre a lo largo de cerca de quinientos pasos y, a continuación, las marcas de una carretilla. Estas cruzaban la carretera de Fulda, atravesaban campos recién arados y ascendían hacia los setos de Keulos. La carretilla había sido posada en un punto reconocible por dos improntas de pies metálicos; otro par de huellas, correspondientes a un pie descalzo con el dedo gordo muy marcado, discurría por el surco.
En el interior del bosque, los indicios se estrechaban. Se hallaron restos de papel azul de cartucho, pólvora, varios perdigones y dos manchas de sangre. Un reguero de arrastre se internaba en la maleza, regresaba hacia el camino y alcanzaba luego la carretilla. Una segunda rodada parecía corresponder al regreso del vehículo tras el depósito del cadáver. Todo sugería un traslado cuidadosamente desviado hacia Pilgerzell para alejar las sospechas de Keulos. Las marcas no señalaban a nadie por su nombre, pero ofrecían a los instructores un mapa que cotejar con las costumbres y los enseres del pueblo.
El guardabosques Kaufholz recordó entonces el encuentro de la semana precedente. Maul le había llevado lazos primorosamente retorcidos. A juicio de Kaufholz, su factura revelaba el oficio de un herrero y no la labor con una tenaza común; Blösser era el único forjador de la aldea sobre quien ya pesaban sospechas de furtivismo. Kaufholz había indicado a Maul un apostadero desde el cual se divisaba la casa de Blösser. El día de su desaparición, Maul bien pudo dirigirse al bosque con la certeza de toparse con el hombre de quien desconfiaba.
En la mañana del 1 de noviembre, unos niños se dirigían a la iglesia cuando oyeron primero un disparo, luego voces y dos detonaciones sucesivas procedentes de la espesura. Uno de ellos creyó reconocer a Maul pidiendo auxilio. Una mujer, en su casa cercana a los setos, escuchó también: «¡Socorro!» Las horas no quedaron fijadas con exactitud, pero aquellos testimonios situaban una reyerta en la zona coincidente con las manchas de sangre, mucho antes del hallazgo del cuerpo.
Blösser negó haber abandonado su morada aquella mañana. Su esposa confirmó que había permanecido en casa, indispuesto. Sin embargo, diversos detalles desmentían la coartada. Al día siguiente, el herrero había cruzado los setos con una pala hasta su parcela, colindante con la tierra arada donde la carretilla había hendido el suelo. Varios testigos lo situaron cerca del lugar de la agresión. Durante el registro, la justicia descubrió en su domicilio un cuchillo con punta en forma de corazón, empleado para degollar el ganado, y un hacha pequeña. Los médicos juzgaron que tales herramientas podían ser compatibles con las heridas observadas.
La noche de Todos los Santos, Blösser había visitado a su vecino, el maestro de escuela, contra su costumbre inveterada. Este lo encontró abatido y distraído; vestía un chaleco rojo en lugar de su habitual sayo verde y llevaba un dedo vendado. Su mujer adujo que le había golpeado accidentalmente el dedo con el martillo mientras le ayudaba en la fragua. Los facultativos pusieron en duda que la morfología de la lesión cuadrase con tal versión y barajaron la hipótesis de una mordedura. En el momento de su prendimiento, Blösser habría dicho que Maul se hallaba «allá arriba, en el seto» y que acabarían pretendiendo que él lo había matado, antes de recordar que se conocían bien. Aquellas palabras no constituían una confesión, pero brindaban a los jueces nuevas contradicciones que desentrañar.
El carretillo de Blösser fue comparado después con las rodadas fijadas en el campo. La rueda y los pies de hierro encajaban con precisión en las huellas; ningún otro carruaje examinado en las aldeas circundantes coincidía de forma tan exacta. Los pies de Blösser, singularmente su dedo gordo, se amoldaban asimismo a las pisadas impresas en el barro. Sus ropas habían sido lavadas y presentaban rastros identificados como de sangre, en particular sobre una prenda verde que en un principio afirmó no haber vestido. En su casa y en los alrededores se recogieron varios pedazos de papel azul y pólvora idénticos a los restos del cartucho descubiertos en la espesura.
Un testigo, Adalbert Wiegand, aportó un elemento de gran peso. En el instante en que los vecinos oyeron los disparos, vio a Blösser regresar de los setos en dirección a su vivienda. Cuando Wiegand abrió la ventana, Blösser se agachó, echó a correr y se desvaneció tras una dependencia. Blösser adujo más tarde que había salido a satisfacer una necesidad y que se había inclinado junto a unos troncos de árbol; tales troncos no existían en el paraje indicado. Otros indicios, como las heridas que presentaba en el dedo y en la pierna, concordaban con un forcejeo, sin bastar por sí solos para determinar cuanto había acontecido.
El proceso no se limitó a dilucidar la identidad del autor. Los jurados debían decidir asimismo si Blösser había resuelto matar a Maul desde el principio o si el designio criminal había surgido al calor de la contienda. El 16 de enero de 1856, respondieron que Blösser había inferido voluntariamente las heridas mortales, pero que no había abrigado un plan homicida desde el primer golpe; estimaron, no obstante, que había obrado con reflexión al persistir en la violencia. El tribunal lo condenó por asesinato a la pena capital.
Tras el veredicto, Blösser reconoció parte de los hechos. Declaró haberse adentrado en el bosque para cazar y haber sido sorprendido por Maul. Su versión presentaba al guardabosques como el primero en abrir fuego y describía a continuación una lucha en la que se habría defendido. Empero, los médicos rebatieron que su cuchillo hubiese podido causar ciertas lesiones, y su relato no casaba con el testimonio de su esposa ni con otros extremos de la causa. Admitió haber trasladado el cadáver en su carretilla, ocultado su arma e intentado borrar las huellas, tratando en todo momento de atenuar su culpabilidad en el ataque.
El tribunal de apelación confirmó la sentencia y el soberano denegó la gracia solicitada en su favor. Blösser terminó por confesar que había mentido y que merecía su condena. La víspera de su ejecución, imploró el perdón de la viuda de Maul; ella le respondió que lo perdonaba. Al día siguiente, se despidió de sus hijos y subió al cadalso. En esta causa, las ruedas, el papel de cartucho, las ropas lavadas y el testimonio vacilante de los vecinos habían tendido un puente entre un bosque solitario y la casa de un herrero. El veredicto, por su parte, supo deslindar la intención inicial de la resolución de perseverar en el crimen.
