Al despuntar el alba, el abate Gazel no lograba incorporarse. La noche del 26 de marzo de 1865, había salido de Mascara para caminar por la carretera de Orán en compañía de su hermana y de un muchacho, Michel Pozzuelo. Al cabo de unos instantes, sus dos acompañantes, fatigados, le permitieron continuar en solitario. Apenas hubo avanzado doscientos pasos, según refiere la Gazette, un golpe recibido por la espalda en la cabeza lo arrojó al suelo, sin que alcanzara a ver ni a oír a su agresor.
Hacia mediada la noche, recobró el conocimiento en un campo contiguo al camino. Intentó ponerse en pie, no lo consiguió, y volvió a probar suerte por la mañana. Un barbero de Mascara, Portai, lo encontró y lo socorrió para que pudiera regresar a su domicilio. El artículo describe heridas de gravedad causadas por un instrumento contundente, la sustracción de un bastón y dos cuchillos, así como de un rosario rematado por una cruz de plata.
A principios de enero de 1867, seis hombres comparecían ante el tribunal de lo criminal de Mostaganem. La crónica remitida y publicada el 23 de enero relata tres días de sesiones, cuarenta y cuatro testigos de cargo, un veredicto de culpabilidad para los seis y penas que oscilaban entre los cinco años de prisión y la pena capital. La reseña articula las acusaciones en torno a confidencias y piezas de convicción, pero no constituye el sumario de instrucción ni la transcripción fidedigna e íntegra de los debates.
La sala de acusación de Argel los había enviado a juicio el 3 de octubre de 1866. El auto les imputaba cuatro asesinatos, tres tentativas de asesinato, un incendio y diversos robos con violencia. Sin embargo, en el orden de las páginas conservadas, la crónica pormenoriza únicamente tres víctimas mortales: Francisco Antón, Joseph Bonnet y Pierre Arnaud. La discrepancia entre la cifra anunciada y los casos expuestos carece de explicación; no me corresponde suplir el cuarto caso. La nómina impresa designa a Bou Aza uld El Abdelli, de veintiocho años; Djelloul ben Aouadja, de treinta y seis años; Snoussi ben Fergoug, de treinta años; Brahim ben Moktar, de treinta y dos años; Mohamed ben Medjadji, de treinta y ocho años; y, por último, a Mouffog uld Dabo bel Hadj, de veinticuatro años.
El exordio del corresponsal entraña ya una interpretación. Presenta a los seis hombres como una cuadrilla que habría sembrado «el terror» en los contornos de Mascara y retrata los asaltos como una amenaza directa para los pobladores europeos y las fincas coloniales. Más adelante, la acusación apela a la protección de los colonos argelinos. Este léxico pertenece al periódico y al ministerio fiscal; la narración debe dejarlo patente sin confundirlo con una descripción neutral del país.
El hilo primordial de la instrucción descansa en la palabra de Kheira bent M’hamed ben Safi. El periódico la retrata como allegada a Bou Aza y receptora de sus confidencias; esta relación y su verdadero grado de libertad sólo nos son conocidos a través del corresponsal. El artículo añade que Djelloul, tras haber abandonado el hogar paterno a raíz de una disputa el 4 de junio de 1865, se unió a Bou Aza y se convirtió en su compinche. Ambos, una vez detenidos, habrían confesado y revelado pormenores de los crímenes imputados.
Por lo que atañe a la agresión contra Gazel, Kheira asegura saber por boca de Bou Aza que este, Snoussi, Brahim y Mohamed fueron sus autores. Djelloul habría prestado al principio una declaración similar, para luego retractarse al término de la instrucción. El corresponsal confronta estas versiones con las declaraciones de Marichi y de Jautant, quienes aseguraron haberse cruzado con cuatro hombres en el camino y haber visto después al sacerdote dirigirse hacia el paraje donde aquellos aguardaban.
El rosario sustraído no llegó a recuperarse. Según las manifestaciones de Kheira y Djelloul, debía hallarse en el aduar de El Hazzat; las pesquisas resultaron infructuosas. La Gazette no da cuenta de incautación alguna de la pieza ni de reconocimiento formal del robo.
La crónica aborda a continuación la muerte de Francisco Antón, sirviente de Ramón Belso. El texto impreso data el hallazgo de su cadáver el 23 de mayo de 1855, si bien lo inserta en la serie de atentados de 1865 y precisa que Antón había desaparecido el 19 de mayo precedente. Se trata de una flagrante discordancia presente en el propio facsímil; ninguna de las fuentes aquí consultadas permite subsanarla, de suerte que la fecha no puede enmendarse de forma tácita. El cuerpo, descubierto en un campo de cebada próximo a la carretera de Orán, presentaba un estado de descomposición excesivo para que el facultativo pudiera precisar la naturaleza de las heridas.
A tenor del relato indirecto atribuido a Kheira, Antón se desplazaba a lomos de una yegua cuando varios individuos le salieron al paso pidiéndole tabaco. Mohamed ben Medjadji lo habría golpeado con una porra; a continuación, Bou Aza lo habría degollado. El cadáver habría quedado abandonado en el sembrado, y Mohamed se habría llevado la yegua para dejarla suelta más adelante. Djelloul habría ofrecido una narración idéntica, omitiendo el nombre de Snoussi. El animal fue hallado vagando cerca de Cocheron, desprovisto de montura y brida. La Gazette presenta este hallazgo como prueba que corrobora las confidencias, sin exhibir acta de atestado independiente.
