Al concluir los debates, el presidente hizo pasar ante los ojos del jurado las monedas de oro incautadas. La Gazette des Tribunaux refiere que se oyó por un instante su sonido metálico. En su peritaje, Riche describió unas piezas cuyo peso, coloración y sonoridad remedaban el oro de buena ley; en Charenton, según un testigo, varios cambistas y plateros las habían tenido al principio por metal precioso. Así pues, la moneda falsa no ostentaba únicamente la apariencia del oro: imitaba hasta la prueba que se reputaba por la más sencilla.
El proceso tuvo lugar ante la Audiencia de lo Criminal del Sena, bajo la presidencia del señor Bondurand, en la sesión del 11 de febrero de 1874. El hombre sentado en el banquillo se decía natural de Cataluña. La crónica lo describe de complexión fuerte, rostro moreno, vestido de negro y con un francés correcto. Declaró llamarse Adolphe Fabret Y Finet, haber nacido en Rippol, provincia de Gerona, en 1832, y ejercer en Valencia como expedidor de frutas y tratante de tonelería. Puntualiza el periódico, no obstante, que ni su origen ni su identidad pudieron acreditarse; procede, por tanto, tomar estos datos como afirmaciones suyas y no como un estado civil fehaciente.
La relación de los hechos se abre con la detención de Fabret en Vitry, el 9 de septiembre anterior, cuando ofrecía a don Ballu, notario, un cartucho de cincuenta monedas de veinte francos en oro a cambio de billetes; las piezas fueron reconocidas como falsas. El auto de procesamiento añade que portaba cuarenta y siete monedas de diversas efigies, labradas con una aleación de cobre y platino. Alude asimismo a un canje anterior en Charenton, y luego el interrogatorio arroja otra cifra: el presidente interroga a Fabret sobre un «cartucho de mil piezas de 20 francos». La cifra inicial de cincuenta, las cuarenta y siete piezas incautadas y esta pregunta sobre mil monedas quedan como tres datos impresos imposibles de reducir a una sola cuantía.
El sumario recogía una primera colocación en Charenton. El 2 de agosto de 1873, a tenor del auto citado por el diario, Fabret se habría presentado en la escribanía de don Leclerc para pedir mil francos en billetes a cambio de igual suma en oro. Habría entregado cuarenta y ocho monedas de veinte francos, que el texto tasa en 860 francos, más dos billetes de veinte francos. Ahora bien, cuarenta y ocho piezas de veinte francos arrojan 960 francos, y los dos billetes elevan el total aritmético a 1.000; los 860 francos que constan en letras de molde no concuerdan con esta suma, aun cuando el auto anuncia un canje de un millar de francos. Tras su marcha, se descubrió la falsedad de las monedas. Sin embargo, el cajero Dupille situó dicha visita el 29 de julio y afirmó haber recibido un cartucho de mil francos en oro contra dos billetes de quinientos francos. La crónica mantiene, pues, una discrepancia entre la fecha indicada por el sumario y la del testigo, sin que quepa dirimirla con el texto en la mano.
En Vitry, según la acusación, la escena se reprodujo al amparo de otro pretexto. Fabret habría asegurado a Ballu que deseaba enviar billetes por correo a un comerciante de Étampes. El notario ya tenía noticia del fraude sufrido por su colega; crecieron sus sospechas y mandó llamar al guarda de campo. Fabret permaneció más de una hora en la escribanía, circunstancia que invocó para sostener que no había pretendido huir y que creía legítimas sus monedas. Ballu corroboró aquel lapso, mas explicó que el inculpado estuvo rodeado por él y por sus pasantes mientras se buscaba a los gendarmes. Un mismo hecho recibía así, en estrados, dos interpretaciones opuestas.
Desde el principio, la Fábrica de la Moneda confirió al asunto una trascendencia mayor que la de una simple estafa de ventanilla. Su director emparentaba las piezas con ejemplares salidos de talleres de falsarios afincados en España, conocidos desde 1867, y abrigaba la esperanza de que la detención de un portador permitiera desentrañar las vías de distribución. Evocaba pesquisas pretéritas sobre monedas de platino y la magnitud de las sumas puestas en circulación. Empero, el periódico advierte que la actitud de Fabret impidió recabar las noticias que se anhelaban. La existencia de obradores españoles pertenece aquí al cotejo sugerido por la administración; la crónica judicial no demuestra que Fabret conociera a sus cabecillas.
