«El Tribunal de lo Criminal no es un taller de moneda falsa», recordó el presidente cuando Charles-Auguste Bécardy solicitó reiteradamente permiso para fabricar un billete a la vista del jurado. El 14 de abril de 1874, Bécardy comparecía tras haber sido condenado en rebeldía en Burdeos por fabricación y expedición de moneda falsa. La Gazette describió su sonrisa y el orgullo que manifestaba por su propia destreza: en prisión, aseguraba la crónica, copiaba con esmero las diligencias procesales que le eran notificadas. Su defensor exhibió la impronta de un sello del Tribunal de Apelación de París, estampada sobre un sobre con una fidelidad que el periódico juzgaba capaz de engañar al ojo más avezado.
El ministerio público sentaba a su lado a otros cuatro encausados: Louis Van Baer, grabador holandés establecido en Mulhouse; François-Alphonse Feffer, músico ambulante; Marie Witt, cantante y compañera de este último; y Léon-François Bouteillé, oficial pastelero oriundo de Tarn. La vista debía desentrañar una trama que, según el auto leído en la sala, había hecho circular en 1873 billetes de veinte francos del Banco de Francia por territorio galo, Suiza, Alemania, Alsacia-Lorena e Italia.
Las actuaciones remitían a los pesquisas al otoño precedente. En París, en la casa de huéspedes de la viuda Ledoux, en la calle de Bercy, la policía apresó a Feffer y a Marie Witt. Ocultas bajo las sayas de la mujer, los agentes hallaron cuatro planchas de cobre dispuestas para la estampación. Las restantes incautaciones se sucedieron en registros independientes: tras la huida del grupo, el taller clandestino de Basilea reveló una prensa, una piedra de moler tintas, pigmentos, papel y pruebas de imprenta; asimismo se confiscaron útiles para falsificar moneda en Huningue y Belfort. Las autoridades francesas, alemanas y suizas habían actuado en estrecho concierto. Las primeras confesiones de Feffer y Witt precipitaron las restantes detenciones: Bouteillé fue entregado a la justicia francesa en Mulhouse, y Van Baer resultó extraditado.
Bécardy, por su parte, venía huyendo de su condena anterior. Bajo la identidad fingida de Casimir Dagès, se había refugiado en Mulhouse. El acta de acusación lo señalaba como el cerebro de la nueva empresa delictiva. Allí habría contactado de nuevo con Feffer y Witt, sumando luego a Bouteillé y a Van Baer, hábil grabador capaz de abrir las planchas. En Basilea, los cinco acusados habrían adquirido una prensa litográfica e instalado su obrador en un barrio apartado. El fiscal delimitaba las funciones: Bécardy dibujaba sobre la piedra, Feffer trituraba los colores, Bouteillé hacía los recados y Witt colocaba los billetes falsificados. Las correrías por Suiza, Alemania e Italia se habrían sufragado con el fruto de tales emisiones.
Las piezas de convicción dotaban a este relato de una aplastante consistencia material. En el domicilio de Van Baer en Mulhouse se descubrió, bajo una tabla al fondo de un armario, una plancha de cobre aún sin labrar y pliegos idénticos a los aprehendidos en el equipaje de Feffer. En una cómoda yacían un billete legítimo de veinte francos, que habría servido de pauta, y otro espurio a medio imprimir. En la audiencia, el alguacil abrió una caja situada junto a un violín y exhibió los efectos bajo precinto judicial, sin que la crónica especifique su naturaleza exacta. La defensa podía argüir quién había grabado las planchas o a quién pertenecían; los decomisos consignados, sin embargo, constituían un testimonio mudo irrebatible.
El presidente interrogó en primer término a Bécardy. Este admitió su condena en Burdeos, mas protestó contra la relación procesal de los hechos. Feffer, sostuvo, lo habría empujado a la falsificación sirviéndose de su suegro para arrancarle dinero. Afirmó haber consentido en imprimir una primera remesa para luego marcharse a trabajar a Saint-Louis y rehuir las exigencias de Feffer. No obstante, a preguntas del magistrado, hubo de reconocer que tomó prestados cien francos de su suegro para mandar comprar una prensa; la acusación vio en ese regreso a Basilea la reanudación deliberada del delito.
Bécardy no negaba haber manipulado los billetes, mas reducía su intervención a una insalvable coacción. Sostuvo haber fabricado quinientos francos bajo amenazas, manteniéndose desde entonces sometido a su compinche. El presidente rebatió este descargo recordando el utillaje, los constantes desplazamientos y los cuantiosos importes emitidos. Detalló entonces la estratagema imputada a la banda: Marie Witt entraba en una tienda, compraba un artículo de escaso valor y pagaba con un billete falso; Feffer aguardaba fuera para recoger las vueltas en moneda menuda, mientras ella pasaba al siguiente comercio. Si la sorprendían, aducía haber recibido el billete como obsequio de un caballero. Bécardy negó haber cambiado él mismo papel alguno y replicó que viajaba con suma sobriedad. Los jurados escucharon así dos tesis contrapuestas: una manufactura dirigida enteramente por él, según la sala, o una labor arrancada por la fuerza a quien decía temer una delación.