El mismo día, según el rotativo, se hallaron los cuerpos de Joseph Bonnet y Pierre Arnaud, quienes habían partido de Sidi-bel-Abbès con un tercer camarada para pescar en el Oued-el-Haman. Bonnet y Arnaud habían emprendido el regreso para vender sus capturas en el mercado de Mascara; los hallaron sin vida en las inmediaciones de Saint-André. El diario consigna numerosas heridas, pedradas y cortes en el cuello. Kheira y Djelloul habrían atribuido estos homicidios a Bou Aza, Snoussi, Brahim y Mohamed; la Gazette señala que ciertas comprobaciones del forense coincidían con una parte de la declaración de Djelloul. Consigna asimismo una segunda confidencia atribuida a Snoussi, transmitida por mediación del hermano de Kheira.
Las acusaciones no atañen exclusivamente a hechos luctuosos. Un incendio, acaecido en la noche del 29 al 30 de abril, consumió una barraca de madera empleada por los peones de un adjudicatario de los abastos de Mascara. Kheira y Djelloul habrían señalado a Bou Aza como autor del fuego y del previo hurto de un par de zapatos árabes. Más tarde se encontró un zapato cerca del lugar donde fue asaltado Messaoud Sananès; un zapatero afirmó haberlo confeccionado para Safi ben Safi, si bien este último rehusó reconocerlo como propio. La incriminación estriba aquí en un objeto material y en un reconocimiento disputado, tal como los traslada el periódico.
Sananès, buhonero ambulante, habría sido atraído hacia una vivienda en lo alto de Bab-Ali con el pretexto de vender sus telas. Un individuo habría regresado a buscarlo a solas para, a cosa de un kilómetro de distancia, golpearlo en la cabeza. Dos transeúntes acudieron al socorro; el agresor huyó a la carrera, abandonando su porra y un zapato. Sananès creyó en un primer momento reconocer a un sospechoso, pero el artículo juzga errónea tal identificación a la vista de otros indicios. Las declaraciones atribuidas a Kheira y a un testigo indirecto encaminaron luego las sospechas hacia Bou Aza. Juan Parés, asaltado el 8 de junio tras habérsele solicitado tabaco, logró ponerse a salvo; sostenía hallarse en condiciones de identificar a su agresor, pero había abandonado la región cuando se practicaron las detenciones.
El arresto de Djelloul, el 30 de julio, aportó a la pesquisa una prueba material de mayor solidez. Se le prendió tras ofrecer resistencia en el tugurio que compartía con Bou Aza. Allí se incautó un fusil que el colono Alibert reconoció como de su propiedad, sustraído unas semanas antes de una caseta cuyas tablas del tejado habían sido desclavadas. Djelloul adujo que el arma pertenecía a Bou Aza; este sostuvo que se la había entregado un criado del caíd, extremo que dicho sirviente desmintió. El propio corresponsal concluye que la posesión del fusil demostraba la complicidad de ambos reos en el robo. Se trata de un juicio propio del articulista, muy distinto de una diligencia formalmente atestiguada.
Dos días después del arresto, el albornoz de Kaddour ben Zellat fue hallado entre unas zarzas. El anciano había recibido un golpe en la cabeza y había sido desvalijado al regresar de su huerto; reconoció en Djelloul a su atacante. Esta identificación, asevera la Gazette, venía a sumarse a la pieza recobrada. Mouffog, en cambio, sólo permaneció formalmente procesado a la postre por una tentativa de robo de un asno perpetrada junto a Bou Aza en el otoño de 1864. Dos testigos los habrían visto arrear al animal y lo habrían restituido a su dueño tras la huida de aquellos. El cronista estima menores los cargos acumulados contra Mouffog.
En la vista oral, el resumen disponible es sumario y marcadamente parcial. El corresponsal afirma que los seis acusados no perdieron el aplomo durante el interrogatorio; omite transcribir sus respuestas. Se escuchó a cuarenta y cuatro testigos llamados por el ministerio público. El fiscal Pouget postuló la culpabilidad e impetró un escarmiento ejemplar, apelando a la seguridad de los colonos. La defensa tomó después la palabra, mas su argumentario no aparece resumido; la crónica no permite calibrar las deposiciones ni las excepciones formuladas.
Tras tres jornadas de audiencia, el jurado declaró culpables a los seis hombres, según la Gazette. El periódico imprime la condena a muerte de Bou Aza uld el Abdelli; trabajos forzados a perpetuidad para Snoussi ben Fergoug, Brahim ben Moktar y Mohamed ben Medjadji; y cinco años de reclusión para Mouffog uld Daho bel Hadj. Por lo que toca a la condena de veinte años, hace constar a «Djelloul ben Moktar», en contraste con el «Djelloul ben Aouadja» de la lista inicial. De igual suerte, Mouffog figura como «Dabo» en el pliego de cargos y como «Daho» en el fallo. A falta de otra resolución judicial cotejada, la verdadera filiación del reo sentenciado a veinte años permanece en la incertidumbre; tales discrepancias se conservan aquí intactas.
El cierre de la reseña deja al descubierto un cúmulo de incertidumbres: el rosario que jamás apareció, el calzado reconocido por un artífice pero rechazado por su presunto dueño, el fusil cuya procedencia se imputan mutuamente dos hombres, testimonios propagados de oídas y, por fin, un jurado cuyos fundamentos jurídicos no se reproducen. La sentencia está atestiguada por la Gazette; el detalle de las pruebas y la identidad unida a una de las condenas quedan constreñidos por los límites de la fuente. Tras las fórmulas de «evidencia» esgrimidas por el corresponsal, el lector apenas dispone de la sucinta síntesis de un proceso, redactada desde los parámetros de un orden colonial que declara sin tapujos qué intereses se propone salvaguardar.
