El martes por la noche, unas luces se elevaron sobre el cementerio de Hemington. John Clarke, un carnicero que regresaba a la aldea, vio tres de ellas estallar como cohetes. Richard Hawkins, criado del rector, avistó otra junto a una tumba. La crónica impresa sitúa estas observaciones en el umbral de la exhumación, sin establecer un vínculo material entre ellas. Según su prefacio, lo que condujo a los habitantes a abrir el ataúd fue, más bien, una pregunta de la señora de Jane: si el sepulturero había cavado con suficiente hondura y si la tierra había quedado bien compactada.
El panfleto enmarca el caso en un calendario que el lector moderno debe interpretar con cautela. El acta de acusación y las deposiciones fechan los hechos el 13 de febrero de 1739, con arreglo al año legal inglés que no comenzaba sino el 25 de marzo. La portada, por su parte, anuncia el juicio del 31 de marzo de 1740. Se trata del mismo proceso, y no de dos años de intervalo entre la muerte y las vistas judiciales. Jane trabajaba en la casa de Elizabeth Branch, viuda, y de su hija Betty, a quien el texto también llama Elizabeth. El folleto la describe como aprendiz, mas elude precisar su edad.
La primera escena es la de un recado para traer salvado. Ann James, criada de la casa, había pedido la víspera a Jane que lo trajera de la vivienda de Anthony Budd, en Faulkland. A la mañana siguiente, William Budd acudió a trabajar a la hacienda de las Branch y manifestó que nadie había ido a recoger el grano. Ann y Betty interrogaron a Jane; esta sostuvo haber cumplido el encargo. Betty montó en cólera. Según el testimonio de Ann, la hija le ordenó tomar unas varas flexibles y se dirigió ella misma al establo donde Jane se disponía a alimentar a los terneros.
Ann relató que, a su regreso, Jane presentaba una herida sangrante en el brazo. Betty la golpeó con el puño y le tiró de las orejas; acto seguido, Elizabeth bajó a su vez. Madre e hija empuñaron sendas varas de sauce. Arrojaron a Jane al suelo; Betty la inmovilizó hincándole la rodilla mientras ambas la azotaban. La joven recibió después golpes con los tacones de los zapatos, patadas y varazos en la cabeza y los hombros. En la narración de Ann, Jane intentó huir de la cocina al salón; las dos mujeres la persiguieron y la arrastraron de vuelta mientras la golpeaban.
Este testimonio no se limita a describir una sucesión de castigos. Revela, si se le concede crédito, las tareas impuestas tras la violencia: lavar su propia sangre, limpiar la estancia, fregar una marmita, barrer el salón. Ann declaró que Jane se sostenía la cabeza, gemía, hablaba con voz apagada y era incapaz de mantenerse en pie. Ante una pregunta sobre el cubo de salvado, habría contestado que conocía el camino; al conminársele a lavar la vajilla, aún habría respondido que lo haría. Ann refirió que la muchacha parecía ya incapaz de actuar, pero las órdenes no cesaban.
Hacia las seis, Ann la halló tendida junto al fuego; la cofia ensangrentada había sido reemplazada por una limpia. Afirmó haber advertido a su señora de que Jane estaba muerta. Elizabeth replicó que le había administrado un cordial y mandó subir el cuerpo a la planta alta. Ann marchó a buscar vino; a su vuelta, hacia las ocho, constató el fallecimiento. Ese mismo miércoles por la noche, cerca de las once, Elizabeth obligó a Ann a acostarse, vestida, junto al cadáver hasta la mañana. El jueves 14, Ann y William Budd tomaron las medidas para el ataúd sin desnudar a Jane; tan solo alcanzaron a ver una pierna y un brazo, ennegrecidos por las contusiones. El viernes 15, Elizabeth ordenó a Ann lavar el cuerpo sin quitarle la camisa, con el fin de ocultar, según dijo, las numerosas marcas.
La sepultura no acalló las sospechas. Francis Coombes, sacristán y sepulturero, declaró que se le había pedido tocar la campana el viernes, pese a que Jane había fallecido el miércoles; en su parroquia, según adujo, se doblaba el mismo día o muy temprano al siguiente. Tras el entierro, Elizabeth le preguntó por la profundidad de la fosa y quiso saber si estaba bien cegada. Este detalle, expuesto en el proceso, cobró singular relieve cuando los vecinos se congregaron en el cementerio para examinar el féretro. Las luces observadas por Clarke y Hawkins fueron otro elemento del rumor local. Los testigos las describieron a modo de cohetes o como una vela; la publicación no establece ninguna relación física demostrable entre tales fenómenos y el deceso.
Robert Carver y John Marchant relataron que se habían procurado la llave de la iglesia con el pretexto de tañer las campanas, para luego desenterrar el ataúd. Convocaron a varias mujeres a fin de que inspeccionaran el cuerpo antes de decidir si procedía volver a inhumarlo. Mary Vigor y Betty Marchant afirmaron haber visto abundantes hematomas y llagas. El doctor Salmon describió una contusión en la frente, fracturas de cráneo, diversas heridas abiertas, una extensa contusión en la región lumbar, así como lesiones en los dedos y marcas generalizadas en la espalda, los brazos, los muslos y las piernas. Consideró mortales algunas de las lesiones y dictaminó que se habían producido en vida de Jane. Tales son las conclusiones recogidas de su examen, no un peritaje independiente contrastado en nuestros días.