Interrogado sobre su filiación y patria chica, Fabret se mantuvo en Rippol, si bien reconoció haber señalado al principio Agde, en el Hérault. Justificó esta primera patraña por el temor a sufrir malos tratos si se sabía que era español. Replicó el presidente que las pesquisas practicadas en Rippol no habían permitido hallar rastro de su partida bautismal ni de sus allegados. Fabret alegó que los archivos habían desaparecido a resultas de un incendio atribuido a los carlistas, y sostuvo haber entrado en quintas en dicha villa en 1852. El periódico recoge estas versiones contrapuestas sin aportar comprobación ajena a ellas.
Preguntóle a continuación el presidente por papeles que acreditaran su linaje, su estancia y sus negocios. La reseña indica que Fabret no aportó ninguno. Afirmó haber entrado en Francia en julio por motivos comerciales, haber recorrido varias poblaciones —Cette, Carcasona, Aviñón, Lyon, Mâcon, Beaune y Dijon— y haber echado quince días de camino. No supo dar el nombre de posada alguna ni de comerciante con quien hubiera tratado. En París señaló una casa de huéspedes del bulevar del Hôpital, en el número 169; la policía no halló finca con tal numeración y el propio Fabret fue incapaz de señalar el paraje. Alegó haber cursado estudios en un colegio de Bayona y haberse hospedado en casa de personas a quienes no deseaba mentar.
El tribunal se detuvo en las explicaciones que ofrecía respecto a la procedencia del oro. Respecto a Vitry, Fabret aseguraba haber recibido las piezas de un negociante de Pontoise a quien trató en un café, sin advertir su falsedad; añadía haber entregado dos a un mercader de la calle Saint-Denis. Mencionó igualmente a un corredor de vinos conocido en Bercy, quien debía procurarle toneles y presentarlo a un comerciante de Étampes. Ninguno de estos sujetos cobró forma en el relato del rotativo. En cuanto a Charenton, Fabret negó de plano haber puesto el pie allí, frente a lo cual el magistrado blandió el dictamen pericial de las monedas y el reconocimiento de los testigos.
Dichos testigos no evocaban idéntica secuencia. Dupille, cajero en Charenton, expuso que el parroquiano le entregó el oro y que, acto seguido, un cambista y un platero lo tuvieron por auténtico; fue un joyero del Palais-Royal quien vino a reparar en el defecto. Royer, presente en la notaría, afirmó reconocer a Fabret y recordó haberlo observado durante el canje y el recuento. Fabret replicó que se había sugestionado a ese testigo antes del careo. Ballu, en Vitry, lo señaló como el individuo que le presentó las piezas. Tachó asimismo de quimérico al tratante de vinos Rousse, a quien Fabret decía haber buscado por la calle Mayor de Vitry. La crónica concluye señalando que los demás testigos apuntalaron las imputaciones, sin pormenorizar cada una de sus declaraciones.
El perito Riche adscribió a las monedas de Charenton y de Vitry la misma aleación de cobre y platino. Describió una acuñación a prensa o volante, con troqueles esmeradamente labrados, y un metal capaz de copiar la presencia y el tintineo del oro. Vinculó esta técnica a causas anteriores juzgadas en Cataluña. Al manifestar Fabret que nada sabía de tales fábricas, el presidente atajó señalando que con frecuencia comparecían españoles ante las audiencias de lo criminal por delito de falsificación. Semejante generalización de la presidencia no basta, de suyo, para probar la pertenencia de Fabret a una banda; el artículo no ofrece ningún elemento que permita identificar una ceca clandestina o a un cabecilla concreto.
El fiscal general Hémar interesó una condena ejemplar. El letrado Forni, nombrado de oficio, expuso la línea de defensa del acusado aun advirtiendo que no podía hacerla suya; suplicó al jurado que considerase que Fabret no pasaba de ser un mero comparsa y que las jerarquías superiores burlaban la acción de la justicia. Fabret afeó luego a su defensor no haberlo amparado cabalmente. El presidente, con todo, encomió el difícil papel desempeñado por el letrado Forni. El jurado emitió un veredicto de culpabilidad puro y simple, tras lo cual la sala sentenció a Fabret a trabajos forzados a perpetuidad.
El inicio de la vista había despertado la ilusión de averiguar por el reo los entresijos de la circulación de la moneda falsa; el párrafo de cierre no consigna nombres de cómplices ni paraje de fundición. Deja tras de sí una condena inexorable, dos operaciones cuyos detalles no siempre concuerdan y unas monedas que supieron sortear los primeros exámenes de varios hombres de oficio. La Gazette no permite ir más allá: muestra al presunto emisario con el rigor con que lo perseguía la acusación, pero no desvela la trama que la administración ansiaba alcanzar.