El papel de Van Baer suscitó arduo debate. Confesó su oficio de grabador y haber coincidido con Bécardy en Basilea, pero rechazó haber labrado las matrices. El presidente subrayó que en ellas faltaban ciertos rasgos de pericia y que el informe pericial atribuía su factura a un grabador profesional. Le opuso frontalmente las declaraciones inculpatorias de Bécardy, Feffer y Witt, así como los efectos hallados en su casa. Van Baer arguyó que Bécardy bien pudo haber dejado el fardo allí sin su conocimiento. En estrados, Bécardy admitió la posibilidad de haber olvidado billetes en casa de su compañero, aunque negó haberle hecho las confidencias que le atribuían. Aquel envoltorio se erigió en el núcleo de una disputa tangible: un objeto hallado en una estancia que cada cual se esforzaba por imputar al otro.
Feffer alegó que, cuando aceptó ayudar a Bécardy, este ya lo tenía comprometido al haberle inducido a colocar billetes falsos. Confesó haber recibido de Bécardy veinte billetes para darles salida en Colmar a cambio de treinta francos; aseguró que las planchas de cobre halladas sobre Marie Witt le habían sido confiadas en depósito, negando haber participado en su grabado. Declaró no haber pisado más de tres veces el cuarto donde faenaba Bécardy. En Ginebra, según su testimonio, estalló una agria disputa entre Bécardy y Bouteillé a cuenta del reparto del dinero. A la mañana siguiente, ambos se exigieron garantías recíprocas: Bécardy retuvo el pasaporte de Bouteillé, quien a su vez se incautó de doce billetes hasta que se los canjearon por cien francos legítimos. Feffer pretendía así minimizar su culpa mientras situaba a Bécardy en el corazón de la falsificación.
Marie Witt confirmó que Feffer y Bouteillé secundaban a Bécardy y refirió haber servido de intérprete en la compra de la prensa en Basilea. Reveló que la partida emprendió viaje a Italia antes de acariciar la idea de marchar a España, donde proyectaban estampar billetes españoles y costearse con las ganancias un teatro ambulante. Bécardy tildó tal proyecto de fábula novelesca. Witt situó la disolución del grupo en Lucerna, agotados ya todos los fondos; añadió que Bécardy pensaba pedir un préstamo a su cuñado. En Huningue, su propia hermana, doncella en casa del juez de paz, la habría prevenido de que la policía les pisaba los talones. Durante el registro en París, Witt llevaba las planchas adosadas al cuerpo. El presidente no dejó de recordar su condena pretérita por hurto en Schlestadt; la acusación, con todo, descansaba firmemente sobre el hallazgo de las planchas y los billetes que ella misma había colocado.
Bouteillé relató haber conocido a Bécardy en Mulhouse cuando vendía pasteles por las calles. Aseguró haberse negado en un principio a financiar la adquisición de la prensa. Bécardy le habría mostrado entonces sobre un papel unos guarismos semejantes a los de los billetes de veinte francos, prometiéndole que no correría peligro alguno y que otro individuo asumiría la emisión. Bouteillé terminó por acudir a informarse a casa de un litógrafo, creyendo que Bécardy podía trabajar mediante fotolitografía y seducido por una ganancia fácil. Reconoció haber mediado en la compra de la prensa en Basilea, mas sostuvo no haber suministrado sino papel y jabón en polvo para acelerar el secado de los billetes húmedos. Afirmó no haber intervenido en la impresión; no obstante, confesó que tras armar la máquina Bécardy tiró dieciocho billetes: diez para Bouteillé y ocho para Witt, admitiendo haberlos agujereado con alfileres para conferirles el aspecto de billetes ya gastados por el uso. El presidente contrastó minuciosamente su versión con los autos y con los testimonios de los demás coacusados.
Concluidos los interrogatorios y la prueba testifical, la sesión quedó suspendida y aplazada al día siguiente para las conclusiones del fiscal y los informes de la defensa. La edición de la Gazette del 17 de abril da cuenta del epílogo: el fiscal general sostuvo la acusación pública, cinco letrados defendieron a los reos y el jurado emitió veredicto de culpabilidad para los cinco procesados. Apreció, sin embargo, circunstancias atenuantes en favor de Van Baer y Marie Witt. Bécardy, Feffer y Bouteillé fueron condenados a trabajos forzados a perpetuidad; Van Baer, a quince años de idéntica pena; y Marie Witt, a cinco años de reclusión menor. La Gazette no pormenoriza los fundamentos íntimos de este veredicto; deja, mudas y elocuentes, las piezas de convicción frente a las versiones discordantes de quienes un día se congregaron al pie de la prensa clandestina.