Ante el juez Chapple, las procesadas no negaron haber golpeado a Jane. El testigo William Palmer declaró que le habían hablado de una caída con un cubo que le habría lastimado la cabeza; reconocían los azotes, pero atribuían la herida fatal a un percance que no podían respaldar mediante testigo alguno. Elizabeth sugirió asimismo que los vecinos habían añadido heridas tras exhumar el sepulcro. Palmer repuso que un cirujano sabría distinguir las lesiones ante mortem de las posteriores; la madre le entregó entonces una guinea y lo despidió sin permitirle examinar el cadáver.
Ann James compareció interrogada a propósito de su propia conducta. Negó haber encubierto las sevicias infligidas por las Branch y sostuvo haberse interpuesto a costa de recibir insultos. No obstante, el forense, George Hayme, consignó que en el primer interrogatorio del viernes ella habría manifestado ignorar quién había matado a Jane y cómo se había producido su fin. El folleto reproduce este testimonio en su contra, pero añade luego, en declaraciones juradas posteriormente por miembros del jurado de pesquisa, que Ann jamás habría negado conocer el modo en que Jane fue golpeada y muerta. Ambas versiones contradictorias figuran en el mismo panfleto; la crónica impresa no permite dirimir entre ellas.
La defensa procuró desviar la culpa hacia Ann. John Lawrence afirmó que la criada había golpeado a Jane y que la joven solía quejarse de sus malos tratos. Thomas Wrentmore aseguró haber visto a Ann tirar de los cabellos a Jane y golpearla varias semanas atrás. Anne Paradise refirió igualmente quejas de la difunta contra la sirvienta. William Budd, en una declaración separada adjunta a la obra, indicó haber visto a Betty golpear a Jane con una vara unas ocho semanas antes de su muerte y a Ann pegarle en una ocasión con una escoba. La defensa articuló estos testimonios sosteniendo, a la par, que las acusadas eran blanco de malevolencia vecinal y que Betty había acogido y vestido a una doncella desvalida y sin amigos.
El expediente divulgado no transforma estos indicios en una certeza incontestable. Ann fue testigo presencial de cuanto aconteció en la casa, pero también formaba parte del servicio doméstico y su credibilidad se vio seriamente impugnada. Los médicos describieron lesiones tan dilatadas como letales, si bien el panfleto no registra contraperitaje médico alguno, ni de cargo ni de descargo, sobre cada una de ellas. Palmer evocó una caída que no presenció. Los vecinos descubrieron el cuerpo tras las exequias; la duda sobre una manipulación del ataúd fue esgrimida por las procesadas, mientras que el doctor Salmon aseveraba que ciertas heridas se produjeron mediando circulación sanguínea. Cada elemento mudaba de cariz según la voz que lo articulara.
La vista judicial se prolongó, según las actas, unas seis horas. Tras la instrucción sumaria del juez, el jurado deliberó sin abandonar la sala y declaró culpables a Elizabeth y a Betty Branch. El panfleto asegura que Elizabeth mantuvo un semblante impasible y que propinó varias patadas a Mary Vigor durante la declaración de esta; tal pasaje descansa únicamente en la pluma del cronista. Al día siguiente, las reas impugnaron la composición del jurado aduciendo que el primer grupo de insaculados habría emitido otro fallo. La objeción no frenó la condena capital. El texto ubica la ejecución el 3 de mayo y narra que la madre apremió a su hija a disponerse temprano para hurtar el patíbulo a la vista del gentío; añade asimismo que Betty se desmayó tras oír la sentencia.
Tras la crónica del suplicio, una posdata asegura que Jane sí había acudido a buscar el salvado, pero que Margaret Budd se negó a entregárselo sin previo pago. El libelo concluye que la joven criada resultó «víctima» de la ira de su ama. Esta explicación no consta como prueba sustanciada en el juicio; constituye el comentario postrero del impresor, cuya fuente no se consigna. Idéntica reserva impone su prefacio, que retrata de entrada a la madre como a una patrona cruel y desliza añejas sospechas sobre la muerte de su esposo. Estas notas explican el tono incriminatorio del libro, pero jamás formaron parte de los cargos juzgados en la causa.
Al término de estas páginas, las luces del camposanto permanecen en lo que fueron para Clarke y Hawkins: resplandores divisados en las tinieblas, descritos por analogía con cohetes o con una vela. La fosa, por su parte, fue profanada por los aldeanos, y el cadáver dio lugar a constataciones médicas, a una acusación formal y a un veredicto de muerte. Entre estos hitos, el texto conserva las contradicciones sobre las palabras de Ann, las sospechas vertidas contra su testimonio y la hipótesis de la caída. La crónica da cuenta de una resolución judicial; deja al lector la tarea ineludible de discernir entre lo que los testigos juran haber visto y aquello que el impresor se propuso hacer creer.
