El 10 de agosto de 1792, las Tullerías fueron tomadas y Luis XVI buscó refugio en la Asamblea junto a su familia. La crisis había tenido un primer acto el 20 de junio, cuando la muchedumbre le impuso al monarca el gorro frigio.
Aquella primera irrupción había sido preparada, a juicio de Champagnac, por cabecillas que arengaron a varias secciones de los arrabales. El 20 de junio, una multitud armada atravesó la Asamblea y luego penetró en el palacio. Exigía la sanción de los decretos y el regreso de tres ministros girondinos. Los peticionarios anunciados eran ocho mil, pero la comitiva fue engrosando a medida que avanzaba. Se portaban tablas donde figuraba la Declaración de los Derechos, ramas de olivo, armas y emblemas que mezclaban la paz con la amenaza. Los hombres desfilaron ante las ventanas del rey, invadieron las escaleras y forzaron las puertas interiores.
Luis XVI se mostró por fin. Sus oficiales le instaban a presentarse y prometían protegerle; él ordenó abrir y se colocó frente a la muchedumbre. Se leyó una petición. Las exigencias se sucedieron, y se le presentó el gorro frigio en la punta de una pica. Consintió que se lo calzaran en la cabeza. También le alargaron una botella. Un allegado le susurró que podía estar envenenada; el rey bebió a pesar de todo. Champagnac presenta esta conducta como una muestra de entereza. Al término de más de tres horas, Pétion logró convencer a los manifestantes de que desalojaran el recinto. El rey, la reina, Madame Isabel y los infantes se reunieron, aún bajo el impacto del trance.
En las semanas que siguieron, la crisis se desplazó del palacio a la ciudad. La guerra contra los príncipes de Europa, las divisiones de la Asamblea y los movimientos de los federados atizaban el miedo. Los partidarios del destronamiento presentaban a la corte como aliada del enemigo exterior; los defensores del monarca veían en las concentraciones una empresa urdida contra su persona. Champagnac expone estas imputaciones con arreglo a su propio prisma político. Relata que, el 9 de agosto, el presidente de los Cordeleros anunció que ya no se trataba de un simple paseo cívico. La guarnición de las Tullerías, por su parte, era exigua: de ochocientos a novecientos suizos, poco más de un batallón de guardias nacionales, según la crónica, y servidores armados a toda prisa.
A medianoche, las campanas tocaron a rebato. La corporación municipal recién constituida en el Hôtel-de-Ville conminó a comparecer a Mandat, comandante de las fuerzas encargadas de la custodia del palacio. Ignoraba él con claridad qué autoridad lo requería. Antes de marchar, confió a su hijo una orden suscrita por Pétion que preceptuaba repeler la fuerza con la fuerza. Mandat se presentó en el Hôtel-de-Ville hacia las cuatro de la madrugada. Halló allí una nueva autoridad, fue interrogado acerca de sus órdenes y luego despedido. Apenas hubo salido, fue apresado, muerto de un pistoletazo, despojado de sus ropas y arrojado al río, conforme refiere el relato.
En el palacio se había hecho acudir asimismo a Pétion. Había firmado la orden de rechazar la fuerza con la fuerza, y algunos hubiesen querido retenerlo a guisa de rehén. Luis XVI se opuso. Champagnac consigna además que se habría sopesado una ofensiva preventiva contra los primeros insurrectos, para desecharse de inmediato por respeto a la legalidad. La orden firmada existía, pues; el comandante que debía garantizar su cumplimiento, en cambio, acababa de sucumbir.
La noticia de su deceso descabezó la defensa. Al despuntar el día, los accesos a las Tullerías se hallaban ocupados. Había cañones emplazados contra el palacio y una clamorosa gritería subía de las calles. Las filas de la guardia nacional se dividían: una parte de sus hombres se pasaba a los asaltantes. La reina recorrió las filas de los defensores y les habló con vehemencia. Champagnac refiere que tomó una pistola a un oficial suizo y se la presentó a su marido, exhortándole a mostrarse. El cronista contrapone el valor que atribuye al rey ante el gentío con su vacilación a la hora de entablar un ataque.
Rœderer vino a aconsejar a la familia que marchara a la Asamblea Nacional. María Antonieta se opuso; Rœderer le hizo ver el peligro que arrostraban su esposo y sus hijos. El rey zanjó por fin la cuestión. «Partamos», dijo a los suyos. Quedaba cruzar entre los batallones apostados entre el palacio y la sala del Manège. Rœderer invocó la ley; las filas se abrieron, pero no pocos hombres quisieron dejar pasar únicamente al monarca. Una voz reclamaba que se perdonara al príncipe y se abandonara a la reina. Rœderer no cedió. La familia cruzó entre la muchedumbre y tomó asiento en la tribuna de un periodista, desde donde escucharía los debates que iban a dirimir su suerte.
El silencio fue efímero. Una descarga de artillería retumbó en las Tullerías, seguida de un nutrido fuego de fusilería. Tras la partida del rey, las puertas exteriores habían quedado desguarnecidas. Los federados y los batallones de los arrabales irrumpieron en los patios; numerosos artilleros y guardias nacionales se habían sumado a sus filas. Los suizos parlamentaban y enfundaban sus bayonetas cuando un disparo partió desde el palacio. Champagnac precisa que se ignoraba quién había tirado. Cada bando clamó a la traición. Los suizos se apoderaron de cañones e hicieron fuego sobre los federados, haciéndolos retroceder un instante mediante descargas cerradas. La muchedumbre regresó en masa. Casi todos los defensores suizos perecieron en el combate o en las violencias que sobrevinieron.
El castillo fue invadido; se prendió fuego a los cuarteles. Las estancias reales fueron saqueadas; los sirvientes fueron prendidos o perseguidos. Un grupo de suizos se había refugiado en la capilla junto a varias mujeres. Bourdon de l’Oise forzó la puerta y disparó a renglón seguido, según apunta la crónica. Cuantos allí se hallaban fueron masacrados. Champagnac reseña igualmente que un hombre imploró clemencia para las mujeres y logró poner a salvo a algunas damas de la corte.
En la Asamblea, los diputados suspendieron al rey de sus funciones y convocaron una Convención Nacional. La monarquía no sería abolida sino el 21 de septiembre. Luis XVI y los suyos habían hallado un cobijo, pero ya no gobernaban las puertas del palacio que acababan de abandonar. La jornada se había cobrado a Mandat y luego a los defensores suizos, arrojando a la familia real de su residencia a la custodia de aquellos cuyas decisiones aguardaba en adelante.
